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22/01/2018 8:00 AM CST | Actualizado 22/01/2018 11:17 AM CST

El ‘body positive’ y ¿los límites del amor propio?

Nick David via Getty Images
El sobrepeso y la obesidad no solo son un problema de salud pública; son una experiencia de vida de personas con rostro, emociones e historia.

En una época que nos tiene el alma tan vapuleada, es apenas necesario que alguien venga y nos recuerde que debemos intentar querernos aunque sea un poquito, alguien que nos invite a tratarnos con ternura y nos diga que no somos tan raros ni estamos tan solos.

Esto es lo que los movimientos de autoafirmación han intentado hacer por quienes sentimos no corresponder con modelos de belleza, riqueza o sexualidad que son no solo irreales sino inclementes. El body positive es uno de estos movimientos, uno arraigado directamente en el cuerpo.

A diferencia de lo que se suele creer, el body positive no se concentra solo en el sobrepeso, si bien esta es una de sus caras más visibles. Este movimiento trabaja por la autoaceptación y el amor propio, por lo que incluye todos los rasgos que los estereotipos de belleza hegemónica rechazan. Entre ellos está el sobrepeso, pero también la delgadez "extrema", el color de piel, la textura del cabello, las estrías, la celulitis, la flacidez, las arrugas, las canas, el vello corporal y condiciones complejas como la discapacidad o las malformaciones. Para este movimiento hay tantas razones para amarse, como formas de menosprecio proponen la sociedad y los medios de consumo.

En este contexto de ansiedades, compulsiones y obsesiones, los movimientos por la autoaceptación intentan que las personas desarrollen una conciencia crítica.

Sin embargo, la fuerza con la que el autoamor ha irrumpido en la sociedad, a través de los mismos medios de comunicación que sirven como plataforma de consumo y estigmatización de los cuerpos, ha levantado ámpula, en particular cuando promueve la aceptación de cuerpos con sobrepeso. Las reacciones de rechazo se dividen entre la repulsión abierta y violenta, o la preocupación por la promoción de estilos de vida poco saludables.

En lo que sigue me concentraré en este último argumento que, en mi opinión, no es más que una forma matizada de la primera reacción. Es un sentimiento de disgusto que, aunque pase por el filtro de la preocupación, viene del prejuicio, la desinformación y una interpretación a modo de los movimientos de autoafirmación.

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Si hemos aprendido a ver la gordura como una desviación, como un problema, resulta solo esperable que se asocie con cosas igualmente problemáticas y terribles.

La intención no es cuestionar la evidencia científica que asocia el sobrepeso con enfermedades como la diabetes, hipertensión o padecimientos cardiovasculares –sí, son correlaciones: no existe aún evidencia que identifique al sobrepeso como el origen de estos males-. Esta vinculación existe, pero no está relacionada de ningún modo causal con las posiciones políticas que defienden el amor al cuerpo.

Mi punto es que la capacidad de aceptarse y quererse incondicionalmente no tiene nada que ver con el deseo de emprender un camino hacia la autodestrucción y no existe ningún movimiento que apoye una agenda tan descabellada.

El problema no son las mediciones

Reconozco que asociar una cosa con la otra es fácil. Si hemos aprendido a ver la gordura como una desviación, como un problema, resulta solo esperable que se asocie con cosas igualmente problemáticas y terribles. Lo malo solo puede provocar cosas malas, ¿cierto? Visto así, se cree que quererse tal y como uno es cuando se tiene sobrepeso implica desear el sobrepeso y todos los males que se le endosan. En esta lógica, amar al propio cuerpo cuando está mal equivale a querer estar mal, lo cual resulta a todas luces impensable.

Desde esta perspectiva, tener peso "de más" es un error, no una circunstancia como cualquier otra. Es la consecuencia de una mala decisión tomada por quienes no son capaces de controlarse, de administrar sus impulsos y deseos. Es cosa de temperamentos débiles, pusilánimes, que no pueden separar el apetito de sus emociones (nadie lo hace: las emociones no son guantes que uno se quita para comer).

Parte del problema de esta perspectiva es que interpreta el sobrepeso como un asunto emocional e incluso moral, y no biológico y social, como indudablemente es. Solemos pensar que el sobrepeso es resultado de la (falta de) voluntad cuando, en realidad, en él interviene todo un conjunto de factores genéticos, metabólicos, económicos, ecológicos, culturales y hasta políticos.

Esta misma lógica nos ha hecho creer erróneamente que todas las personas con sobrepeso están enfermas y todas las personas con un peso "normal" son sanas. Esto es absolutamente falso. Hemos hecho una lectura equivocada y a rajatabla de las proporciones "adecuadas" del cuerpo y sus necesidades. Creemos ciegamente en indicadores como el índice de masa corporal (IMC), cuyos umbrales han sido muy criticados por ser arbitrarios, no considerar la interacción del cuerpo con el medio ambiente y no informar absolutamente nada sobre el estado de salud de las personas.

Esta misma lógica nos ha hecho creer erróneamente que todas las personas con sobrepeso están enfermas y todas las personas con un peso "normal" son sanas.

Lo mismo sucede con el índice metabólico basal (IMB), una medida que indica cuántas calorías se requieren para mantener al cuerpo con vida en una situación de reposo total. Es decir, un escenario que no es solo hipotético sino absolutamente irreal y a todas luces inútil para la vida diaria.

Pero el problema no son las mediciones, sino la interpretación y el uso que hacemos de ellas. Los indicadores solo describen relaciones donde uno quiere verlas. El pánico que despierta la posibilidad de la gordura es todo nuestro.

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El pánico que despierta la posibilidad de la gordura es todo nuestro.

En este contexto de ansiedades, compulsiones y obsesiones, los movimientos por la autoaceptación intentan que las personas desarrollen una conciencia crítica y alerta sobre cómo prácticamente todos los parámetros que definen nuestra identidad y la manera en que nos percibimos son externos y ajenos a nosotros. Nos controlan desde el discurso mediático o científico, las tallas de ropa o el tamaño de los asientos.

De algún modo, el mundo exterior grita que esos cuerpos están "mal", son despreciables. Los movimientos que promueven la aceptación y el amor propio solo buscan que no interioricemos esas categorías en nuestra manera de mirarnos frente al espejo.

Los puntos ciegos

En ese intento, puede ser verdad que ciertas lecturas del body positive han caído en faltas. Mencionaremos algunas de ellas pero, le adelanto: ninguna tiene que ver con hacer apología de la mala salud.

Las interpretaciones que sugieren que la propia mirada basta para sentirse aceptado en el mundo parecen excesivas. Esto equivale a pasar de un extremo que privilegia la mirada de los otros, a otro que cree ingenuamente en la autosuficiencia total. Somos seres sociales y, por definición, necesitamos del reconocimiento de los otros, así sean desconocidos. Es poco probable que, por más voluntad que tengamos, podamos sostenernos solos mientras el resto del mundo nos sugiere su desprecio de formas sutiles o abiertamente crueles. No basta cambiar la propia mirada; es necesario trabajar también en la de quienes nos ven y juzgan. El fat activism es mucho más enfático y frontal en este punto.

Por otra parte, los logros mayúsculos que el movimiento ha tenido al visibilizar cuerpos "silenciados" o devaluados han sido rápidamente incorporados al mismo sistema de consumo que estigmatiza estas anatomías. Ahora son el nicho de mercado de una industria que parece indecisa en cuanto a los cánones que desea transgredir.

Las campañas con modelos oversize recurren a mujeres hegemónicamente bellas, cuyas fotos también son retocadas para no mostrar marcas de celulitis o estrías. Las marcas de ropa de tallas grandes suelen ser más caras y menos diversas, haciendo parecer que son la única opción para estos cuerpos. La figura de los varones sigue estando muy ausente de este catálogo de imágenes de belleza alternativa. Entonces, ¿somos o no somos?

Los movimientos de autoafirmación no son perfectos y tienen puntos ciegos. Pero si algo no hacen es promover el sacrificio de la salud en aras de una estética particular.

Existen campañas mucho más realistas, sobre todo las feministas, pero no forman parte del flujo mainstream de imágenes que hoy por hoy construyen el mundo estético del body postive. En todo caso, las redes sociales han sido el instrumento por excelencia para compartir experiencias reales entre personas reales, creando auténticas redes de solidaridad y reconocimiento.

Finalmente, podemos cuestionar la ausencia de ciertos cuerpos en estos discursos, en particular, los de personas en pobreza y, en particular, la de ciertas comunidades étnico-raciales para las que el body positive es un fenómeno muy lejano. Se trata de personas que suelen estar excluidas de los medios de comunicación preferidos por estos movimientos, tienen problemas de salud e inseguridad alimentaria, carecen de acceso efectivo a servicios sanitarios, conviven con espacios públicos que inhiben la actividad física y, encima, son fuertemente culpabilizadas por la sociedad y los programas gubernamentales, que ejercen sobre ellas una influencia paternalista y autoritaria.

Las campañas con modelos 'oversize' recurren a mujeres hegemónicamente bellas, cuyas fotos también son retocadas para no mostrar marcas de celulitis o estrías.

Es decir, sí, los movimientos de autoafirmación no son perfectos y tienen puntos ciegos. Pero si algo no hacen es promover el sacrificio de la salud en aras de una estética particular. El body postive o el fat activismcombaten el desprecio, la humillación y el estigma del que son objeto las personas con sobrepeso. Buscan que las personas conectemos con nuestros cuerpos de formas amorosas, no dolidas o avergonzadas. El objetivo es que, desde un lugar de amor y respeto por nosotros mismos, busquemos la manera de querernos, de procurarnos experiencias que nos vinculen constructivamente con el mundo, no a través de vínculos ansiosos que nos pongan en riesgo de buscar soluciones desesperadas e irreales.

La premisa principal de los movimientos que tienen como columna vertebral el amor propio es el autocuidado. Jamás nadie encontrará que un movimiento que combate el autodesprecio recomiende seguir subiendo de peso, comer mal o no tener actividad física. Por el contrario, todos incitan a que las personas se cuiden más y mejor. La diferencia es que entienden que si las personas no se consideran valiosas, si no se quieren por quienes son aquí y ahora, y no por lo que puedan llegar a ser, no tendrán incentivos para cuidarse ni para proyectarse positivamente hacia el futuro.

Ningún tratamiento o terapia que consista en hacer sentir mal a quien necesita ayuda ha funcionado jamás. Ninguna medida que consista en menospreciar y humillar a otros ha logrado cambiar sus vidas favorablemente. La lógica del amor rudo (tough love) y la terapia de choque solo nos han dejado resentimiento y vergüenza.

El sobrepeso y la obesidad no solo son un problema de salud pública; son una experiencia de vida de personas con rostro, emociones e historia. Si de verdad nos preocupan tanto, debemos entender que el estigma daña la salud física y mental tanto o más que el sobrepeso. El problema no está en los movimientos que invitan a las personas a aceptarse. El problema está en una sociedad que piensa que quererse puede ser perverso.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.