VOCES
10/08/2018 6:00 AM CDT

Mi papá mató a dos personas cuando tenía 15 años, y estoy lista para hacer las paces

Pamela Brunskill
La autora con su padre en los noventa.

Tenía 15 años cuando mi papá mató a mi madrastra y a su amante en 1992. Mientras yo caminaba con amigos alrededor de la escuela después de un partido, él entró a su casa al oeste de Nueva York y encontró a la pareja haciendo el amor, y les disparó.

Cuando mi mamá, a la mañana siguiente, me sentó para contarme lo que sabía, sentí que pasaban por mí olas de frialdad, y sofoqué las ganas de vomitar. Fui incapaz de procesar lo que mi papá había hecho, y es hasta ahora que puedo identificar la repulsión, el impacto, la tristeza y la confusión que me provocaron sus acciones. Esperaba que la información adicional lo hiciera más comprensible. Estaba paralizada por lo horrible de la situación. Sentía vergüenza de que me asociaran con ese acto. Una vergüenza que crecía con cada artículo que publicaba el diario The Buffalo News.

A pesar de que compartimos el apellido, esperaba que nadie pudiera conectarme con esa historia sensacionalista, y me callé lo mejor que pude lo que me dijo mi mamá. Pues matar a alguien me parecía irracional. Y si yo pensaba eso, ¿qué pensarían mis amigos y maestros de mi papá? Y más importante: ¿qué pensarían de mí?

La mayoría de mis amigos nunca conocieron a mi papá. No sabían que yo pasaba los fines de semana en su casa desde que mis padres se divorciaron, cuando estaba en la primaria. No sabían que después de que se casó con Ginny intenté tener una familia unida con ella y su hijo durante esos fines de semana, que empezaron a ser menos frecuentes cuando entré a la preparatoria. Además, mis amigos no sabían que siempre me había asustado la rabia de mi padre, aunque no lo creía capaz de matar a nadie.

Como no sabían nada de eso, esperaba que mi vida pudiera continuar como siempre. Para entonces mis hermanas mayores se habían ido a vivir fuera, lo que limitaba la posibilidad de un comentario suelto en una conversación con mis amigos. Quizá todavía podía ser la buena estudiante que jugaba tenis y amaba bailar.

Después de que mi mamá me contara la noticia, nunca volvimos a hablar de lo que había pasado. Me sentía aliviada cuando mi mejor amiga me hablaba de ropa, Erasure o el abdomen de Marky Mark. Cuando un maestro preocupado me mandó con el consejero escolar, le dije al psicólogo "estoy bien" y me salí de su oficina.

Fui incapaz de procesar lo que mi papá había hecho, y es hasta ahora que puedo identificar la repulsión, el impacto, la tristeza y la confusión que me provocaron sus acciones.

Intenté limitar y terminar mis interacciones con mi papá y el sistema de justicia. Aunque ocasionalmente lo visitaba con mi hermana en el Centro de Detención del condado de Erie, y fui al juicio y las demás apariciones en la corte, esas cosas estaban separadas de mi vida 'real'.

En lugar de explorar cómo la gente juzgaba a mi papá (el horror y el desprecio que reflejaban lo que yo sentía), intenté todo para probarme que todavía era valiosa en mi esfera social. En los próximos años seguí las reglas de la escuela, me uní a muchos clubs y me convertí en capitana del equipo de tenis. Me escogieron como la bailarina principal del musical de la escuela. Hice una ruta de senderismo con la Asociación Estudiantil Conservacionista. Mi actitud era tan exitosa que mis compañeros me eligieron reina del baile.

Pero, por supuesto, mi papá irrumpió en mi vida perfectamente ordenada, e hizo que tropezara el personaje que me había inventado. A la mitad del primer año de preparatoria tuve una relación confusa con un chico, y mi papá fue sentenciado, combinando mi confianza en mí misma con lo que pasaba en la corte. Cuando salí al baile de la escuela, sonó el teléfono. "Hola. Tiene una llamada por cobrar de un Centro Correccional de Nueva York. ¿Acepta los cargos?" Me hundí de hombros, rechiné los dientes y murmuré: "Sí".

Odiaba cuando mi papá llamaba o escribía. Las llamadas eran extremadamente costosas, y sus cartas agresivas (¿podía mandarle dinero? ¿Por qué no le había escrito?), o nos escribía para quejarse de que dormía en una cama de menos de un metro de largo, y en su baño entraban extraños para pedirle comida o robarle; y las peleas, los olores, los eructos. No me importaba lo que sintiera; nunca se disculpó, y sus terribles acciones destruyeron mi vida. No podía ser totalmente auténtica por culpa de él.

Odiaba cuando mi papá llamaba o escribía. Las llamadas eran extremadamente costosas, y sus cartas agresivas (¿podía mandarle dinero? ¿Por qué no le había escrito?).

Quería terminar toda la comunicación con él, pero algo me detenía de abandonarlo por completo. A regañadientes le enviaba cheques para que comprara pasta de dientes a precios inflados que vendía el comisario, diciéndome a mí misma que hacía lo que debía hacer una buena hija. Y el verano que me gradué de la preparatoria lo visité por primera vez en el Centro Correccional Clinton, una prisión de máxima seguridad en el estado de Nueva York.

Aunque pasé por las pintorescas Montañas Adirondack en mi camino a Clinton, mi experiencia en la prisión no fue nada pintoresca. Desde ser el objeto de búsquedas y preguntas tersas a intentar navegar las reglas no escritas y procedimiento a la espera sin fin que en un punto involucró estar encerrada en un cuarto de detención, todo me daba ganas de llorar.

Culpé a mi papá por ponerme en esta situación y estaba resentida con los guardias, e intenté en el futuro limitar mis interacciones con él y el sistema de justicia. Trabajé todavía más duro para probar mi valor (a mí misma y ante la sociedad). Imaginé que si podía hacer del mundo un mejor lugar, podría, poco a poco, retribuir por el doble asesinato. Y nunca sería condenada como él. Alcancé los más altos honores en la universidad, me convertí en profesora y a los 23 me casé y me olvidé de mi padre.

Mis nuevos amigos decían que yo era la persona más normal que conocían, y perfeccioné esa fachada. Pasaron los años, me mudé a Pensilvania, tuve una hija, después otra y empecé a dar clases en la universidad. Mi vida estaba casi por completo separada de la de mi papá. Para cuando tenían 30, lo visitaba en Clinton cada dos años, si acaso.

Pero constantemente pensaba en él. Empecé a escribir sobre nuestra vida juntos, sacando los detalles de mis diarios y recortes de periódicos, y leyendo artículos académicos sobre la cárcel. Intentaba entender porque había cometido el asesinato y por qué yo no podía hablar al respecto.

Después, en mis treintas, tuve un hijo. Agotada por las necesidades interminables de los niños, con un desorden hormonal y un desbalance depresivo postparto que aumentaba con cada embarazo, enloquecí. Aventé puertas, le grité a mi esposo y quería pegarle a mis hijos para que me escucharan (no lo hice). Abrumada, acepté que tenía dentro de mí el odio y el miedo de mi papá. Eso me aterrorizó. ¿Sería posible que también hubiera heredado su capacidad para hacer daño y destruir? ¿Podía heredárselo a mis hijos?

Necesitaba saber qué había hecho a mi papá capaz de matar. Debía resolver mis sentimientos hacia él porque algún día mis hijos querrían saber sobre él; decirles que su abuelo estaba en prisión por asesinato sin darle las herramientas para navegar el tema, no era una opción.

Debía resolver mis sentimientos hacia él porque algún día mis hijos querrían saber sobre él.

Así que dos décadas después de salir corriendo de la oficina del psicólogo de mi escuela, finalmente busqué ayuda profesional para lidiar con todos los sentimientos y miedos reprimidos. Mi psicólogo me dijo que las personas genéticamente en riesgo de cometer actos violentos también pueden ser personas sensibles y de buen corazón. Insistió en que la sociedad y la crianza juegan un papel importante en el desarrollo de las personas y en las formas en las que se ven a sí mismos y a los otros.

Mientras que esto suavizó mi manera de ver a mi papá, no eliminó la vergüenza asociada a él. Estaba en ese proceso cuando enfermó, y estuvo más débil y menos desafiante. Sus cartas, que hasta entonces estaban llenas de indignación por el trato que se le daba y lo que sucedía en prisión, ahora tenían pensamientos de muerte. Me pidió que investigara los costos y opciones de funerales.

Algo cambió en mí. No solo había mostrado su vulnerabilidad, sino que me di cuenta de que me quedaba menos tiempo para resolver mi relación con él.

Poco después mi papá sufrió un ataque cardiaco, y para decirnos algo esperó hasta que la prisión lo llevó a un hospital del exterior. Mi hermana y yo fuimos hacia allá, y los guardias nos hablaban como si mi papá fuera más una molestia que un miembro de la familia de quien queríamos despedirnos.

Lo mantenían vivo con tubos respiratorios, y como yo estaba registrada como su cuidadora, debía decidir mantenerlo así o que le quitaran los tubos. Su cardiólogo creyó que tenía una oportunidad de vivir. El doctor describió los procedimientos médicos que había superado mi papá, cómo trabajaba para él y esperaba que se rehabilitara. Su entusiasmo por salvarle la vida a mi papá, aunque él se hubiera llevado dos vidas, me deshizo. Había pasado tanto tiempo desde que alguien fuera de la familia mostraba compasión por mi papá, que lloré de gratitud. Y le dije al doctor que pensaba que mi papá había llegado al hospital a morir.

Su entusiasmo por salvarle la vida a mi papá, aunque hubiera tomado dos vidas, me deshizo.

Como era una de las pocas personas que todavía hablaba con mi papá, no es sorpresivo que casi nadie viera su obituario. Pero un prisionero escribió una carta que me reveló una versión de mi padre que podía admirar, lo que inconscientemente había deseado desde 1992; dijo que mi padre era un poeta y la voz de los sin voz, un luchador de la justicia. Lloré las lágrimas que me guardé cuando supe de su crimen, cuando lo sentenciaron, cuando caminé por los suelos sucios de las prisiones. Todo ese tiempo había intentado separarme de las acciones de mi padre, temiendo el rechazo social y la condena, pero me hería cualquier juicio que se hacía contra mi papá. El silencio solo prolongó y aumentó mi dolor.

Ya no hay forma de que alguien descubra mi relación con los crímenes de mi padre. Pero ahora quiero relacionar mi historia con la suya, que se sepa que era mi padre. Debo hacerlo, pues en mi lucha por distanciarme de él terminé por deshumanizarme.

Había creído que las personas que cometen crímenes (especialmente asesinatos) eran criminales y no debía tenérseles consideración. No quería pensar mucho sobre eso ni encontrar evidencia contraria. Pero esta corta visión estaba equivocada por muchas razones, pues no me permitía tener compasión por mí o el sufrimiento de una persona encarcelada.

Las acciones del doctor y la carta del prisionero me ayudaron a ver la humanidad de mi padre. Y finalmente me dieron el valor para reconocer mi propia humanidad.

Este blog apareció originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos, ha sido editado y fue traducido por Víctor Santana.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.