EL BLOG
16/02/2018 6:41 AM CST | Actualizado 16/02/2018 9:46 AM CST

Las lecciones de mi abuelo

Valeria Stoopen

Soy la primera nieta de mi abuelo y tuve la suerte de tenerlo conmigo 44 años.

Se fue dormido, como siempre quiso —hoy hace un año— después de aferrarse a la vida y exprimirle cada minuto.

Precedido por mi abuela, su esposa de 60 y tantos años ("¡qué aguante!" —diría él—), son las únicas dos pérdidas que tengo registradas, siendo que para mis otros abuelos estaba yo muy chica. Eso, por un lado, es increíble. Y por el otro, seguramente hace que cueste más trabajo desprenderse.

De por sí es asqueroso despedirse de alguien que quieres sin saber cuándo lo vas a volver a ver, ora dejarlo ir forever es un tema que, literalmente, te rompe un poquito —o un muchito— el corazón.

Y sin embargo, creo que nos vamos acostumbrando a la muerte... mas nunca a la ausencia.

Así he estado: tristeando, recordando y chillando por los rincones a la menor provocación, pero también me he cachado sonriendo acordándome de cosas simpáticas y de los buenos momentos ¡que hubo muchos!

Tengo mis álbumes llenos de fotos con mi abuelo, está en todos los momentos de mi vida y eso me hace sentirme feliz y realmente agradecida. Nos sacamos mucho jugo. Viajamos, paseamos, reímos y platicamos de millones de cosas a lo largo de estos años. Teníamos un link especial. No digo que no lo haya tenido con otros nietos o con sus hijos, pero él y yo, simplemente hicimos click desde el minuto uno y nos quisimos mucho, mucho, mucho.

No era difícil llevarse bien con Dady.

Era realmente una persona fuera de serie.

Inteligente, emprendedor, generoso, lleno de humor (bastante negro... ¡de dónde creen que soy!), deportista, volcado hacia los demás, enfocado, sabiendo ser serio, como ser ligero. Muy querido, perseverante, trabajador. Formidable. Admirable.

Hizo mil y un cosas en su vida.

Me marcan sobre todo la capacidad que tenía de asombrarse de todo, todos los días. Especialmente de las pequeñas cosas como oler una flor, ver una mariposa o escuchar un pajarito cantar. Y la moraleja de que no importa cuál sea la situación, todo tiene remedio ("menos la muerte").

Desde que se fue, sin embargo, me sorprende darme cuenta del impacto positivo que tuvo en la vida de tanta gente.

Sí ya sé, el chiste se cuenta solo: L´amargeitor tenía al abuelo MÁS alegre del mundo.

Sí.

Y estoy convencida de que por eso me lo mandó la vida. Para recordarme que todo tiene un lado bueno, que no sirve de nada nefastearse permanentemente y que en realidad: nada es tan importante. "A cada día su pena", decía uno de sus dichos, o lo que es lo mismo: un día a la vez, no sirve de nada malviajarse continuamente, ni estar siempre en la chaqueta mental.

Vas a sobrevivir.

Siempre que me cilindreo pensando que lo que me está pasando es terrible, pienso en él, que se escapó de su casa una noche de la Segunda Guerra Mundial, dejándole una nota a su mamá en donde le explicaba que no quería que los nazis lo reclutaran para sus campos de trabajo, así que agarró su par de eggs (que nunca se soltó), y se fue caminando —literal— con su amigo, de París a España, a los 16 años...

De ahí pa'l real la lista de aventuras nunca terminó.

Valeria Stoopen

Por azares del destino llegó a México, en donde se enamoró del sol y cuando su compañía quebró y le ofreció regresarlo a Francia, él decidió que era de aquí y se quedó: con una esposa, 5 hijos y sin trabajo. Se asoció con otro francés que conoció aquí, su gran amigo hasta el final, y formaron una empresa muy exitosa que a la fecha existe. No creo que se haya quedado acostado en su cama enfermo un solo día de su vida activa. Todo lo que tuvo lo consiguió trabajando muy duro, siendo muy valiente y muy MUY necio (again: ¿de dónde creen que soy?), eso lo sabemos todos y era parte fundamental de su encanto.

Una vez le pregunté que de qué se arrepentía y me dijo que únicamente de no haber viajado más.

Mi abuelo decía que la vida eterna éramos sus 5 hijos, 11 nietos y 5 bisnietos.

Gozó la vida al máximo.

Una vez le pregunté que de qué se arrepentía y me dijo que únicamente de no haber viajado más. Era un aventurero de corazón siempre listo para todo. Abierto a la gente, a la comida, a cualquier experiencia nueva y, sobre todo, al sol.

El Sponsor se parece mucho a él, fueron grandes amigos, compañeros de golf y cervecitas; los dos ligeros, casi siempre felices, de risa fácil y con un particular interés por los juegos de astucia y los chistes tontos. No es casualidad que me haya casado con alguien tan parecido, que me recuerda que estamos aquí para disfrutar y sobreponernos a lo que sea que la vida nos ponga.

Nada es casualidad.

Me deja miles de pequeñas herencias y muchísimas maneras de acordarme de él todos los días: mi adicción al chocolate, a la que él me inició; La 9ª Sinfonía de Beethoven, el Concierto para piano No. 21 de Mozart, la Primavera de Vivaldi ("écoute Valu, comme c'est jolie") y Carmen, de Bizet.

París -bien sur-.

Su gran amor por el mar, las idas a pescar, los paseos y (¡tantas!) vacaciones en Valle. Le Petit Nicolas. La Sirenita. EL Jardín del Luxemburgo, las idas al circo, las clases de tapicería, la única cachetada que alguien me ha dado, el único hueso que me he roto... no acabaría nunca y eso me hace llorar un poquito y estar eternamente agradecida por la suerte que tuve de ser su nieta, de conocerlo tan bien y de que mis hijos hayan podido disfrutarlo y tengan también recuerdos para toda su vida.

Yo siempre supe quién era mi abuelo.

Desde que se fue, sin embargo, me sorprende darme cuenta del impacto positivo que tuvo en la vida de tanta gente. El cariño con el que se expresan de él sus amigos, sus colaboradores, las personas que lo cuidaban e incluso, la gente que lo conoció poco, de manera unánime, dice que mi abuelo siempre SUMÓ algo en la vida de las personas con la que tuvo que ver y eso, señoras y señores, eso es trascender.

Dady agradeció en voz alta lo que tenía, todos los días de su vida y creo que ese es otra de sus grandes lecciones: valorar lo que es, lo que sí hay, agradecerlo continuamente y aceptar lo que la vida te manda engrandeciéndote ante ella.

Trataré siempre de tener eso presente.

De acordarme que estamos aquí para ser la mejor versión de nosotros mismos, para perseverar hasta conseguir que eso que queremos, nos salga, y nos salga bien.

Para SERVIR a los demás y dejar que la persona en cuestión se vaya de ti, mejor de lo que llegó.

Para APORTAR.

Estoy segura de que el cielo de mi abuelo es como una playa virgen de Cancún y que está satisfecho de lo que logró aquí; que está cantando, gozando, y que por supuesto está, como siempre, feliz.

El mundo nunca será el mismo sin Dady, pero es, sin duda, un lugar mucho mejor gracias a él.

A bientôt Dady chéri.

Valeria Stoopen

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