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07/02/2019 7:00 AM CST | Actualizado 07/02/2019 8:08 AM CST

Fernando Gaitán, el escritor del oído absoluto

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Fernando Gaitán y Ana María Orozco, protagonista de 'Yo soy Betty, la fea'. Instagram: anaorozcoof

Mentía. Igual que el resto de hombres de mi colegio, yo mentía descaradamente todos los días, con frases como: "Yo no veo telenovelas", o "A esa hora ya me acosté", cuando mis compañeras de salón, las profesoras, y los tipos verdaderamente seguros de sí mismos, comenzaban las largas conversaciones que duraban todo el recreo, desmenuzando cada una de las escenas del capítulo de la noche anterior de "Café: con aroma de mujer".

Mentía descaradamente, porque en realidad yo, al igual que millones de colombianos, dejaba lo que estuviera haciendo para sentarme frente al televisor y ver qué pasaba con la Gaviota, aquella mujer que se parecía tanto a mi mamá (no físicamente, por supuesto) y a millones de mujeres que salían adelante a pesar de todo, contra todos, sin perder la dignidad ni la honradez en el intento. Solo que al día siguiente fingía no haberlo hecho.

Recuerdo que ya entonces me asombraba cuánto tiempo dedicaban en "Café" a enseñarnos cosas y a mostrarnos datos que no hacían parte de la historia de amor entre la Gaviota y Sebastián: cómo eran las relaciones laborales en las haciendas cafeteras, cuál era el proceso para tostar el café, qué era la roya. Aprendí todo eso sin darme cuenta, mientras oía a Margarita Rosa de Francisco cantar rancheras y pedir aguardientes "dobles con cara de triples".

No es que las historias de Fernando fueran realistas, es que él era capaz de reproducir la realidad que escuchaba como si fuera la partitura de una canción.

Pasó lo mismo después, cuando dieron "Guajira", aunque el aprendizaje fue esta vez sobre las peculiaridades de la cultura wayúu, como los palabreros o las negociaciones con chivos. Y pasaría todavía una vez más, cuando "Hasta que la plata nos separe" nos mostró el himno que cantaban en las sucursales para comenzar la jornada, las costumbres de venta y los rituales íntimos de los concesionarios de carros.

Esas producciones, capaces de combinar antropología y sentido del humor, llevaban la firma de Fernando Gaitán, quien en alguna entrevista confesó que esas "armas" de escritura se las había dado el periodismo. Que era a punta de investigación que lograba describir esos mundos tan particulares, con veracidad y rigor. Me pareció siempre que aunque la respuesta de Gaitán era buena y lógica, estaba incompleta.

Yo estudiaba en un colegio donde además de las materias normales se aprendía música. En una clase me enseñaron que algunos de los más grandes compositores de la historia (Charly García incluido) habían nacido con una habilidad particular: el oído absoluto. El oído absoluto les daba la posibilidad a aquellos que lo poseían, de identificar en qué nota canta un pájaro o suena una alarma, o de reproducir una canción habiéndola escuchado apenas una vez.

Fue ahora, con la muerte antes de tiempo de Fernando Gaitán, que uní los puntos.

Instagram: actriznatalia
Natalia Ramírez, actriz de 'Yo soy Betty, la fea', y Fernando Gaitán. Instagram: actriznatalia

Instagram; jeabello
Jorge Enrique Abello, protagonista masculino de 'Yo soy Betty, la fea', y Fernando Gaitán. Instagram; jeabello

Los que lo vimos en alguno de los maravillosos eventos culturales que organizó para el Hay Festival en Cartagena, sabemos que jamás aceptó la invitación a ser él quien cantara una tonada popular o algún bolero de los que tanto le gustaban. Fernando Gaitán no tenía talento para la música, a pesar de ser un melómano consumado, que fundaba bares casi por costumbre. Pero Fernando sí tenía oído absoluto para los diálogos. Fue por él que los colombianos empezamos a hablar mal de "la peliteñida" y entendimos que las palabras sí nos podían definir en dos o tres frases.

Gracias a ese oído particular sus personajes hablaban como la gente de verdad: como el mensajero que enrevesaba los mandados, como el palabrero indígena que negociaba una dote, como los ejecutivos de clase alta que se burlan a escondidas de sus secretarias.

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Paula Peña, Luces Velásquez, Lorna Cepeda, Marcela Posada, Estefanía Gómez y Ana María Orozco en un ensayo de la obra de teatro 'Yo soy Betty, la fea', en Bogotá, el 30 de marzo de 2017. Foto: GUILLERMO LEGARIA/AFP/Getty Images

Todos por estos días le hacen homenajes a Betty, personaje inolvidable. Pero tengo la impresión de que en realidad lo más importante de esa telenovela era "el cuartel de las feas", ese grupo entrañable de secretarias que eran menospreciadas precisamente por ser únicas, por no parecerse a las modelos que se paseaban por los pasillos de Ecomoda. Empoderadas muchos años antes de que la palabra se pusiera de moda.

Aquel cuartel hablaba de los maridos poco amorosos, de los kilos de peso que les sobraban, de sus sueños y sus ambiciones, con las mismas palabras que usaban nuestras amigas. No es que las historias de Fernando fueran realistas, es que él era capaz de reproducir la realidad que escuchaba como si fuera la partitura de una canción.

Nunca conocí a Fernando Gaitán, ni fuimos amigos. Como dije, fue él el causante de que dijera mis primeras mentiras públicas, para ocultar mi afición a su obra. Pero siendo alguien que terminó juntando palabras como oficio diario, tenía la obligación de rendir mi admiración ante el libretista del oído absoluto. El escritor de telenovelas que me demostró que hay que tener un gran oído para ser un buen mentiroso. Uno de esos que usa las mentiras bien escritas para decirle a una sociedad, en su cara, la verdad.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.

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