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09/02/2018 6:00 AM CST | Actualizado 09/02/2018 6:00 AM CST

La historia de mi (in)seguridad

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Sad girl in bed, backlit scene. Desaturated image.

Hace unos días escuchaba una entrevista con la escritora feminista Jessica Valenti en el 2012, en la que cuenta su experiencia siendo adolescente y cómo rogaba a sus padres tener una cirugía estética de nariz, algo a lo que sus padres nunca accedieron.

Me sorprendió muchísimo identificarme sobre la inseguridad de mi cuerpo con una mujer que admiro. Entonces me puse a pensar sobre los inicios de la inseguridad sobre mi cuerpo.

Recuerdo tener 11 años, ir en el auto con mi madre a una fiesta de alguna de mis amigas y en algún movimiento que no predije, darme cuenta que tenía vellos delgados en las axilas. Recuerdo la textura de la blusa de tirantes que tenía puesta, hacía calor, no tenía suéter con qué taparme. Estuve las siguientes horas con los brazos bien pegados al cuerpo, no recuerdo haberme sentido más avergonzada en mucho tiempo.

Con ese día devino la obsesión por la depilación, piernas, muslos, abdomen y axilas. Cera, cremas depilatorias, depilación láser y máquinas de depilación, lo hacía todo, era un ritual semanal y doloroso. Hasta hace poco me di cuenta que los comerciales de rasuradoras siempre rasuran piernas depiladas.

Con ese día devino la obsesión por la depilación, piernas, muslos, abdomen y axilas.

También recuerdo comprar todos los productos existentes para aclarar mi piel, hacer comparaciones con mis compañeras de primaria sobre quién era más morena y por lo tanto más fea. El año pasado una amiga neoyorquina me miró con desconcierto cuando le expliqué que las empresas de cosméticos y "salud" venden productos para aclarar la piel en Latinoamérica (Asia y África también). Ella, con fenotipo blanco y cabello rojo, por supuesto nunca en su vida había sido target de tal publicidad: "You have to write about this", me dijo.

Cuando tenía 15 años tuve una cirugía para extraer un fibroadenoma benigno en un seno, el cirujano comentó: "si quieres de una vez te ponemos implantes". Confieso que hasta hace pocos años seguía considerando hacerlo.

Si me hubieran preguntado de niña nunca hubiera pensado que siendo adulta me sentiría orgullosa de tener el vello largo en las axilas y del color de mi piel. Es como haber ganado una batalla contra la publicidad, contra las revistas , contra la televisión, contra mis relaciones sentimentales tóxicas. Pero no, gané una batalla por mi propia seguridad y autoestima, gané una batalla para mí misma.

Pero esa batalla es parte de una guerra, porque con la adultez vinieron las estrías, la celulitis, los brazos "flácidos" y por supuesto, el eterno abdomen abultado, esos rollos que desde que tengo memoria existen, esos centímetros de piel que honestamente en algún momento incluso hoy accedería a quitar si hubiera una forma fácil.

Y antes de que me ofrezcan crossfit les digo que el esfuerzo que requiere tener un abdomen plano es mucho más para mi complexión y metabolismo de lo que estoy dispuesta a hacer, básicamente soy más floja que insegura, ahora. Eso no quita que sea parte de mis pensamientos cuando pienso en quién soy, que vea Instagram y me sienta bombardeada por vientres planos.

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Una parte importante de esta construcción de autoestima y seguridad tuvo que ver con mi salud mental, con alejarme de relaciones tóxicas de pareja: tuve muchas parejas que sutil y no tan sutilmente me comparaban con otras mujeres, que hacían burla de mi selección de ropa. Recuerdo un domingo a mis 19 años estar con ropa deportiva descansado y oír a mi pareja decir: "Con ese pants todo gris pareces rata".

En algún momento de mi vida sufrí tal ansiedad por inseguridad que no salía a situaciones sociales porque no me "veía bien". Me tomó años de terapia aceptarme, verme al espejo y sonreír al verme, salir segura por las mañanas a la oficina.

Voltear a estos recuerdos y reconstruir la historia de mi propia seguridad me sirvió para darme cuenta que claramente mucho de esto viene de las expectativas que nos imponen a las mujeres, nada más absurdo como una propuesta de producto de la CEO de PepsiCo: una "papa frita para señoritas".

Y es que ser peluda, ser morena y ser ruidosa vino conmigo desde que me parió mi madre, pero a esta sociedad no le parecía.

El papá de una amiga en segundo de primaria hacía un "juego" en el que mi oreja era un modulador de volumen y enfrente de su familia "bajaba el volumen de mi voz" para que "no gritara tanto".

Hace unos meses sentada en el metro con las pantorrillas descubiertas un hombre se acercó y me dijo: "Ay, depiladita te verías más bonita."

Las niñas y las mujeres no le debemos nada a nadie más que a nosotras mismas, yo lo aprendí con más dificultades, espero que otras lo aprendan más fácil.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.