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17/09/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 17/09/2018 3:17 PM CDT

Madoff frente a Kurdi: a 10 años del triunfo de los cínicos

Bernard Madoff en 2009.
Brendan McDermid / Reuters
Bernard Madoff en 2009.

Nuestra historia puede escribirse de distintas formas; una de ellas es a partir de nombres clave que definen el signo de los tiempos. Por ejemplo, el nombre Dreyfus es emblemático cuando se piensa en el ascenso del fascismo y la pesadilla de los totalitarismos europeos del siglo XX.

Gandhi o Mandela son dos referentes de la esperanza, los derechos humanos y la justicia para los desposeídos; en ellos se cifran muchos de los anhelos de cambio, así como las posibilidades de libertad, dignidad y, en general, de los mejores valores que tenemos y a los que debemos aspirar como ejes rectores de nuestras dolidas e inacabadas democracias.

Charles Manson y Ted Bundy representan la locura desbordada, la fractura individual y la personalidad psicópata más atroz. Los asesinatos que cometieron y el carácter metódico de estas ejecuciones muestran lo terrible que puede resultar nuestra sociedad que, como lo anticipaba hace siglos Goya, es capaz de construir auténticos monstruos.

Hitler, Mussolini, Franco, Stalin, Milošević, Ratko Mladić, Hussein, Al-Ásad y Ben Alí son solo algunos de los nombres de la larga lista de carniceros y asesinos que han hecho del poder un ejercicio enfermizo y que han llevado a naciones enteras a enfrentamientos cruentos, en los que los horrores de las guerras se viven de forma magnificada, ante la mirada pasiva del resto del mundo, que se contenta con ver los conflictos a través de CNN o, ahora, a través de los innumerables portales de internet y canales de YouTube.

Lo que vimos en el 2008 fue auténticamente el triunfo de los cínicos. Y, del otro lado, ante la devastación que provoca la pobreza en múltiples regiones.

Así, en el terreno de la economía —no por ser el único, pero sí quizá el más cínico—, el nombre de Bernard Madoff ha ganado un lugar preponderante entre los especuladores globales que construyeron la peor crisis financiera mundial en los últimos 100 años, y cuyo momento de implosión fue el año 2008.

En efecto, ese año nos dimos cuenta de las nefastas consecuencias de la llamada "contabilidad creativa" y de la ruptura de la llamada "burbuja inmobiliaria" que llevó a la ruina a millones de norteamericanos y a millones de personas más en todo el mundo.

En ese momento se esperaba que el mundo entrara a un proceso de reflexión crítica en torno al salvaje modelo de capitalismo que regía y rige hasta ahora. Sin embargo, a pesar de los múltiples esfuerzos, el mundo no avanzó hacia la reducción de las desigualdades: hoy, de acuerdo con los datos que nos presenta Bernardo Kliksberg, el 1% de la población mundial concentra el 50% de la riqueza planetaria.

Todo esto en medio de manifestaciones escandalosas de cinismo y ostentación que se expresan en datos como el relativo a que el luxury market en América Latina, la región más desigual del orbe, genera ventas por arriba de los 50 mil millones de dólares anuales.

Lo que vimos en el 2008 fue auténticamente el triunfo de los cínicos. Y, del otro lado, ante la devastación que provoca la pobreza en múltiples regiones, lo que hemos visto es la agudización del drama migratorio, el cual es uno de los mayores signos de la fractura del capitalismo globalizado y cada vez más globalizante.

El Mediterráneo y la frontera de México con Estados Unidos son hoy dos enormes fosas en las que la frustración lleva a la muerte y al lúgubre entierro o ahogamiento de miles, quienes, más que migrantes, son los protagonistas de un éxodo masivo de la pobreza, la violencia y la desigualdad.

AFP/Getty Images
El 5 de septiembre de 2015 naufragó en Bodrum, Turquía, el barco de refugiados en el que viajaba Aylan Kurdi, un niño sirio de 3 años. Esta imagen se convirtió en el emblema de la tragedia de la crisis de refugiados.

Aylan Kurdi es el nombre en que se sintetiza hoy el drama del dolor, también globalizado, de las víctimas. Es el nombre del niño cuyo cuerpecito muerto yacía en las playas del Mediterráneo, solo, arrojado del mundo, despojado de sus padres, despojado de todo: ilusiones y sueños, principalmente, ante la mirada impávida de todos.

Así también hemos visto el drama de los haitianos en Tijuana, y de cientos de miles provenientes de México y de las entrañas todas de Centroamérica, varados algunos y otros arriesgando todo: el exiguo patrimonio, la salud y la vida, en el esfuerzo por llegar a un país en el que saben que serán discriminados, pero en el que al menos podrán acceder a satisfactores mínimos y, si se corre con suerte, hasta el "boleto de entrada" al bienestar para sus hijos y nietos.

De manera siniestra, este mundo es todo menos un lugar habitable en condiciones de dignidad para todos: de acuerdo con la FAO, 800 millones de hambrientos recorren las calles en sus ciudades, pueblos y pequeñas comunidades en busca de algo que les permita subsistir.

Madoff (representando la ostentación, la frivolidad del desperdicio y el consumo irracional y hasta idiota de los súper ricos) y Aylan Kurdi pueden sintetizar muy bien el espíritu de nuestra época: el de la desolación, la ausencia de solidaridad como valor supremo de lo humano, la explotación de la casa común que es nuestro mundo, la violencia y la ausencia de Estado y de instituciones capaces de garantizar seguridad y bienestar a cada persona.

Debemos ser capaces de provocar una vuelta de tuerca y evitar que nombres como el de Madoff puedan ser referentes de la ética capitalista de nuestros días.

Hace 10 años se hizo patente que los cínicos habían triunfado; después de una década, no hay duda de que el jolgorio de Wall Street y la opulencia de Davos siguen transmitiendo el mismo triunfo cínico, aunque ahora matizado por contadas voces que alertan de una tragedia permanente en ciernes.

Aylan Kurdi es la triste metáfora global del triunfo del oprobio, y no es exagerado decir que nos recuerda, pensando desde la tradición judeocristiana, que el olvido de nuestros semejantes nos hace ser, aun de manera involuntaria, portadores de la "marca de Caín".

Debemos ser capaces de provocar una vuelta de tuerca y evitar que nombres como el de Madoff puedan ser referentes de la ética capitalista de nuestros días. Más nos vale que nunca más se repita la imagen de Aylan Kurdi, porque en ello nos jugamos nuestra posibilidad ética; es decir, en ello nos jugamos nuestro resto.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.