EL BLOG
14/05/2018 5:00 AM CDT | Actualizado 14/05/2018 5:00 AM CDT

Los maestros y el secreto del mundo

Cortesía
Entre mis alumnos están los próximos constructores del mundo y por ello me debo a esta misión con todo lo que soy.

Tengo hambre de vida. Tengo urgencia por vivir. Tengo ganas de agradecer cada gesto de cualquiera que se entregue con devoción, con respeto, con alma. Tengo fuerza para luchar por mis sueños, por mis ideas, por mis amigos, por mis alumnos. Tengo deudas muy poderosas que sigo alimentando procurando mi entrega con todo lo que soy. Me siento bendecido porque puedo brindar mi talento a un mundo que lo necesita, que necesita ser contado de otra forma, que debe ser escuchado, comprendido y mejorado.

El mundo no son sus ciudades, ni sus muros, ni sus empresas, ni universidades, son los sueños de millones de seres que se esfuerzan por algo más que respirar, que necesitan el roce, la palabra amable, la emoción más elemental.

Formamos a jóvenes que seguirán construyendo este mundo. Por eso es un deber moral asumir tan sagrado proyecto de vida, instigándoles a explorar, a descubrir lo desconocido, a sentir el pulso de los acontecimientos como propios, a agradecer las fragancias más imperceptibles. El mundo es de quienes aman la vida. No hay más. Por eso el Amor debe entrar en las aulas donde enseñamos. Enseñamos conocimiento y lo hacemos con extraordinarios recursos. Pero las universidades y los centros de formación, que tanto invierten en innovadoras herramientas (pero que envejecerán tan rápido, porque las nuevas tecnologías ya son antiguas), donde deben hacer su mayor esfuerzo, su mayor entrega, es en el capital imprescindible, el humano.

Debemos formar a personas-arquitectos, a personas-eruditas, a personas-científicas, pero siempre humanas, sensibles, solidarias, irrenunciables a sus sueños de mejorar el mundo, capaces, críticas y comprometidas.

El mundo es de quienes aman la vida. No hay más. Por eso el Amor debe entrar en las aulas donde enseñamos.

El dinero no podrá comprar esta fascinación por el saber, por ampliar la mirada a todas las cosas. Daré todo cuanto soy por dejar aquí antes de mi partida, junto a los corazones plenos, todo lo que me hace amar la vida. Convertiré los deseos estériles de éxitos, reconocimientos o aplausos, junto con todas las riquezas, por sueños herejes al pensamiento único, que aspiren a todo con la mayor ambición (y la mayor naturalidad), a cambio del placer de abordar lo insignificante.

Quiero ser el que escuche, quiero ser el que llore en cada clase, de agradecimiento y amor. Así me brindo en la silente batalla de cada día. Cada día, un logro –me digo-. Ayudando a que cada uno de mis alumnos busque su verdad –como tan deliciosamente dice Nuccio Ordine-. Para ello ofrezco todo lo que amo, ofrezco mis ansias de respirar con fuerza, de cantar la belleza, de orar las gracias de la vida, invito a descubrir a los que tanta belleza entregaron al mundo, a los beligerantes con el sistema, a los que adoran los cielos. Amando lo que hago.

Tengo hambre de vida porque cada vez que me lanzo al descubierto con todas estas ideas, todos mis interlocutores, los jóvenes, dueños del mundo, aun sorprendidos, lo agradecen como el mayor de sus descubrimientos. Yo les digo que esta forma de vivir ya estaba en ellos antes de mi llegada y que solo les insto a sacarlo fuera. Este es el verdadero poder. Esta es la misión verdadera de toda escuela, colegio o universidad: recordar, rescatar y multiplicar nuestros súper-poderes. Siento la responsabilidad eterna, también, el placer de vivirla.

Formo a mentes libres, amantes de la vida y exigentes en la posición que deben afrontar, todas distintas, porque cada ser es único.

La ecuación es muy sencilla. Formo a mentes libres, amantes de la vida y exigentes en la posición que deben afrontar, todas distintas, porque cada ser es único. Cada uno de ellos, como una célula clandestina y decidida, asaltará los distintos puntos de un mundo dormido, sufriente, desgastado. Su misión es una por encima de todo: generar esperanza, propiciar proyectos que sirvan al mundo, alimentar la vida. Entre mis alumnos están los próximos constructores del mundo y por ello me debo a esta misión con todo lo que soy, sin escatimar en recursos, sin apreciar el desgaste, sin abandonar mis propios sueños. Al fin, mis sueños son los del mundo. Construir la vida, instante a instante, desde cada proyecto, cada compromiso, ha de servir a causas poderosas, porque eso es vivir.

Esta es mi decisión, como la de otros, otros muchos. A veces uno se siente Robinson perdido en una isla, pero no es así. Lo atestiguan las palabras emocionantes y agradecidas de estos jóvenes que ansían vivir con todo. Ahora lo sé. Siempre lo supe. Nada está perdido. Nada. Todo lo que tenemos frente a nosotros es un ingente esfuerzo de convivencia, pero también un fascinante mundo al que solo uno puede pertenecer, ese que se agradece con un poema rebelde que se agarra al pecho o aquel beso furtivo que aún perdura incorrupto en nosotros, eterno.

Tengo hambre de vida y quiero que lo sepáis todos. Sin miedo, sin prisa, voy camino de la soledad, del silencio de la cueva, pero antes, disfruto como si fuera el único ser capaz de darse cuenta del secreto del mundo. El secreto del mundo.

Paco Pérez Valencia es codirector del posgrado Espacio Efímero. ARQUINE – UPC. México, que se impartirá de septiembre de 2018 a junio de 2019. Puedes tener más información en posgrado@arquine.com // 55147012 ext. 107

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