EL BLOG
09/05/2018 4:00 PM CDT | Actualizado 09/05/2018 5:55 PM CDT

La vergonzosa república amorosa de AMLO

SAÚL LÓPEZ /CUARTOSCURO
¿Hacia una república amorosa?

El no tan viejo proyecto

No hace tanto Andrés Manuel López Obrador, líder de MORENA y candidato presidencial por tercera ocasión, propuso la redacción de una nueva constitución, pero no cualquiera constitución sino una de carácter moral.

Contrario a lo que piensan muchos articulistas e intelectuales que han reflexionado a botepronto dicho asunto, en absoluto menor, esta propuesta no es ninguna ocurrencia ni otro más de los "disparates" del candidato. Antes bien, se trata de una idea de campaña perfectamente pensada y estructurada que tomó forma y fuerza a principios de 2012, en su entonces segundo intento por llegar a la silla presidencial.

En aquel año, AMLO supo posicionarse como el líder indiscutible de la mayoría de las corrientes llamadas de izquierda, pero, sobre todo, y mucho más importante, supo crear con tesón y paciencia (dones de los que carecen muchos de los actuales personajes públicos) una atmósfera polarizadora (en aquella época ya había colocado en el cadalso de la ira popular a figuras emblemáticas como Cuauhtémoc Cárdenas, quien al grito de "traidor" fue puesto en las sombras del ostracismo político) en donde él y sólo él, por un lado, era el bueno, el salvador, el único luchador social, el ungido, y en donde los demás, el otro, cruel dicotomía, eran los malos, los de la mafia, los del PRI, los traidores a su causa.

Para entonces, mucho mejor asesorado que en 2006, López Obrador había dado un giro impresionante. Así, mientras desplegaba su brutal atmósfera polarizadora al interior del espectro político de las izquierdas del país, hacia el exterior era imperativo que su nuevo perfil se construyera en el sentido contrario: un político conciliador que hablara mucho más lento para mantener la atención en su persona, más sereno, capaz de escuchar al otro, dispuesto a dialogar y a entender que ya no se trataba de bloquear importantes avenidas, afectar fuentes de empleo o de obstruir el paso a pozos petroleros, sino de ubicarse cada vez más al centro ideológico del espectro político y de ofrecer, desde ahí, una vez bien posicionado.

En definitiva, la imagen que lo proyectara ante las masas nacionales y el respetable internacional como el estadista que desde siempre ha intentado, pero nunca ha logrado ser.

Fue también en 2012 cuando el diario The Economist echó por los suelos los balances alegres en términos económicos del entonces desastroso, saliente y sangriento gobierno calderonista. Así que, a pesar de que perdería la importante elección, el momentum de la transformación era imperdible.

Vuelve a mostrar la misma tendencia de hace doce años: un primer lugar que llega a su tope, un lapso de reacomodo de intereses una vez perfilados los candidatos mejor posicionados y un segundo lugar que asciende hasta rebasar.

En el periodo presidencial siguiente, luego de la euforia del inflado triunfo del partido de Estado (solo faltaron las encuestas en donde Peña Nieto rebasara al 100% en intención de voto al mismísimo Obama), más temprano que tarde, las añejas cínicas formas y el actuar irresponsable de los principales "jóvenes rostros" del gobierno federal priísta se tradujeron en las peores y gangsteriles prácticas políticas de que se tenga memoria (el estilo Toluca) y en epicentro de la más grande impunidad ante hechos imperdonables de crimen organizado en gran parte del país. Y de corrupción sistémica gestados desde las amplias estancias y pasillos de Los Pinos, arrojando un escenario nacional en donde políticos, empresarios y sectores clave, cínicos ambiciosos inamovibles, cooperaron también —con su criminal tesón durante los últimos doce años— para que en la actual contienda presidencial López Obrador, que nunca ha dejado de hacer campaña, hoy no se prive en absoluto de insultarlos. Sabe que es el encumbrado del momento, y así lo demuestran sus porcentajes en las intenciones de voto de no pocas encuestas.

Ahora bien, dado que de nueva cuenta las antes odiadas encuestas ahora vuelven a ser amadas y aclamadas, solo quisiera hacer una observación: la fotografía demoscópica global, a estas alturas (ojo) vuelve a mostrar la misma tendencia de hace doce años: un primer lugar que llega a su tope, un lapso de reacomodo de intereses una vez perfilados los candidatos mejor posicionados y un segundo lugar que asciende hasta rebasar.

Estemos, pues, atentos al renovado sprint.

CUARTOSCURO
Un proyecto a largo plazo.

La doble estrategia

La doble estrategia es una que implementa religiosamente la extrema derecha política (sea partidista, escolar, deportiva, gremial, institucional...) del mundo una vez que llega al poder, en aras de echar siempre por delante la verdadera estrategia oculta: aquella de ganar-ganar.

A saber, la doble estrategia consiste en tener siempre a la mano —una vez bien establecida y arraigada la mística del líder incuestionable— a personajes secundarios capaces de inmolarse sin cuestionamiento ninguno al momento de una crisis de altos vuelos, casi siempre de índole política o económicamente corruptas. Ellos son los que deberán asumir públicamente los platos rotos, en caso de que haya algo escandaloso que involucre ética, política y hasta judicialmente, de ser el caso, al líder.

Así las cosas, el líder carismático siempre estará libre de toda culpa (hay que salvaguardar en todo momento la mística), sin importar de qué se le acuse. Por lo ya dicho, no se le podrá comprobar nunca nada.

Únicamente cumpliendo esta primera etapa se puede llevar a cabo la fase complementaria de la estrategia: aquella en donde el líder en todo momento deberá permanecer alejado y ajeno a lo que está ocurriendo como resultado del escándalo coyuntural. Por lo que deberá permanecer sereno y proyectando una imagen bonachona, bromista, confiable y, cuando le dé el arrojo, hasta intelectual.

López Obrador no fue acogido en el orbe como el gran líder o el gran articulador que desde "la izquierda mexicana" se quiso proyectar ante el mundo.

En la coyuntura de 2012, por ejemplo, la doble estrategia de López Obrador resultó perfecta, pues mientras él visitaba Institutos de gran prestigio como el Ortega y Gasset o el Woodrow Wilson, la triada BBP (Batres-Bejarano-Padierna) movilizaba a rudos cuadros lumpen, golpeadores profesionales, para reventar las elecciones internas del PRD. Allí el personaje llamado Marcelo Ebrard, con el aval de una mayoría de las corrientes, pintaba ya como una verdadera posibilidad para las presidenciales desde el ala moderna y vanguardista de la izquierda. Es decir, desde las mismas filas amigas, estaba naciendo el posible y jovial contrincante real de López Obrador.

Los medios serios, curiosamente poco reflexivos y dados cada vez más a guiarse por el show mediático, solo atinaban a mostrar una y otra vez "las peleas entre las vandálicas tribus del PRD", mientras se olvidaban de lo fundamental: al final, López Obrador no fue acogido en el orbe como el gran líder o el gran articulador que desde "la izquierda mexicana" se quiso proyectar ante el mundo (una especie de nuevo Luiz Inácio 'Lula' Da Silva) y el aspirante Ebrard, una vez descabezado se puso de rodillas antes de dar siquiera una batalla digna (infancia política es destino). El PRD también.

AMLO fue al final, tal como era su deseo desde un principio en el ámbito doméstico, el único candidato.

¡Ganar-ganar!

La pureza constitucional

Esta ya mencionada reflexión mediática a botepronto ha hecho que, contradictoriamente, López Obrador en términos de la agenda pública mexicana sea el que ponga a pensar a los pensadores y nunca al revés (¿se da cuenta, querido lector, de la estrategia que nunca falla?). Su propuesta de constitución moral ha sido otro adelantado manotazo que ha abierto un falso dilema: ¿se trata de una constitución moral o de una constitución ética?

Así, mientras unos se entretuvieron y se entretienen tratando de explicar lo que la disciplina filosófica implica o significa (como si estuviesen analizando la propuesta de un verdadero filósofo) y en qué nos beneficiaría, habrá que concentrarnos en lo que el político profesional en el fondo planteó y sigue planteando, si es que nos atenemos a su trayectoria y a su doble estrategia: una especie de carta magna que no solo regule valores, cualquiera cosa que eso signifique, sino actitudes, normas, imágenes proyectadas, formas de vestir, imaginarios previamente forjados, creencias y, sobre todo, estilos de vida muy específicos.

¿Esto no tendría que ser motivo de preocupación real para un país como el nuestro?

Para el caso mexicano, ¿quién sería el traductor o los iluminados apóstoles de dicha moralidad teocrática? ¿Quiénes tendrán la osadía de redactar una constitución semejante para moralizanos?

Ahora bien, hay que decirlo, este tipo de "documentos refundacionales" son característicos de las sociedades teocráticas del mundo, donde se impone y se obliga a practicar una moralidad: un modelo en donde se venera a un solo Dios y cuyo objetivo es erradicar el mal y la corrupción moral que emana de éste.

Busca que las leyes de ese Dios y las de los hombres comulguen a la perfección, que no haya desviación posible, pues dicha desviación (pecado mortal y nefanda traición) acercaría al país teocrático a las prácticas de las naciones "democráticas", esas en donde el pecado y el sistema capitalista lo han corrompido y prostituido todo, en donde el alma pura no existe, en donde se atenta contra la familia y el padre que la dirige, en donde el cuerpo es el instrumento perfecto del maligno para la invitación al sexo desenfrenado, a la orgía de los intereses monetarios más horrendos y asquerosos y, en fin, en donde todo es vicio, pecado y perversión interminables. Es el mundo de los infieles, esa decadencia occidental que hay que dinamitar a toda costa.

Para el caso mexicano, ¿quién sería el traductor o los iluminados apóstoles de dicha moralidad teocrática? ¿Quiénes tendrán la osadía de redactar una constitución semejante para moralizanos?

Ahora que Morena tiene una alianza formal con el Partido Encuentro Social (PES), organización que enarbola abiertamente una ideología cristiana, la propuesta es construir una agenda legislativa en donde la moralidad religiosa vuelta partido político se cristalice. La izquierda, así, ha sido de plano asesinada en lo político.

Facebook/Andrés Manuel López Obrador
La estrategia doble de AMLO.

El espejo sureño y gringo

Siguiendo esa misma línea de situarnos en nuestro continente, huele a Estados Unidos, a Centroamérica y a Sudamérica, diría más de uno, pues, en Brasil y Estados Unidos existen iglesias de todo tipo bien representadas en el Congreso; en Paraguay no se puede plasmar la palabra "género" en ningún comunicado o papel oficial; en Argentina el presidente ha encabezado actos evangélicos; en Perú grupos religiosos azuzados por sus líderes han pedido a gritos con todas sus letras la muerte para homosexuales, porque así lo dice la Biblia; y Costa Rica, para coronar el pastel continental, en 2018 tuvo un candidato presidencial abiertamente antifeminista, homofóbico y evangélico. De la Nicaragua de Daniel Ortega, el guerrillero de una entonces izquierda atea, y hoy convertido en todo un dictador, y quien recientemente aludió a Dios y a la paz luego de una sangrienta represión a jóvenes estudiantes, ¡ni hablemos!

Históricamente, más allá de su alto porcentaje de población católica creyente, México ha sabido apuntalar de manera contundente la frontera entre las creencias personales, el sincretismo religioso, la fuerza de las élites de las iglesias y el espíritu de las leyes de Reforma, el mismo que sustenta el país laico y diverso en el que ahora vivimos. Y por el que el internacionalmente admirado y respetado Benemérito de las Américas, Benito Juárez, en más de una ocasión estuvo dispuesto a dar la vida.

El Estado laico a la mexicana, en ese sentido, es incluyente. El Estado teocrático en cualquiera de sus formas, sin importar el país, desde siempre ha sido y es criminal y brutalmente excluyente.

Los estadounidenses y los sudamericanos, por sus lares, entienden muy bien lo que el discurso de Dios y de Cristo significan: una lucha por el amor, los valores y la vida. Hay soldados de Cristo, hermanas de la caridad, amigos del altísimo, congregaciones del sagrado corazón de Jesús y demás denominaciones de grupos conservadores religiosos que, alejados de la élite católica, hoy buscan incidir en las políticas públicas de sus respectivos países.

El Estado laico a la mexicana, en ese sentido, es incluyente. El Estado teocrático en cualquiera de sus formas, sin importar el país, desde siempre ha sido y es criminal y brutalmente excluyente.

Por eso, el solo hecho de concebir siquiera un Estado mexicano que, en 2018, vía coalición Morena-PES-PT (más lo que se acumule) esté contemplando reservar curules republicanas para representantes religiosos es completamente escandaloso e inaceptable.

La cruda realidad en gran parte de los Estados Unidos Mexicanos, sí, lo sabemos, es espantosa. No obstante, no nos engañemos, lo será aún más si seguimos solapando esa mentira básica y vergonzosa, la misma que reza que necesitamos esa "inocente y pura" república amorosa.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.