EL BLOG
29/12/2017 9:00 AM CST | Actualizado 29/12/2017 1:35 PM CST

Lo que he aprendido tras pasar un año sin comprar nada

Así es, un año entero sin ir de compras.

Cuando se lo cuento a la gente, tengo que enfatizar cada detalle: sí, en 2017 no me he comprado nada, ni ropa, ni zapatos, ni tenis, ni accesorios ni nada que pueda llevar en el cuerpo.

Martina Regan

Tomé la decisión tras ver un documental de gente que había decidido adoptar un estilo de vida minimalista. Los derroches de dinero y la necesidad de comprar cosas constantemente forman parte de la vida moderna, de nosotros. Lo nuevo es mejor, lo necesitamos, lo merecemos, lo queremos, lo adquirimos.

En diciembre de 2016 tomé una decisión, asumí un desafío. Los retos no son novedad para mí ya que estoy acostumbrada a desafiar a mi cuerpo a diario. Me entreno, me desafío, lo logro. Los retos físicos son para mí tan frecuentes que asumo uno cada semana o cada mes. Cuando soy incapaz de hacer algo, soy tan pertinaz que lo intento hasta que lo domino, por mucho que tarde. No voy a detallar la historia de cómo aprendí a hacer el parado de manos; solo diré que tras seis meses de entrenamiento diario y lágrimas, lo logré.

Este desafío me ha cambiado la vida, y no poco. ¿Cómo iba a ser si no, si tuve que dejar de ir de compras?

Verán, desde el entusiasmo inicial del "ok, va, vamos a intentarlo", pasando por la fase central del desafío, en la que me sentía otra persona deseando, deseando y deseando comprar cosas, pasando también por un punto en el que perdí la avidez e incluso las ganas de entrar a las tiendas, he llegado a un estado de calma absoluta. Ahí está lo que tengo y llevaré puesto lo que tenga.

No me malinterpretes: tras 12 meses, aún tengo demasiadas cosas. A lo largo del año, la gente me ha dicho: "Aún no te he visto repetir ropa", pero después de un año sin comprar ni desear nada nuevo, he logrado conocerme mejor.

Puede parecer ridículo, pero antes gran parte de mi felicidad dependía del consumismo, de comprar nueva ropa, nuevos zapatos, nuevo... cualquier cosa nueva. "Mira qué vestido, qué botas, qué bolso... Si me lo compro estaré mejor, más feliz y todo será perfecto". Pero, una vez eliminado el acceso directo a esos efímeros subidones y esa realidad distorsionada en la que vinculaba esos sentimientos a los bienes materiales, por fin empecé a mantener una conversación nueva y seria conmigo misma.

Cortesía

Jamás me di cuenta de la cantidad de tiempo que rondaban por mi mente las cosas nuevas, la ropa y las ganas de más. Además, teniendo en cuenta que no compro nada por Internet, nos podemos imaginar el tiempo que habría que añadir a la ecuación si lo hiciera. La verdadera transición empezó en julio. Superé el problema y llegué a un punto en el que las ansias de comprar cosas nuevas desaparecieron por completo. Como si fuera una adicción superada, la sed o el hambre de más se habían esfumado. Había llegado a un punto nuevo para mí. Aunque me mantuve serena al principio, mi mente se abrió y empecé a mantener varias conversaciones serias conmigo misma.

Jamás me di cuenta de la cantidad de tiempo que rondaban por mi mente las cosas nuevas, la ropa y las ganas de más.

¿Qué es lo que quiero para mi vida? ¿Qué estoy haciendo? ¿Quién soy? ¿Qué gran plan me depara el futuro? Fue una conversación con mi amigo Gavan la que me abrió los ojos y me desafió a hacer varias cosas en 2017 que me resultaban aterradoras. No me refiero a retos físicos, sino mentales.

De modo que lo pensé y me di cuenta de que era lo que necesitaba. El espacio que dejó en mi mente la falta de preocupaciones por las ansias (ansias de un nuevo vestido para una ocasión especial, de un nuevo par de tenis porque los otros nueve pares ya cansan, un nuevo par de pendientes porque es martes y estás triste...) estuvo a punto de dejarme muy vulnerable y en posición de formularme las preguntas más duras. No fue fácil.

Lisa Regan

He afrontado un montón de miedos este año simplemente abriendo la mente. No podía seguir evitando el problema. Y ahora ya no tenía bolsos o vestidos tras los que ocultarme y rellenar el nuevo vacío de mi mente. Ya era suficiente. Este año he hecho cosas que me daban miedo, como invitar a salir a dos hombres (me aterroriza y es, sin duda, lo que más me cuesta hacer), abrirme a la posibilidad del rechazo, y eso sin poder contar con unas nuevos tenis de consolación cuando uno de esos dos hombres me rechazó.

Como si fuera una adicción superada, la sed o el hambre de más se habían esfumado. Había llegado a un punto nuevo para mí.

Empecé a darme cuenta de que hablar y exponer tus preocupaciones es una herramienta poderosa, de modo que, desde hace unos meses, hago justo eso cada lunes con mi asesor psicológico, porque es bueno empezar la semana llorando... pienso yo. O para al menos sincerarme. Me he preocupado tanto por mi salud física que nunca me he parado a pensar cómo estaba mi mente, que es, al fin y al cabo, con lo que voy a vivir toda la vida. He afrontado y superado muchísimos desafíos físicos dando el 100%, pero han sido estos retos personales y mentales los que de verdad me han calado hondo y me han hecho reflexionar.

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Ya estamos a finales de 2017, estoy acabando el año en el hemisferio sur y voy a emprender un viaje de tres semanas en solitario. No me ronda la mente ninguna otra sensación aparte de una absoluta calma. ¿Las maletas? Claro que están listas, aunque en realidad no necesito llevar nada. Sin prisas, sin carreras frenéticas en busca de trastos que nunca voy a utilizar. Llevaré lo que tenga y tendré lo que lleve.

La felicidad que aportan las compras es tan efímera que solo dura 7 segundos en su punto máximo.

Al leer esto, muchos seguro se han preguntado: "¿Y ahorraste mucho dinero?". Por supuesto, pero no tengo ni idea de cuánto ni me importa. Lo que me interesa transmitir es la importancia de calmar esas ansias de ir de compras y ese consumismo que invade todas las facetas de nuestra vida. Visto en perspectiva, no se puede buscar la felicidad a largo plazo en los bienes materiales, y eso es un hecho. La felicidad que aporta es tan efímera que, independientemente de la magnitud de la compra, solo dura 7 segundos en su punto máximo, según descubrió el último estudio que hicieron sobre este tema.

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Como seres humanos que somos, todos buscamos la felicidad. La buscamos en las otras personas, en las cosas materiales y, con suerte, en nuestro interior. Observamos las apariencias, nos fijamos en las redes sociales y en las personas que vemos y pensamos que las conocemos, que todo les marcha bien, y luego nos miramos a nosotros mismos y pensamos: "Joder, a ver si consigo poner en orden mi vida". Desde mi punto de vista, todo el mundo tiene sus problemas, todo el mundo anda buscando su camino, juntándose con otras personas que puedan ir en su mismo equipo, ya sea como jugadores estrella o como reservas a la espera de su oportunidad.

"¿Por qué quiero esto realmente?". Puede que simplemente estés intentando distraerte de un problema de fondo que no te deja avanzar.

A lo largo de este año, mucha gente me ha dicho que mi renuncia a ir de compras les ha inspirado, pero espero haber logrado algo más que eso. Que tomen medidas y que piensen en sí mismos y en sus verdaderas necesidades antes de comprar algo. Que piensen y valoren, y quizás ese deseo se esfume tras un par de días. Que se hagan a sí mismos preguntas complicadas como: "¿Por qué quiero esto realmente?". Puede que simplemente estés intentando distraerte de un problema de fondo que no te deja avanzar.

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Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco para 'El HuffPost' y ha sido editado.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.