EL BLOG
12/01/2018 7:00 AM CST | Actualizado 12/01/2018 10:06 AM CST

Entre mujeres: amistad, sororidad, resistencia

Klaus Vedfelt via Getty Images

Muchas mujeres aprendemos a través de las dinámicas familiares las terribles reglas que el género nos impone y a través de los cuales se perpetúan la desigualdad y la violencia: el deber de cuidado, la obligación del trabajo en el hogar, el matrimonio como meta de superación, y también, que las mujeres no podemos ser aliadas, "que el enemigo más grande de una mujer es otra mujer".

Yo tuve la fortuna de ser criada por una madre y un padre más libres en muchos aspectos sobre los roles de género impuestos socialmente. Desde muy pequeña tuve la libertad de elegir mis intereses, mis actividades y mis creencias.

Tengo muchos recuerdos de mi vida siendo una niña de guardería, pero uno muy claro es el día que me burlé de la falda de otra niña y por mi burla verla romper en llanto.

Me queda claro entonces, que crecí aprendiendo cómo relacionarme con otras mujeres a través de las dinámicas escolares y de mi contexto social. Este conjunto de elementos se consolidaron en experiencias tóxicas, sobre todo en el plano emocional; competencia, humillación, celos... palabras clave en mis relaciones de amistad, o mejor dicho de poder, con otras mujeres durante mis primeras dos décadas de vida.

No fue hasta que tuve 25 años, justo antes de entrar a la maestría, en el verano del 2011 que conocí a una mujer con quien por primera vez en la vida tuve una relación en un espacio horizontal, genuino y amoroso.

Confieso en este tono que siempre envidié mucho las amistades de otras mujeres, a los grupos de amigas que se juntan desde la preparatoria o secundaria. Me sentía solitaria en ese sentido, consideraba que, tal vez, yo no merecía amistades así, que había algo mal en mí.

No fue hasta que tuve 25 años, justo antes de entrar a la maestría, en el verano del 2011 que conocí a una mujer con quien por primera vez en la vida tuve una relación en un espacio horizontal, genuino y amoroso. Una amiga con quien desde hace 6 años he compartido la vida desde un lugar de comprensión, empatía y amor, una mujer con quien por primera vez no estaba compitiendo, estamos acompañándonos, somos iguales.

En el verano del 2015 me invitaron a ser parte de un entrenamiento para una comunidad de mujeres que trabajan en tecnología y periodismo en Latinoamérica. Admito que antes de emprender una de las aventuras más importantes de mi vida estaba preocupada por pasar una semana solo con mujeres. Nunca había vivido una experiencia así, llegué a pensar "odio el glitter y el color rosa".

Ahora entiendo que mi preocupación estaba fundada en mis experiencias previas, que a pesar de haber construido amistades con otras mujeres, seguía creyendo que las relaciones entre mujeres eran competitivas. Que debía ser mejor o en muchos casos, que yo era mejor.

Para mi asombro, una tarde sentada en las escaleras de una universidad en California, estaba una mujer leyendo un libro, me acerqué y le pregunté si queria ir a comer. De esa pregunta nació otra amistad, pero esta vez fue distinto, esta vez me sentí parte de algo más grande. Estaba frente a una mujer muy diferente pero muy parecida, una mujer con quien compartía anhelos y miedos, una mujer con quien podía además compartir preocupaciones sobre otras mujeres, sobre nuestro entorno; yo mexicana, ella colombiana. Entendí por primera vez que no estaba sola.

Esta red es lo que muchas llamamos sororidad, la relación entre mujeres de forma solidaria, la relación entre mujeres como acción social.

Pocos veranos han pasado desde entonces pero cada verano ha devenido en nuevas amistades, o como lo veo ahora, nuevas uniones a la red de empatía, de protección y también de defensa. Esta red de mujeres se ha transformado en una zona de resistencia para entender y analizar los problemas en común que como mujeres vivimos día a día, en distintos países.

Esta red es lo que muchas llamamos sororidad, la relación entre mujeres de forma solidaria, la relación entre mujeres como acción social.

A través de la sororidad entendí que ser mujer en tecnología me hace la excepción de la regla, esa regla que le cierra la puerta a las mujeres a través de socializaciones tan absurdas como que nosotras no estudiamos computación porque no entendemos matemáticas. O tan violento como que las mujeres no debemos acceder a ningún nivel de educación porque nuestra única función es ser madres y cuidar a la familia.

Nacer mujeres nos pone en desventaja desde el día que nacemos. Nacer mujeres implica tener menos oportunidades, tener menos seguridad financiera, pero también menos seguridad física, emocional y sexual.

Yo encontré una forma de resistir y hacerle frente a estas injusticias con el único objetivo de que las mujeres que estamos y las que vienen tengamos una vida con las mismas oportunidades, con los mismos derechos y sin violencia. Me atrevo a decir que no existe una sola mujer en el mundo entero que no quiera estas mismas cosas, aunque tal vez no vamos a ser todas amigas.

Para Andrea, Teresita y Jamie.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.