EL BLOG
02/03/2018 4:00 PM CST | Actualizado 02/03/2018 5:08 PM CST

La mentira de Instagram

Sofía Aguilar
Yo en este preciso instante.

La vida en Instagram es una vida maravillosa, es la vida de las risas, de los abrazos, de la exaltación de la amistad, de la nostalgia del pasado, de lo insuperable del presente, del amor, del éxito y de todo lo cabronamente maravillosa que es la vida.

Es la red social de "la vida de a mentiras".

Y también es la red social de la envidia, como lo han dicho varios artículos en New York Times dedicados al tema. Entre los primeros (2013), hubo uno muy honesto e interesante, de título "la agonía de Instagram", donde la escritora decía, "Instagram es la red del voyeurismo no adulterado. Es un sitio de fotografías con la habilidad (y los filtros) que se requieren, para idealizar todos y cada uno de los momentos de nuestra vida, impulsando a los usuarios a crear vidas con una dirección de arte digna de revista".

Y cuando digo "la vida de a mentiras" no es porque todo sea mentira, pero sí es verdad que todo se acomoda en un layout tan chingón, que cuando te topas gente en la calle y te dicen, "qué bárbara, qué feliz te ves" se me pone la piel china; porque la respuesta inmediata de vuelta sería "y tú qué me dices, qué buen viaje te acabas de echar, qué buena fiesta, qué chingón tu vestido, qué hermosos tus hijos... qué hermosa tu vida".

Y es que la felicidad me parece un concepto tan complejo de abordar que me resulta muy agresivo que me aseguren (o asegurar de vuelta) que estoy feliz, que estamos todos felices.

Pero por otro lado tampoco estoy infeliz, soy muy afortunada. Sin embargo, tengo muchos pedos y me pasan cosas adversas (tanto como positivas), todo el tiempo. Como a todos.

Por lo cual cuando de felicidad e infelicidad se trata,

yo estoy en las dos cosas y varía a cada rato.

Pero en IG solo se ve la parte chingona.

Y si no se ve la vida completa, ¿no es un poco mentira?

En IG no podemos ver el insomnio, los ataques de angustia, los pleitos con mi niña cuando se intenta poner ombliguera, la persecución con mi niño y su déficit de atención galopante, mi pánico nocturno de que tiemble, el pánico nocturno de mi hija de "I see dead people", el amanecer enloquecido de mi casa a las 6 de la mañana, la pelea por lavarse los dientes, por dejar tirada la ropa, por no ponerse chamarras cuando esta casi-nevando, mi mal humor matutino es muy poco fotogénico.

Por lo cual cuando de felicidad e infelicidad se trata. Yo estoy en las dos cosas y varía a cada rato. Pero en IG solo se ve la parte chingona. Y si no se ve la vida completa, ¿no es un poco mentira?

En IG no se ve cómo salimos mis hijos y yo en boxers a la calle la última vez que sonó la puta alarma sísmica; no se ve ese chongo de dormir que una se hace antes de lavarse la cara y ponerse las cremas naturales, para dizque controlar lo inevitable; no se ve la esperanza nocturna frente al espejo de aumento, ni tampoco el mega close up, donde se aprecia hasta lo más profundo de nuestras almas.

En IG no se ve la casa tirada, ni los 10 pares de lentes para la ceguera, repartidos en cada rincón donde haya algo que leer, o algo que apuntar. No se ven tampoco los gritos a la hora de la comida, la pelea por el brócoli, por la tarea, por otra nota más de mala conducta que me mandan de la escuela. Y bueno, ni hablar del trabajo, en IG se vería fatal mostrar a los clientes que te gritan, los que te rechazan diseño tras diseño porque "híjole, no le gusto a mi novia, a mija, a mi tía", los pitches que no se ganan, las puertas que se te cierran, los fuegos que nomás no se apagan.

Nada de eso se ve.

Se ve,

"qué exitosa eres..."

Sí caray, se me fue hoy una cuenta, tengo que correr a tres persona...

Pero tengo un neón cabronsísimo en la ventana de mi oficina.

Llegamos muy bien vestidos a las juntas mi socio y yo. Él más que yo. Dice nuestra amiga Luzma que somos muy fashion, pero eso nomás te sirve para aceptar con mayor dignidad las madrizas.

En IG no se ve como salimos mis hijos y yo en boxers a la calle la última vez que sonó la puta alarma sísmica, y no se ve el chongo que una se hace antes de lavarse la cara y ponerse las cremas para disque-controlar lo inevitable...

La falta de claridad de la gente no se ve en Instagram, no se ve la plaga de piojos de las escuelas, los niños que te regresan a mediodía. No se ve tampoco cómo la abuela de mis niños decidió ponerles raid en la cabeza para acabar con el problema (necesitamos todo otro blog para esa historia)*.

En IG no se ven seres queridos con comienzos de Alzheimer, no se ve el pánico que provoca la muerte y las enfermedades, no se nos ve a las mujeres durante la mastografía, no se ven los malos divorcios, los malos maridos, los malos momentos.

Entonces...

Dado que la lista puede ser interminable, creo que es mejor dejar establecido que nadie nos la creemos. Ni nuestra vida perfecta, ni la del vecino.

Pero es chingón disfrutar de la estética, lo bello, el mar, las islas, las olas, las copas. Verlo es una especie de escape.

Mientras dejemos claro que no es cierto.

Y en el aquí y ahora de este preciso momento, mi post de IG son mis manos tecleando a toda velocidad este blog que prometí entregar cada 15 días, mi miedo a fallar en mi promesa, mi teclado sucio y mis manos sin manicure, uñas mordidas, snack en mesa y rescue remedy.

Este momento no es digno IG.

Pero es un momento real.

Y me imagino que es mejor seguir viendo islas desiertas, pájaros y cuerpos perfectos en mares azules,

Porque la narrativa de nuestras vidas cotidianas -lamentablemente- además de no ser tan azul, pierde emoción cuando se pone trivial...

*El raid funcionó. Y aquí me delato frente a todas las madres-orgánicas-naturales que me querrán encarcelar. Pero en mi defensa diré, no fui yo, fue mi mamá.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.