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05/03/2018 6:00 AM CST | Actualizado 05/03/2018 6:00 AM CST

Capitalismo de Estado: Sirve en China, no en México

Mario Valdes / Reuters
El gobierno del presidente Peña Nieto fue laureado por propios y extraños por la ambiciosa agenda de reformas que logró pasar por el Congreso en 2013. No obstante, en el conjunto de reformas aprobadas se podían leer vicios asociados a una restauración del poder centralizado más que un plan de desarrollo.

"México no crece porque no tiene plan" me comentó hace algunos años el economista chino Chang-Tai Hsieh en Chicago. "Pese a tener mucho más corrupción que México, China crece mucho más". Y es cierto, el crecimiento promedio de China desde que entró al poder Deng Xiapoing en 1978 ha sido de 10% anual. Pero tal como apuntaba el mismo profesor de la Universidad de Chicago, esto no sucede porque China haya creado las instituciones 'inclusivas' de las que hablan Daron Acemoglu y Jim Robinson en Why Nations Fail –esas que faciliten el desarrollo empresarial y fortalecen la democracia– sino porque todo el aparato del Estado chino está volcado a cumplir un objetivo de crecimiento económico, aún si esto genera una enorme corrupción (Bai, Hsieh y Song, 2014 preliminar).

Precisamente, una revisión de las carreras políticas de figuras como el actual premier Xi Jinping, evidencia cómo el ascenso político se debe en buena medida a ser un gran 'facilitador' de los negocios, ya que se busca crecimiento económico que permita un mayor consumo y, a través de este, se compre tiempo al régimen para no tener que otorgar las libertades que usualmente vienen con los sistemas democráticos.

Los resultados del capitalismo de Estado chino no son replicables en otros lados. El férreo control político de la economía en la mayoría de las ocasiones acaba teniendo resultados desastrosos. El comunismo soviético fracasó, Cuba nunca pudo despegar, e inclusive las versiones socialistas recientes de América Latina no han entregado los resultados que su populismo prometió. En el mejor de los casos, solo anquilosaron a personas en el Ejecutivo. En el peor, derivaron represión en las calles o políticos destituidos o en la cárcel.

Los resultados del capitalismo de Estado chino no son replicables en otros lados.

Así como los dirigentes de estas naciones, los recientes gobiernos mexicanos prometían el anhelado crecimiento económico a través de unas 'reformas estructurales', cuando en esencia lo que México necesita es una estructura política y regulatoria conducente al desarrollo (Rubio, 2017). Ciertamente, liberalizar la economía es importante, pero si falta el Estado de Derecho es difícil llegar muy lejos (Ríos y Wood, 2018).

El gobierno del presidente Peña Nieto fue laureado por propios y extraños precisamente por la ambiciosa agenda de reformas que logró pasar por el Congreso en 2013; esa que aprobó una reforma educativa que evaluaría a los maestros y otra que finalmente liberalizó el sector energético tras décadas de monopolio estatal. No obstante, en el conjunto de reformas aprobadas se podían leer vicios asociados a una restauración del poder centralizado (del viejo sistema priista) más que un plan de desarrollo (Rubio, 2013). La reforma educativa era una reforma de control del presupuesto del magisterio; la reforma en telecomunicaciones buscaba atacar a Carlos Slim; la reforma fiscal no ampliaba la base gravable sino aumentaba impuestos a los de siempre para pagar los compromisos de campaña de Peña, además de fortalecer el poder de Videgaray; hasta la buena reforma energética creaba un fondo mexicano del petróleo más parecida a la caja chica de SHCP que al petoro noruego[1]. Como escribía Luis Rubio y la gente de CIDAC en 2013, se trataba de un ánimo restaurador más que transformador, uno de control político centralizado y no de desarrollo económico.

La aplicación de las leyes sigue siendo discrecional y mientras esto no cambie, el país no irá a ningún lado por más cosas que prometen los candidatos.

El 'milagro mexicano' del desarrollo estabilizador de los 50 y 60, que intentaron revivir en la actual administración, se dio en un contexto irrepetible de centralización del poder. Un control político que aprovechó el entorno de crecimiento económico mundial producto de la posguerra favoreciendo altos rendimientos del capital nacional dentro de un marco de autarquía y poder monopólico. Cuando no hay nada y eres el único vendedor, claramente vas a crecer.

Pero el modelo se agotó por su ineficiencia, terminando con estrepitosas crisis económicas y forzando un cambio de modelo político-económico que nunca ha podido consolidarse. La democracia mexicana difundió la corrupción priista a través de todos sus partidos, que mimetizaron esas prácticas autoritarias en la selección de candidatos, en la manera de hacer campaña, en el uso faccioso de las instituciones del Estado, en el capricho del líder indiscutible en turno. Esa misma discrecionalidad que alimenta nuestro capitalismo clientelar, genera incertidumbre a los consumidores e inversionistas impidiendo que realmente haya una economía competitiva de mercado en México. La aplicación de las leyes sigue siendo discrecional y mientras esto no cambie, el país no irá a ningún lado por más cosas que prometen los candidatos.

La bibliografía sobre la relación entre democracia y crecimiento económico es extensa y aunque muchas veces depende del periodo estudiado y la manera en la que se miden las variables, evidencia reciente sugiere que en el largo plazo, el cambio de los regímenes autocráticos a los democráticos incentiva el crecimiento económico (Acemoglu et al., 2014).

La próxima vez que el gobierno decida utilizar los órganos de procuración de justicia del Estado contra un candidato rival como propaganda electoral para preservar el poder hay que pensar en los efectos que esto puede tener sobre el desarrollo económico. No vaya a ser que el intento de revivir el ancien régime nos deje un capitalismo de Estado tan autoritario como el chino, pero con los resultados venezolanos en México.


[1]El petoro noruego es su fondo soberano de pensiones derivado de los excedentes petroleros.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.