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17/04/2018 9:00 AM CDT | Actualizado 17/04/2018 10:30 AM CDT

Vivir con ansiedad

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"Tranquila, no estás enloqueciendo; sólo tuviste uno de esos días".

Recuerdo estar acostada con mi madre viendo la tele y preguntarle: "Mamá, ¿qué haces cuando sientes como que nadie te quiere?". Tenía 8 o 9 años.

Fue la primera vez que tuve un ataque de ansiedad.

Durante 10 años, tal vez más, fui a muchas terapias; pero fue hasta mi cumpleaños 29 que llegué a una que me funcionara, en un consultorio de terapia racional emotiva conductual. Antes no había encontrado un espacio que pudiera realmente comprender el laberinto de pensamientos y emociones que me han acompañado toda la vida.

Poco tiempo después de mi cumpleaños fui diagnosticada con ansiedad. Sin embargo, la terapia funcionaba; pude salir de una relación muy tóxica en la que estuve atrapada por años; conseguí un nuevo trabajo; conocí nuevos lugares, tuve nuevas oportunidades.

Vivir con ansiedad es llorar sin razón un día entero, vivir con ansiedad es preocuparse por cosas que me pasaron cuando estaba en la preparatoria.

Ese mismo año mi mamá fue diagnosticada con cáncer de colon por primera vez.

6 meses después supimos que el tratamiento no había funcionado y que había metástasis avanzada en su hígado. Comencé a padecer depresión; comencé a beber "casualmente" dos o tres noches a la semana; mi ansiedad empeoró y finalmente, tras una noche de mucho alcohol, llamé a mi terapeuta asustada porque tenía pensamientos suicidas.

Beber siempre fue una mala idea, pero tardé demasiado en darme cuenta que lo era más con ansiedad, pues potencializaba mis síntomas. De pronto descubrí que todos esos años en los que me reproché ser "mala copa" realmente fueron años en los que, sin saberlo, lidié con una ansiedad desbordada por el alcohol.

Hasta entonces había manejado mi ansiedad con terapia, pero después de ese día comencé a tomar antidepresivos y ansiolíticos. Tuve pocas recaídas, pero fueron suficientes para entender que alcohol y medicamentos son una combinación mortal. Pude darme cuenta y vivir para contarlo la última vez que bebí, hace 5 meses.

Para sobrevivir he tenido que aprender a cuidarme. Dejar de beber fue el primer paso. Sin embargo todavía estoy trabajando con ciertos hábitos muy relacionados con la ansiedad como comer mal, comer mucho, no comer, fumar, no hacer ejercicio, trabajar demasiado, no descansar, descansar demasiado, no salir en días, no dormir...

Vivir con ansiedad y saberlo es como subir a una montaña rusa a oscuras: no sabes cuándo vas a caer y no sabes cuánto durará la caída, pero sabes que acabará.

La consciencia de mi ansiedad sí ha marcado una diferencia.

Sin embargo, durante esas caídas no distingo entre la realidad y el delirio. Los pensamientos me abruman; no tengo claridad sobre lo que estoy viviendo y pensando. No es que alucine elefantes rosas en mi oficina. Más bien, me siento atrapada y perseguida en una escalera de Escher. Me siento asfixiada mientras las paredes lentamente se cierran sobre mí.

A pesar de todo, la consciencia de mi ansiedad sí ha marcado una diferencia, que es que ahora vivo con una sensación de libertad porque al final de un día malo soy capaz de voltear y decirme: "Tranquila, no estás enloqueciendo; sólo tuviste uno de esos días".

Finalmente, quisiera compartir otra reflexión: si bien dejé de beber por mi ansiedad, la abstinencia me ha permitido ver cuánta opresión imprime el alcohol en nuestras vidas, independientemente de que seamos ansiosas o no. Nos lo venden por todos lados; hay para todas las edades, para todas condiciones, para todos los contextos. Las relaciones sociales se construyen a través de él, a pesar del alto costo en crudas (y en tiempo) que eso implica. Esperamos con ansias los fines de semana para destruirnos a cambio de olvidar por unas horas nuestros trabajos, nuestras soledades, nuestras tristezas. Y sin embargo, una de las respuestas más comunes cuando explico que no bebo alcohol es sorpresa. Es como ser de otro planeta; un outsider digno de curiosidad.

No es coincidencia que el alcoholismo sea un problema de salud pública a nivel mundial.Yo simplemente tengo una condición que no me permite consumirlo. Sin embargo, creo que las características y efectos que tienen en nuestras vidas deberían llevarnos a debatir más profundamente las supuestas bondades de su consumo y su papel de eje rector en nuestras vidas sociales.

El alcohol mitiga la depresión por unos instantes pero la agrava con el tiempo, a más alcohol, más resistencia, más depresión, alcoholismo, dependencia... A mí me da mucho miedo siquiera pensar en lo que sigue.

Vivir con ansiedad es no querer salir los viernes y los sábados porque las opciones siempre tienen que ver con alcohol, o con quitarse la cruda al otro día. Vivir con ansiedad es como intentar explicar física cuántica en árabe a un bebé. Vivir con ansiedad es llorar sin razón un día entero, vivir con ansiedad es preocuparse por cosas que me pasaron cuando estaba en la preparatoria. Vivir con ansiedad es tenerme paciencia y no exigirme ser "normal".

¿Normal para quién?

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.