VOCES
26/07/2018 6:00 AM CDT

Creí que estaba poseído por el diablo: la verdad derrumbó mis creencias más profundas

En 1975, cuando estudiaba quinto grado en la primaria St. William, una escuela católica de Cincinnati, Ohio, el diablo empezó a visitarme... o al menos eso pensé.

Durante estos episodios sentía como si mi cerebro vibrara y después se hiciera de piedra de dentro hacia fuera. No perdía la conciencia, pero me perdía y era incapaz de hablar. Mi realidad estaba trastornada de una forma sin sentido y tenebrosa. Todo lo que veía cambiaba físicamente o se registraba en mi mente como si fuera otra cosa. Por ejemplo, mi profesor se convertía en un caimán, mi lápiz en una espada o un árbol en un dinosaurio.

Después de cada episodio me quedaba con un sentimiento horrible y un dolor de cabeza monstruoso que me distraía por un preocupante número de horas. Aún así, con todo lo asustado que estaba, no le dije a nadie lo que me sucedía. Ni a mis, padres, ni a mis maestros, ni a mis amigos, ni a mis hermanos o mi hermana, ni a los sacerdotes de la parroquia. En parte era porque me costaba trabajo encontrar las palabras que describieran lo que pasaba. Y, al principio, me preguntaba si esas cosas pasaban o mi imaginación estaba enloqueciendo.

Steve Kissing
Steve Kissing en 1975, en quinto grado, el año que empezaron las "visitas del diablo".

Unos meses después de mi primer episodio experimenté una "visita" en la iglesia de St. William, donde mi escuela asistía a misa semanalmente, y fue entonces que empecé a sospechar (y preocuparme) que lo que me pasaba era en realidad obra del diablo. En mi mente impresionable e ingenua de 12 años tenía todo el sentido. ¿Qué (o quién) más podía penetrar los muros de piedra y la fortaleza espiritual de la casa de Dios para meterse conmigo? Entre mas lo pensaba y recordaba las cosas que me habían enseñado en la escuela sobre el diablo, tenía más sentido.

Todavía más: mis alucinaciones iniciaron un año después de que llegara al cine El exorcista. Aunque era muy joven para verla, había escuchado de ella y equivocadamente pensé que era un documental muy certero. A pesar de que mi cabeza no giraba y no vomitaba bilis verde, las cosas que experimentaba eran muy vívidas y desafiaban a la lógica. Tenía todas las razones para pensar que pronto mostraría el mismo comportamiento asqueroso y atemorizador de la chica de El exorcista.

Estaba aterrorizado, pero también más convencido que nunca de que debía mantener mi aflicción en secreto. Temía que si alguien se enteraba de que estaba poseído pensaría que estaba loco y me mandaría a un manicomio o, si en realidad me creían, afrontaba la posibilidad de ser visto como un demonio.

Mientras escondía mi posesión, me rehusé a aceptarla. Luché contra ella. Duro.

Me embarqué en un plan a tres bandas para fortalecer mi cuerpo, mi mente y, especialmente, mi espíritu. Para mejorar físicamente, empecé a correr largas distancias. Por años corrí todos los días. Mi esfuerzo valió la pena. En segundo de secundaria gané el campeonato de atletismo de las escuelas católicas, y en la preparatoria corrí un maratón de 3 horas y cuarto. Espero que Dios haya estado feliz.

Temía que si alguien se enteraba de que estaba poseído pensaría que estaba loco y me mandaría a un manicomio o, si en realidad me creían, afrontaba la posibilidad de ser visto como un demonio.

Para mejorar mi mente trabajé más en la escuela de lo que lo habría hecho, sacando 10, en parte gracias a cumplir con cualquier tarea para obtener puntos extra.

Por supuesto lo que más necesitaba trabajar era mi espíritu. Rezaba muchas veces a lo largo del día y me ofrecí como monaguillo en todas las misas que pude. Esto incluía las misas de 6 y media de la mañana entre semana, pues quería probarle a Jesús que creía en Él y quería su gracia.

Mi arma supersecreta para mi condición supersecreta fueron los autoexorcismos, que realizaba en mi cuarto o, cuando el resto de la familia estaba fuera, en el comedor. Ponía la Biblia familiar en la mesa y luego prendía un cirio (que, irónicamente, me había robado de la iglesia). Con un rosario colgándome del cuello hacía el signo de la cruz, me lanzaba agua bendita que tomaba de la escuela y rezaba. Después ponía un pan de sándwiches sobre la flama del cirio. En mi joven mente, esto transformaba el pan ordinario en una comunión que derrotaba al Diablo. Tragaba, decía más oraciones y escondía todos los instrumentos de autoexorcismo antes de que volviera mi familia.

Estaba desesperado por liberarme de mi condición, y vivía una doble vida a la espera de ser rescatado del diablo. De todas maneras mis esfuerzos por tener una buena vida y pura no siempre eran exitosos. Como la mayoría de los chicos de mi edad, tenía pensamientos impuros respecto a las chavas de manera constantes. A veces le robaba dinero a mi madre para comprar dulces. En la preparatoria empecé a beber cerveza (muchísima) en los fines de semana.

Creía que debido a eso era que mis esfuerzos por purificarme no daban resultado. De quinto de primaria a segundo de secundaria el Diablo incrementó la frecuencia de sus visitas. Aunque lo que hacía no parecía funcionar temía que si dejaba de hacerlo sería una invitación a que Satanás me entrara con más fuerza. Y un día lo hizo. Vaya que lo hizo.

Cortesía de Steve Kissing
Un joven Steve Kissing con su tío, quien fue su padrino de confirmación. En la Iglesia de St. William, 1977.

Mientras asistía un seminario de liderazgo para preparatorianos en Columbus, Ohio, a 160 kilómetros de casa, el diablo volvió a visitarme. Pero esta vez, cuando terminó el episodio, desperté en una ambulancia. Comencé a llorar. Estaba asustado y asumí que me llevaban al manicomio que me atormentaba. Por supuesto, me llevaron al hospital, donde me hicieron muchos tests, incluido un electroencefalograma y un escaneo cerebral. Recuerdo que pensaba que esas máquinas sofisticadas no podían detectar el problema real. Belcebú era muy inteligente para caer en eso.

Al menos tenía razón en lo último. La tecnología no reveló una posesión. Lo que encontró fue que había tenido una convulsión tónico-clónica generalizada, mi primera. Fui diagnosticado con epilepsia, que se me dijo quizás había sido originada en un trauma cerebral durante el nacimiento. Resultó que el diablo no estaba tomando el control de mi mente, mi mente enloquecía por sí sola. No había nada espiritual o metafísico al respecto.

Me tranquilizó saber que no era poseído y finalmente tuve un nombre para lo que me ocurría, pero era todavía algo escéptico. Por una parte, se detuvieron los pequeños episodios alucinatorios (las ausencias que como niño pensé que eran ensueño, no epilepsia), pero por muchos años seguí teniendo las convulsiones, a pesar de estar medicado. Me pregunté si no era todo parte del plan de Satanás, una pantalla de humo neurológica. Además, había pasado seis años envuelto en una batalla épica del bien contra el mal. No era fácil admitir que estaba engañándome a mí mismo por tanto tiempo.

Por más loca que pueda parecer mi creencia en la posesión demoniaca, todavía ahora creo que era una conclusión racional, y hasta obvia, en mis circunstancias. En mi burbuja católica, Dios y Satanás eran parte importante del mundo. Para entender como un niño podía llegar a esa conclusión (y luego esforzarse tanto para autoexorcizar sus demonios en secreto) uno debe considerar la lógica católica. Como ha escrito el teólogo Andrew Greely, los católicos creen esencialmente que los objetos, los eventos o las personas pueden mostrar la gracia de Dios, o la falta de ella.

Veíamos al mundo como el escenario de las batallas de Dios contra Satanás, en niveles micro y macro. Todo lo bueno venía de Dios, sus ángeles y santos. Todo lo malo de Satanás y sus demonios.

Cuando perdíamos algo le rezábamos a San Antonio, quien nos guiaba hacia la cartera, las llaves o cualquier otra cosa que no encontráramos. Una monja en mi primaria le daba a cada estudiante un bote de jugo de uva relleno con agua bendita. Usábamos el agua para bendecirnos antes de los exámenes y cuando orábamos en casa.

La gente de mi barrio de clase obrera incluso rechazaban dinero en un intento de ganarse el favor del Todopoderoso y protegerse del diablo. De hecho yo tenía un trabajo fuera de la escuela que consistía en vender favores de Dios. Por 5 dólares podías ir a la rectoría de St. William, residencia de los sacerdotes, para que le dedicaran la misa a alguien. Esto le daría una bendición a esa persona, ya fuera para ayudar a encontrar trabajo, recuperarse más rápido de una cirugía o concebir un bebé. Para peticiones menos importantes como buen clima en un partido, podían hacerse prendiendo un cirio de 25 centavos.

Y una vez, en el que permanece como uno de mis momentos más quintaesencialmente católicos, una pluma voló cayó desde lo alto del techo en una boda de mi familia. En la fiesta solo se hablaba de la pluma, y de cómo de algún modo cayó del ala de un ángel que había venido en representación de Dios a bendecir a la nueva pareja. Es un sentimiento adorable y poético, incluso para el ateo que escribe. A nadie se le ocurría que fuera la pluma de una paloma, ni importaba.

Finalmente veíamos al mundo como el escenario de las batallas de Dios contra Satanás, en niveles micro y macro. Todo lo bueno venía de Dios, sus ángeles y santos. Todo lo malo de Satanás y sus demonios.

Cortesía de Steve Kissing
Steve Kissing en 1978, con algunos listones, medallas y trofeos que ganó en carreras de larga distancia, un deporte en el que participaba para vencer al Diablo.

¿Estoy enojado con la iglesia por sus mundos encantados y lo que me hicieron creer? No realmente. La iglesia, mi familia y la comunidad me guiaban al bien y a la luz, no a la oscuridad y el mal. Estoy agradecido por ello. Pero mi experiencia luchando contra Satanás terminó por alejarme de de la iglesia y la religión en general, y cambió por completo la forma en la que veo al mundo y, de muchas maneras, mi vida. ¿Cómo un Dios amoroso, omnisciente y todopoderoso podía permitir mi sufrimiento? Más allá de eso, ¿cómo podía un ser bondadoso permitir que existiera el mal? (Todos los que dicen que es nuestro libre albedrío, y las malas decisiones que permite, son las culpables, parecen olvidar el mal que sufrimos sin que sea nuestra culpa).

Mis experiencias también me dieron un enorme aprecio por la ciencia y su habilidad para explicar el mundo. Los humanos creíamos que la tierra era el centro del universo. Entonces esa creencia tenía mucho sentido. Después de todo, ¿por qué el planeta habitado por quienes habían sido hechos a imagen y semejanza de Dios no estaría en el centro de todo? Pero muchas cosas pueden tener sentido en la superficie pero en el fondo no ser verdad.

Mi lucha contra Satanás tenía cierra lógica en los metarelatos de mi fe. Pero cuando más lo analicé, en esencia las narrativas religiosas me parecieron historias de ficción que me dejaban vacío. Eso no significa que ya no respete a quienes eligen creer. Ni que no extrañe ciertos aspectos de mi religión, como los rituales y eventos comunitarios.

Tengo cuatro hijas, incluidas dos gemelas de 10 años que van a una escuela católica (luego de terminar el preescolar en una escuela judía). No participan en sacramentos como la primera comunión, pero no me molesta que estén expuestas a los principios del catolicismo. Tienen tiempo de sobra para decidir qué significa la fe en sus vidas. Pero estoy muy al pendiente de cualquier signo de ausencias. Si viera algo así, no las llevaría a una iglesia, sino a un doctor, y lucharía contra mis ganas de prender un cirio.

Este blog apareció originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos, y fue traducido por Víctor Santana.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la del HuffPost México.