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29/01/2018 6:00 AM CST | Actualizado 29/01/2018 6:00 AM CST

El modelo económico: nuestro debate decimonónico en pleno siglo XXI

José Luis González / Reuters
El crecimiento económico es un proceso que se construye día con día y que se ve afectado por múltiples problemas que van mucho más allá del modelo seleccionado

Es verdaderamente sorprendente el tiempo dedicado en México a referirnos a elementos macro como el modelo económico cuando hablamos de política. En cambio, me parece preocupante el poco espacio en el debate público que recibe el análisis de la factibilidad de las propuestas de los candidatos para resolver los enormes problemas del país.

Ciertamente las políticas económicas y los modelos en los cuales se basan son muy relevantes en el desarrollo de las naciones, pero en el debate mexicano —a nivel de los candidatos presidenciales e inclusive de los analistas que comentan en medios— seguimos poniendo sobre la mesa si debemos continuar con este modelo "neoliberal" o regresar a uno más parecido al que funcionaba en los sesenta.

En realidad, el éxito de las políticas económicas depende estrechamente de los grupos de interés, de las relaciones de poder que ostenten y el tipo de instituciones que existen para constreñir el capitalismo clientelar. Sin importar lo que indique el libro de texto de teoría económica, las políticas públicas no modificarán las fallas de mercado si las obstaculizan los actores afectados. Tenemos que reconocer que el equilibrio político existente puede no ser independiente de la fallas de mercado; es más, muchas veces su poder y recursos dependen críticamente de ellas (Acemoglu y Robinson, 2013).

Sin importar lo que indique el libro de texto de teoría económica,​​​​​ las políticas públicas no modificarán las fallas de mercado si las obstaculizan los actores afectados.

La vasta literatura de ciencia política sobre las instituciones ha expuesto la idea de que estas funcionan como las reglas del juego al encauzar el comportamiento de los grupos de interés estructurando así las interacciones sociales (Knight, 1992; North, 1981; 1994). En ausencia de instituciones sólidas, el gobierno o los grupos de poder podrán tomar decisiones de manera discrecional, incrementando la incertidumbre y el riesgo para los ciudadanos (Acemoglu, Johnson y Robinson, 2005).

La arbitrariedad de este tipo de decisiones políticas sucedía en las épocas del desarrollo estabilizador, cuando se reprimían las protestas de los sindicatos inconformes. También pasaba cuando por la crisis de deuda se expropiaba toda la banca del país al amparo del aplauso enajenado de los congresistas. O inclusive cuando el "virrey" de la actual administración nos decía que la reforma fiscal solo tenía fines recaudatorios y no de control político de los recursos.

La discrecionalidad de las políticas no está casada con un modelo económico, ni respeta colores de partido en el gobierno. Obedece a incentivos, y estos se modifican con instituciones correctas.

El crecimiento económico es un proceso que se construye día con día y que se ve afectado por múltiples problemas que van mucho más allá del modelo seleccionado. La inseguridad que encarece los costos de las plantas manufactureras, el desfase entre las habilidades que demanda el mundo laboral y las que enseñan nuestras instituciones educativas, la falta de infraestructura física adecuada o el exceso de trámites que enfrentan todos los que quieren abrir negocios, merman a diario la productividad total de los factores y ulteriormente la tasa de crecimiento del PIB. Todos estos problemas no tienen que ver directamente con un modelo económico en particular, sino con instituciones inadecuadas para facilitar la actividad económica.

Los políticos no rinden cuentas porque carecemos de instituciones fuertes que los obliguen a cumplir las leyes.

Peor aún, no cabe duda que se agrava la situación si los recursos públicos son usados de manera corrupta, autoritaria o discrecional por los gobiernos del país. Sin embargo, es necesario resaltar que este es un problema de diseño institucional y de la ausencia de rendición de cuentas de nuestras autoridades que repercute en bajo crecimiento económico (Acemoglu y Robinson, 2012).

Los políticos no rinden cuentas porque carecemos de instituciones fuertes que los obliguen a cumplir las leyes. Y no estaremos más cerca de construirlas si seguimos pensando solo en los grandes cambios, creyendo que la "perfidia" de aquellos técnicos —que nos vendieron que sus decisiones no se veían afectadas por presiones políticas— puede modificarse cuando venga el salvador a corregir todo por sí solo, o añorando que las "reformas estructurales" finalmente nos encaminen al desarrollo.

Un crecimiento económico sostenido (y mayor al que tenemos) se puede conseguir si pensamos en cómo empoderar al ciudadano para corregir los problemas que lo aquejan a diario, en lugar de discutir si el siguiente gobierno debe continuar el modelo económico del Consenso de Washington o cambiarlo por el de sustitución de importaciones. No nos quedemos atrapados en debates decimonónicos y mejor pensemos en lo que se requiere para el siglo XXI.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.