VOCES
12/07/2018 6:00 AM CDT

El día que mi papá me corrió de casa por ser gay cambió mi vida para siempre

Cortesía de Rex Ogle
Rex Ogle en 1998.

Estábamos en el patio trasero, nos llegaba el humo de una carne asada cercana, el aroma de los pollos rostizados en el aire. Mi padre estaba más silencioso que de costumbre. Dio un trago largo a su botella de cerveza. Le pregunté: "¿Estás bien?"

De la nada, mi padre dijo: "Si decides ser gay, entonces ya no formas parte de esta familia. ¿Quieres ese estilo de vida? Entonces tenlo en otro lado".

Su mirada se perdió en el bosque. No quería verme. Pensar en mí, en quién yo era, le enfermaba. La vergüenza lo sobrepasaba. Yo sudaba mi camiseta mientras retenía la bilis en mi garganta. Le pregunté cómo lo sabía. Mi padrastro se lo había dicho.

Entre tartamudeos traté de explicarle que no era una elección. Pero con 18 años (y totalmente fuera de "guardia") no encontré una defensa. Tampoco es que hubiera importado. Mi padre, como muchos padres y madres, creía que era una situación de ruptura, en blanco y negro. O lo era o no lo era. Y yo lo era.

En 48 horas ya estaban hechas mis maletas. Vi hacia atrás en la calle, una parte de mí esperaba que mi padre se diera cuenta de mi terror y cambiara de opinión. No lo hizo. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho como un escudo, sin remordimientos, incluso mientras mi madrastra, con lágrimas cayéndole por la cara, le decía: "Es tu único hijo. No lo hagas". Pero era una casa militarizada, y la orden eran definitiva. Estaba hecho.

Desesperadamente intenté ser alguien que no era. Las niñas era preciosas, pero sin que eso importara, siempre veía a los hombres. Eso nada podía cambiarlo, ni siquiera la amenaza de perderlo todo.

Este mes se cumplen 20 años del cumplimiento de mis temores. Había sido descubierto. Desheredado. Rechazado. Nunca me había sentido tan solo.

Para una persona de cualquier edad (pero especialmente un joven) esto puede ser devastador. Uno de tus padres te dice: "No me gusta lo que eres y no quiero saber nada de ti". Sentí que no valía nada. El desprecio y el asco que sentía por mí afianzaron en mí la idea de que había nacido mal, que era un error. "Gay" era una mala palabra, tres letras escarlata grabadas en mi alma y que me identificaban como indeseable.

En defensa de mi padre, me había ofrecido una opción. Podía "quedarme y ser parte de la familia" si (y solo si) aceptaba las siguientes condiciones: 1) pagarme un terapeuta una vez a la semana, 2) ir a misa todos los miércoles y dos veces los domingos, 3) salir con una chica de la iglesia que aprobara mi padre, 4) nunca juntarme con una personas de la "tendencia homosexual" y 5) por lo tanto hacerme "heterosexual".

Ya había luchado con esto toda mi vida. Sabía que no podía cambiarlo. Créanme. Lo había intentado. Por más de una década como un joven queer de clóset en Texas (rodeado de machismo, intolerancia y homofobia). Desesperadamente intenté ser alguien que no era. Las niñas era preciosas, pero sin que eso importara, siempre veía a los hombres. Eso nada podía cambiarlo, ni siquiera la amenaza de perderlo todo.

Cortesía of Rex Ogle
Ogle en 1982

Ser gay, un pecado

En el lugar y la época en que crecí no se discutía abiertamente sobre ser gay, excepto como un pecado conocido y afrenta contra Dios. Era una palabra ofensiva que se escuchaba lo mismo en el patio de la escuela que en una borrachera. Ser gay no tenía ninguna ventaja. Era vil y despreciable. Así que cuando mi padre me corrió me daba miedo pedir ayuda. La familia de mi padre eran fieles de la Convención Bautista del Sur. La familia de mi madre eran devotos de la Iglesia de Cristo. Mi madre era bipolar y un año antes desapareció con mi hermanito. Viendo hacia atrás, debí pedirle ayuda a mis amigos. Pero ellos tampoco sabían que era gay y ya no podía soportar más rechazo.

No sabía adónde ir. Decidí: "Si voy a ser un vagabundo, mejor ser un vagabundo en una buena ciudad". Así que me fui a Nueva Orleans.

Mudarme a la costa de Luisiana durante un verano húmedo no era en realidad una idea genial. Pero esto sucedió antes de internet y los celulares, así que no era posible googlear en mi teléfono "mejores lugares para ser un vagabundo". Todas mis pertenencias eran una maleta con libros, un saco con ropa y 117 dólares y un poco de cambio en el bolsillo del pantalón.

En los días siguientes intenté desesperadamente aferrarme a un rayito de esperanza que me susurraba: "Encontrarás la forma de salir de esto". Pero el susurro se hacía más quedo cada noche que luchaba para sobrevivir.

Mi abuela me preguntó por qué no la había llamado antes. Le dije: "Como eres religiosa, Dios viene primero". Me respondió: "No, la familia viene primero".

Ese verano aprendí muchas cosas: que te rechacen en un trabajo de salario mínimo por no tener número telefónico en casa (ya no se diga casa). Buscar comida en un basurero (siempre amaré a los turistas que no se acaban sus papas fritas extragrandes). Ser atacado en un refugio, que un grupo de ebrios te agarre a golpes por diversión y que la policía te moleste por dormir en las bancas de los parques. Aprendí lo que es pasar la noche con un extraño para poder dormir en una cama y ducharme. Y aprendí que se siente estar atrapado por una oscuridad pura y sin adulterar a través de la depresión, la ansiedad y los ataques de pánico. Algunas noches pensaba: "Hasta aquí llegué. No voy a lograrlo. Mañana no voy a despertarme". De algún modo siempre llegaba a la mañana siguiente.

Luego de vivir cuatro meses en la incertidumbre y el miedo, finalmente aprendí una cosa más: estaba bien buscar a mis seres queridos y pedir ayuda.

Encontré una cabina telefónica y marqué cero para que hacer una llamada por cobrar. (Eso hacíamos en los viejos tiempos, antes de los celulares). Llamé a mi abuela, que es profundamente religiosa. No había comido en cinco días, y lo único que quería era veinte dólares para comer algo que no estuviera cubierto de moscas. Cuando escuché su voz, perdí todas las fuerzas. Lloré a grito abierto en el teléfono público. También ella lloró, diciéndome que me había buscado todo el verano. Me preguntó por qué no la había llamado antes. Le dije: "Como eres religiosa, Dios viene primero." Me respondió: "No, la familia viene primero".

Me envió 300 dólares y me dijo que buscara un hotel, tomara una ducha, me subiera un autobús y "fuera a casa". Para entonces ya no sabía lo que era tener un hogar. Pero de todas maneras fui. Con su ayuda, su amor y apoyo emociona conseguí dos trabajos, algunas becas y entré en la universidad. Eventualmente me mudé de Texas a Nueva York para perseguir mi sueño de trabajar en una editorial.

Veinte años después (con la ayuda de muchas sesiones de terapia), finalmente estoy bien conmigo mismo. Hice una carrera escribiendo y editando cómics, novelas gráficas y libros infantiles. Tengo ahorros y un buen departamento. He construido una familia de maravillosa de amigos, y una relación sana y honesta con mi pareja. Ahora vivo en Los Ángeles, donde tengo una buena dosis de sol. He retomado la relación con mi hermanito (que ya no es tan pequeño y no tiene problema alguno con mi homosexualidad). Y todavía hablo a diario con mi abuela.

Ahora también hablo con mi padre. Cuando terminé la universidad lo busqué para hacerle saber que estaba vivo y que, si él quería, podíamos tener una relación. Al principio se resistió. Con los años empezó a aceptar que yo no iba a cambiar. Tuvimos muchas discusiones, e incluso algunos momentos pensé que llegaríamos a los golpes. Pero eventualmente aceptó mi homosexualidad, y yo acepté que nunca me iba a decir "Lo siento".

De muchas maneras sigo sintiéndome como un huérfano, un chico que hace mucho perdió a su familia.

Hasta el día de hoy insiste en que hizo lo que era "mejor para mí". Nuestra situación actual no es ideal, pero supongo que es mejor que nada. De cuando en cuando nos llamamos por teléfono, o nos deseamos felices fiestas. De muchas maneras sigo sintiéndome como un huérfano, un chico que hace mucho perdió a su familia.

Ocasionalmente vuelven las crisis. De inmediato me siento rechazado, que no valgo nada y totalmente solo. Esto puede dejarme deprimido por días, o darme terribles ataques de pánico. Pero me recupero. También trato de recordarme que esos son sentimientos antiguos, de otra época, de eventos que pasaron hace mucho. ¿La persona que soy ahora? Estoy bien. Estoy seguro. Y no estoy solo.

Últimamente practico la gratitud. Porque estoy agradecido por lo que sucedió. Sí, agradecido. No porque haya sucedido, sino porque me hizo más fuerte y más compasivo como persona. Sobreviví. Aunque no todos lo hacen. Y sin duda nadie sale ileso.

Este blog apareció originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y fue traducido por Víctor Santana.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.