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13/12/2018 6:00 AM CST | Actualizado 13/12/2018 6:00 AM CST

Emmanuel Vara: el ciclista más hermoso y puro que he conocido

Sofía Corona Brandt
Emmanuel Vara y Sofía Corona Brandt. Foto: cortesía.

"Confío en tus habilidades en la bici, en lo que no confío es en los automovilistas". Fue una conversación que tuvimos después de haber soñado que Emmanuel tenía un accidente en la bici. La primera vez que lo soñé se sentía tan real que desperté de golpe gritando. Cuando hablamos del sueño le dije que tenía miedo que algo le pasara, no por algo que hiciera o no él, sino por lo que hacen o no los otros. Por aquellos "cochistas" que creen que la ciudad les pertenece, que su privilegio de moverse en cuatro ruedas, de acelerar con todo para llegar ridículamente a un alto pareciera más importante que una vida ajena.

Del día que lo mataron recuerdo pocas cosas. Recuerdo que me despedí de él en la mañana para irme al aeropuerto, recuerdo la frase "hubo un accidente y Manu no lo logró" y recuerdo que solo esperaba el momento para despertar y darme cuenta que estaba soñando, como había pasado antes.

Recuerdo llegar al Zócalo de la ciudad de Puebla y ver a una enorme multitud reunida, en bici y a pie, llorando por quien fue la persona más hermosa y más pura que he conocido. Recuerdo que detuvimos las calles, que nos pusimos sin miedo frente a los coches y que gritamos su nombre tan fuerte que opacamos el apabullante sonido de los claxons. Recuerdo lo unidos que estábamos. Estamos más unidos que nunca.

Deja de pensar en ti y piensa en los otros. Es lo que Emmanuel nos enseñó y es la razón por la que seguimos luchando.

Y entonces llegaron las notas, los medios y, entre ellos, las críticas. Que por qué no tenía casco decían unos, que si no se había fijado al cruzar decían otros. Y la que hace que me hierva la sangre: "Es de que a los ciclistas también se les debe regular, mira que van por mis carriles y por sus 'imprudencias' causan accidentes" (lo mismo con cualquier derivado de este pobre argumento sin sentido y dicho desde una posición de superioridad).

Lo dicen como si las calles fueran suyas, como si el moverse en otro medio de transporte que no sea el automóvil fuera algo sucio, algo deplorable. ¡¿Cómo va a ser que no quieres tener un coche?!

Puedo poner datos y estadísticas y decir cuántas personas mueren al año en México en incidentes viales, cuántas resultan heridas, cuánto es el gasto en infraestructura vial comparado con el gasto a transporte público, etc. Honestamente no me hacen ningún sentido en este momento. No quiero soltar una marabunta de datos que no terminan de reflejar el dolor que sentimos quienes perdimos a Emmanuel, quienes han perdido a una persona amada a manos de un arma tan letal como es un automóvil.

Cada persona cuya vida ha sido arrebatada en un incidente vial deja a su paso un sinfín de víctimas, de familias destrozadas, de profundos vacíos que parecen no tener fin. En mi caso, aún no logro entender que nunca podré ver de nuevo a la persona que más amaba entrar por la puerta, cargando su bici, con sus cabellos chinos despeinados y una sonrisa de oreja a oreja.

No logro entender cómo, después de que una ruta de transporte público (que circulaba en una calle en la que ya no debía transitar, al doble de la velocidad permitida) se pasara el alto y matara a mi pareja, aún hay personas que siguen culpando a los más vulnerables —ciclistas y peatones— por reclamar un espacio por dónde moverse sin miedo; pareciera que no ha quedado claro que morir en la calle NO ES NORMAL.

¿Quieres que haya menos tráfico? Bájate del coche.

Emmanuel me enseñó que podemos cambiar la cultura vial a través del diseño. Me lo repetía todo el tiempo: una persona ciclista va en sentido contrario en una calle o sobre una banqueta porque son los espacios en donde se siente segura. Cambiando la forma en la que construimos la ciudad, cambiando la pirámide de la movilidad a la hora de hacer política pública, podemos transformar y educar sobre mejores prácticas en las diferentes formas en las que nos movemos. Pero ese diseño no va a cambiar si nosotros como ciudadanos seguimos siendo indiferentes ante lo que dicen nuestras calles y nuestras pérdidas.

No va a cambiar mientras sigamos pidiendo más infraestructura para automóviles, más pavimento, más refinerías, haciendo oídos sordos a los alarmantes reportes sobre el calentamiento global. No va a cambiar mientras solo pensemos en lo que una minoría quiere y "necesita".

¿Quieres que haya menos tráfico? Bájate del coche. Exige un transporte público digno, eficiente, asequible, de calidad. Pelea por él con la energía por la que peleas por más y más carriles para los coches. Entiende que el tráfico nunca disminuirá mientras sigamos adquiriendo vehículos. Deja de llamar jodidos, chairos, hipsters o cualquier otro adjetivo de esa índole a quienes apuesten por formas de movilidad más amigables con la comunidad y el medio ambiente. Voltea a ver a las personas que recorren la ciudad, caminando en la banqueta, andando en bici o en el transporte público.

Deja de lado tu comodidad y tus privilegios y exige una ciudad en donde haya espacio para todas las personas, no solo para quienes tienen poder adquisitivo para comprar un automóvil. Y si vas a andar en coche, respeta y conduce con la responsabilidad que conlleva. Piensa que en tu afán de "llegar rápido", de pasarte un amarillo o un rojo, de no dejar pasar a un peatón, de aventarle la lámina a la bici que va a tu lado puedes en un segundo destruirle la vida a muchas personas.

Sobre todo, deja de pensar en ti y piensa en los otros. Es lo que Emmanuel nos enseñó y es la razón por la que seguimos luchando.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.