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07/06/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 07/06/2018 8:52 AM CDT

De la polarización a la reconciliación poselectoral: lo que México puede aprender del mundo

JUAN JOSÉ HORTA/AFP/Getty Images
Votantes a favor del "no" en el referéndum por la paz en Colombia. 24 de noviembre de 2016.

En contextos donde existen condiciones de desarrollo para la población, instituciones robustas y reglas de competencia justas, los procesos electorales permiten encauzar de manera constructiva el ejercicio de confrontación democrática entre los actores políticos. Por ello, es importante que el entramado insitucional (sobre todo judicial y electoral) funja como garante de la paz al demostrar reiteradamente su solidez, imparcialidad y estabilidad. Ya que, de otra manera terminará por convertirse en el principal catalizador de un potencial conflicto de raíz electoral.

Las conclusiones de la División de Asistencia Electoral del Departamento de Asuntos Políticos de la ONU y del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) al evaluar procesos de elección popular alrededor del mundo – Líbano, Sudán, Kenia, Colombia, México, entre muchos otros- son contudentes. Existen situaciones específicas que enrarecen el ambiente electoral y que son clave en la generación de confrontación e incluso conflicto abierto en la etapa poselectoral.

Los patrones que se observan en la etapa pre-electoral (18 meses previos a las campañas) son la adopción de acciones legales que buscan sacar de la competencia a actores incómodos para el sistema establecido; la introducción de medidas que privilegian a los actores tradicionales sobre otros emergentes; el nombramiento faccioso de la administración electoral y de los cuerpos reguladores; la competencia intrapartidaria desleal; el registro tramposo de votantes; y la manipulación de los sistemas y bases de datos electorales.

Ya sea por intuición o por memoria histórica (en México) la desconfianza y la indignación son generalizadas.

En la etapa electoral están presentes los actos intimidatorios, prácticas de compra u obstaculización del voto, actos de violencia discursiva o directa y el uso de descalificaciones ad hominem y de discursos maniqueos para lograr el apoyo de distintos grupos sociales.

En la fase poselectoral el principal foco rojo es la vía del fraude electoral abierto o la utilización del poder judicial para "legalizar" un resultado distinto al real.

Hasta aquí, parece que en México tenemos experiencia de sobra con los patrones que indentifican los organismos internacionales, pero hay más. Para evaluar el nivel de polarización y el riesgo de conflicto se usan además dos metodologías principales: la herramienta EVER (Electoral Violence Eudation and Resolution) y la herramienta EVRA (Electoral Violence Risk Assessment). Ambas generan información acerca de quiénes –personas, grupos de interés o instituciones- son responsables de las prácticas desleales, hacia quiénes son dirigidas, qué métodos se utilizan y con qué frecuencia, en qué espacios temporales y geográficos ocurren, qué intereses están detrás y cuáles son las condiciones habilitantes que hacen de éstas prácticas algo cotidiano.

Tanto EVER como EVRA tienen en cuenta factores domésticos para evaluar el riesgo en un contexto electoral a saber: ambiente de delincuencia y violencia –intimidación, extorsión, tasas de homicidio, violencia de género, presencia del crimen organizado, guerrillas, entre otros-; contexto de seguridad que incluye violaciones a los Derechos Humanos, índices de desplazamiento poblacional, presencia de actores no-estatales armados, facilidad de acceso a armas, politización de institutiones de seguridad, violaciones al debido proceso, situación general de violencia en la región geográfica; contexto político, social y económico general del país –condiciones de pobreza, desigualdad, concentración de recursos, desempleo, peligro de desastres naturales, tensiones étnicas, culturales o religiosas, impunidad, una fallida rendición de cuentas, etc.

La única vía real para la reconciliación es entender el desarrollo como un proceso centrado en el ser humano y no en el mercado.

Con o sin metodología, las percepciones de la ciudadanía en México son claras. Según la última Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental (ENCIG) elaborada por el INEGI, solo el 17.8% de la población confía en los partidos políticos y 20.6% en las Cámaras, menos de 25% confía en el gobierno federal y en general menos del 35% confía en los gobiernos locales, jueces, magistrados, ministerios públicos, polícias, sindicatos o institutos electorales.

Ya sea por intuición o por memoria histórica, la desconfianza y la indignación son generalizadas. Si a esta numeralia sumamos la violencia exacerbada, la corrupción, el saqueo desvergonzado, la desigualdad, las campañas de guerra sucia y las presiones provenientes del empresariado –por cierto, también reprobado con menos del 50% de confianza-, entonces se aviva la posibilidad de terminar en un contexto poselectoral de polarización y conflicto.

Al final, en una elección histórica como la que vive México es crucial diagnosticar adecuadamente la situación del país y entender que la única vía real para la reconciliación es construir un Estado de Derecho democrático y social y entender el desarrollo como un proceso centrado en el ser humano y no en el mercado. Al final, será necesario dejar de simular.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.