VOCES
11/09/2018 6:00 AM CDT

Decidí ser madre de alquiler sin saber que me rompería el corazón

doble-d via Getty Images
A los 22 años di a luz por medio de la subrogación tradicional, es decir, usé mi óvulo para concebir con la intención de tener un bebé para que lo criara otra persona.

Después de 48 horas extenuantes de labor de parto, el primer hijo al que di a luz salió de mi cuerpo y fue puesto en los brazos de su padre.

Mientras escuché el sonido de su primer llanto mi corazón se emocionó y se destruyó. Apenas a los 22 años di a luz como una madre de alquiler de subrogación tradicional, es decir, usando mi óvulo para concebir con la intención de que otra persona cuidara al bebé. La subrogación tradicional es menos común que la subrogación gestacional, que implica que la madre de alquiler lleve un bebé que no está genéticamente relacionado con ella. Esto sobre todo por las complejidades legales y emocionales que involucran a la subrogación tradicional.

Pero ese día dos hombres se convirtieron en padres, llenos de emoción por darle la bienvenida a su nueva hija y la aventura que se avecinaba. Me convertí en una especie de mamá: una madre de nacimiento (no como en una adopción, ni como una madre "real" criando a su hija).

En mis primeros veintes tenía un enorme instinto maternal y muchas ganas de embarazarme. Sabía que no estaba lista para ser madre, pues seguía en la universidad y trabajaba medio tiempo como niñera. Después de tarde vi una noticia sobre la subrogación, le dije a quien entonces era mi pareja: "Quiero hacer eso".

A pesar de que ella me pidió que lo considerara hasta que tuviéramos nuestros propios hijos, puse un anuncio en una web de subrogación para encontrar una pareja que me quisiera para tener a su hijo. Dado que soy lesbiana, quería brindarle la posibilidad de la paternidad a una pareja del mismo sexo, y a los pocos días supe de una pareja gay que vivía a tres horas. Intercambiamos un aluvión de emails, hablamos horas por teléfono, nos conocimos en persona semanas después y, en dos meses, estaba embarazada con su hija, mi hija biológica.

Me convertí en una especie de mamá: una madre de nacimiento.

Nueve meses después, Natalie* nació en un día lluvioso de diciembre. Mientras que los nuevos papás fueron del hospital a su casa con la bebé en una carriola, yo conduje a mi casa con los brazos vacíos y el corazón roto.

La mayoría de las agencias de subrogación solo trabajan con mujeres que ya han completado su familia o (como mínimo) que ya tienen un hijo propio. Pero como yo trabajaba de manera "independiente" (es decir, sin una agencia intermediaria), pude deshacerme de esa convención y hacer de madre de alquiler antes de ser madre para mí.

Mientras lidiaba con la montaña rusa emocional de despedirme de mi bebé recién nacida, me di cuenta de por qué los expertos recomiendan que las mujeres sin hijos no sean madres de alquiler. No solo hay riesgos reproductivos, sino que me era imposible saber que me ocurriría exactamente en el embarazo y lo que perdería tras el parto, pues no conocía la maternidad.

Durante la angustia que siguió al nacimiento de Natalie, entré en a foros de internet para buscar consejos y camaradería de otras madres de alquiler. Gracias a los fotos encontré a un pequeño grupo de mujeres que compartían mi experiencia y sentimientos, la mayoría de las cuales ya habían tenido hijos, pero aún así luchaban con el sentimiento de pérdida tras el nacimiento de sus bebés subrogados.

Desafiando a la razón, volví a ser madre subrogada, dando a luz tan solo 15 meses después a una bebé saludable. Cualquier terapeuta te diría que estaba recreando el trauma para obtener cierto sentido de control de la situación en esta segunda vez.

Cuando Daisy* nació, la pusieron en mi pecho y conté los diez dedos de sus manos y los 10 dedos de los pies, besé su suave cabello rubio y susurré "Te amo" en su oído, mientras ella se aferraba a mi dedo meñique. Entonces la puse en los brazos de su madre (su "madre destino", en la lengua de la subrogación), quien la criaría y amaría cada día.

Mi segunda subrogación fue una experiencia más positiva que la primera (a diferencia de la anterior, me sentí menos como el medio para un fin. Rápidamente la pareja para la que tuve el bebé se había convertido en mi familia elegida, pero aún así despedirme de una bebé que había creado y cargado por nueve meses fue descorazonador.

Con la ayuda de un buen terapeuta finalmente me permití llorar por la pérdida de las dos bebés. Ya no era esa chica ingenua que pensaba que unas cuantas fotos de las bebés calmarían los sentimientos maternales por las niñas que había llevado dentro y amado.

Poco después del parto terminó mi relación con mi compañera, y empecé a darme cuenta de lo mucho que me había cambiado la subrogación. Y no era solo por las estrías que ahora adornaban mi cuerpo, los recordatorios físicos de lo que había pasado para que otros tuvieran hijos.

La subrogación cambió mi forma de amar, me volví más cuidadosa con mi corazón. Cambió la forma en la que veo a las madres y sus bebés. En ocasiones me venían celos mientra veía a las madres jugando con sus hijos en el parque, mientras yo era la niñera de otros niños. Y aunque había saciado mi deseo de experimentar el embarazo, no terminó mi instinto maternal, solo creció.

La subrogación cambió mi forma de amar, me volví más cuidadosa con mi corazón.

Casi una década después di a luz a mi primera hija, otra niña, en esta ocasión para ser madre soltera por decisión. Mi hija Evelyn (significa "deseo de una hija") nació en la comodidad de nuestra casa, rodeada de la energía tranquila de las parteras y la gente más cercana. Escuchar el llanto de mi hija (el sonido de una bebé a la que amaría y cuidaría cada día) me abrió el corazón, derribando las barreras que le había construido tantos años antes.

La primera vez que me senté en una poltrona acunando a mi hija recién nacida y cantándoles una canción, se me escaparon de los ojos lágrimas largas y calientes. Mi llanto silencioso se transformó en sollozos profundos, guturales y sanadores. Las lágrimas eran mi liberación (una manifestación física de los sentimientos de pérdida que había sufrido tantos años. Mientras empapaba la cabecita de mi hija, lloré por todo lo que había perdido cuando di a luz una década antes en la subrogación tradicional.

No todo el impacto de la subrogación ha sido negativo. Quizás apreció la presencia de mi hija en mi vida más que si no hubiera sido madre de alquiler. Estoy agradecida por todos los momentos que paso con ella (los abrazos, los conciertos escolares, las historias antes de dormir y, sí, las noches sin dormir). Las mujeres que conocí hace 10 años en los foros de subrogación siguen siendo mis amigas, unidas por el dolor de nuestras experiencias compartidas. Esas mujeres estuvieron entre las primeras en saber que estaba embarazada de Evelyn; una de ellas me hizo ropa, pañales y sombreros. "Serás una excelente madre" , garabateó en una nota que añadió al paquete.

Las chicas a las que di a luz como madre de alquiler ahora tienen 14 y 13 años, y viven felizmente con sus familias. No me cabe duda que ambas están exactamente donde deberían y que son amadas y atesoradas más allá de cualquier medida.

Con algo de tiempo, distancia y la experiencia de ser madre, ahora soy capaz de ver con más claridad que la subrogación puede ser hermosa, especialmente para las familias que no podrían tener un hijo de otro modo. Es el amor lo que hace a la familia, la biología en lo menos importante en la maternidad.

Aún así, aunque nunca haya cuidado a Natalie o cambiado los pañales de Daisy a mitad de la noche, e lo más hondo de mi corazón las quiero como haría cualquier madre: con todo mi ser.

*Algunos nombres en esta historia han sido cambiados.

Este blog apareció originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos, ha sido editado y fue traducido por Víctor Santana.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.