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20/06/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 20/06/2018 6:00 AM CDT

El temor a convertirse en meme en un debate presidencial

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Los minutos previos a la elección de los participantes en el foro del debate fueron de mucho nerviosismo.

El pasado 20 de mayo recibí la agradable noticia de haber sido seleccionado para participar en el segundo debate presidencial. Tal y como me habían indicado acudí a la cita al hotel Hampton Inn, que se ubica en la delegación Mesa de Otay, en Tijuana.

El día transcurrió entre la formulación de preguntas, el acercamiento con los moderadores y la puesta en escena de las hipotéticas interrogantes a realizar para los aspirantes a ocupar la residencia de Los Pinos, los próximos 6 años. Lo primero que hay que destacar es la calidad humana de quienes conforman el Instituto Nacional Electoral. Me llevo la sensación de estar frente a un organismo cívico, ciudadano, plural y autónomo.

Los minutos previos a la elección de los participantes en el foro del debate fueron de mucho nerviosismo (el temor al meme atenazaba a todo el mundo) y es que si bien es buen primer intento de acercar a la ciudadanía a quienes aspiran a ejercer el poder, me parece que la presión reinante en el ambiente opacó las buenas intenciones del formato.

Crear un país democrático y próspero nos compete a todos y a todas, es absurdo delegar la responsabilidad de sacar adelante a un país en un solo hombre.

Lo pudimos constatar durante la formulación vaga y poco concisa de las preguntas, en un debate inédito donde se supone, la ciudadanía obtendría respuestas contundentes y precisas. Obtuvimos de nuevo mucha ambigüedad y poca claridad por parte de los candidatos, quienes, a continuación, dejaron muy en claro que el propósito del debate presidencial es, desde hace muchos años, la eterna búsqueda del aplauso fácil... sin tener en cuenta el bochorno internacional que hacemos como país cada vez que un político se lleva un micrófono a la boca.

Aun así, creo que lo más decepcionante fue atestiguar (durante la retransmisión del debate) cómo entre la clase política y los ciudadanos ahí presentes se celebran ese tipo de prácticas, les reímos las gracias y claro, les hacemos el trabajo más fácil. Si como ciudadanos toleramos e incluso festejamos la burla, el ataque simplón, la carencia de ideas, de propuestas y la ambigüedad ideológica por parte de los representantes de las principales formaciones políticas —en el que debería ser un foro que propicie la exposición nacional de estrategias gubernamentales y las maneras claras de ejecutarlas— estamos generando un terreno propicio para la aparición de políticos cada vez menos preparados y menos conscientes del cargo que ocupan.

Más allá de las teorías de conspiración que proliferan en las redes sociales en torno a las instituciones electorales, creo que no hay mejor manera de desengañarse que participar, observar y constatar que las democracias exitosas no las construyen, organizan, estimulan los gobiernos de turno o la oposición. Es una responsabilidad civil el acudir a las urnas, velar por la secrecía y libertad del voto y de esta manera llevar a buen puerto la decisión que tome la ciudadanía, respecto a la elección de sus representantes (federales o estatales según sea el caso) próxima a efectuarse este 1 de julio.

Estamos ante una barrera que, como mexicanos, no hemos logrado derribar, ni aun con la alternancia en el ejecutivo de principio de siglo, ni hoy. Crear un país democrático y próspero nos compete a todos y a todas, es absurdo delegar la responsabilidad de sacar adelante a un país en un solo hombre, o en una sola institución, en este caso. A medida que nuestra participación, interés y cuota de responsabilidad sean mayores estaremos más cercanos al cambio verdadero que pregonan algunos.

Cortesía
Es una responsabilidad civil el acudir a las urnas, velar por la secrecía y libertad del voto.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.