EL BLOG
06/03/2018 10:00 AM CST | Actualizado 06/03/2018 3:22 PM CST

Por qué las mujeres no denuncian agresiones sexuales

martin-dm via Getty Images

Shari** salió de su casa, como todos los días, con la prisa de la Ciudad de México puesta en cada pie. Recorrió las calles que sus zapatos sabían de memoria. Llegó al metro. Bajó casi corriendo las escaleras. Tuvo suerte –eso creía-, el convoy estaba detenido. Alcanzó a subirse. Sintió los empujones. La masa humana confundida levantaba ligeramente la cabeza para respirar mejor. Muchas manos trataban de asirse a los tubos y agarraderas.

El tren empezó su marcha. No había manera de buscar en la bolsa el celular para ver la hora. ¿Cuántos minutos llevaré de retraso?, se preguntaba. Era 8 de marzo y había que llegar a la ceremonia conmemorativa del Día Internacional de la Mujer. En su trabajo le daban mucha importancia a esa fecha. Quería escuchar los discursos. Había ayudado con algunas ideas a armar uno de ellos. Todo transcurría en absoluta normalidad, cuando de pronto sintió una mano que le tocaba el cuerpo, justo entre las piernas.

Comenzó a gritar y a usar la bolsa como arma de alto impacto. Por suerte, encontró solidaridad entre algunos compañeros ocasionales de viaje y al llegar a la estación, el agresor estaba detenido, inutilizado. Llegó pronto la policía. Ahí estaban frente a frente el agresor y la ofendida. Él no pidió una disculpa y en su rostro no se asomó ninguna señal de arrepentimiento. El policía le preguntó a ella: ¿quiere denunciar? "Sí, por supuesto", respondió segura. ¡Qué mejor acción del Día de la Mujer que denunciar las conductas ofensivas y poner en movimiento a las instituciones!

Llegaron a la agencia. El agresor seguía a la vista. Después de algunos minutos un abogado desde el escritorio la llamó. ¡Ya era su turno! Comenzó a narrar lo sucedido con enojo y a señalar al agresor. La primera pregunta que le hicieron fue: "¿Está segura de que quiere denunciar?" "Sí", contestó ella. "¿Sabe que puede perder todo el día?" "Sí", volvió a responder, sin un atisbo de duda. (Ya no llegué al trabajo y ya me perdí los discursos del Día de la Mujer, se lamentaba.)

Después de media hora volvieron a llamarla. "Va a pasar con la psicóloga", le dijeron. "¿Con la psicóloga? ¡Si yo soy la víctima!". "Es el protocolo", le respondieron. La psicóloga -con rostro de hartazgo burocrático- comenzó a preguntar. Nombre: Shari Gómez. Edad: 35 años. Ocupación: abogada especialista en Derechos Humanos. Lugar de nacimiento: el Grullo, Jalisco. ¿Edad a la que inició su vida sexual? No voy a responder porque no viene al caso. No es relevante para la conducta que estoy denunciando. -Es necesario que conteste-, le dijo ella. Es parte del protocolo. ¿Qué protocolo es ese? ¿Quién lo emitió? ¿Me lo puede mostrar? ¿Lo puedo leer? El protocolo es una guía para nosotros, no para quien denuncia. ¿Quiere continuar? Porque podría irse ya tranquila a su casa. No. No me voy a ir tranquila. Estoy molesta. Aquel hombre, -todavía estaba a la vista junto al policía- me agredió en lo más íntimo y quiero denunciar. –Bueno, continuemos-. ¿Cuántas parejas estables ha tenido? ¡Y eso qué tiene que ver! No voy a responder. No es relevante. -Le digo que lo que es relevante lo determinamos nosotros-. Y continuó el incómodo e intimidante interrogatorio: ¿Ha tenido relaciones sexuales con desconocidos? No voy a responder, ¡me niego! –pues entonces no va a haber denuncia porque este es el interrogatorio previo.

Sintió el impuso de salir corriendo pero recordaba la agresión y se decía: tengo que seguir.

¿Qué estoy haciendo aquí? - se preguntó Shari. ¡Ahora soy víctima de violencia institucional! Pasaban los minutos con aire de eternidad y solo veía cómo el agresor platicaba y saludaba a todos como si fuera cliente frecuente. ¡Pero qué hago aquí! ¡Soy una tonta!

Sintió el impuso de salir corriendo pero recordaba la agresión y se decía: tengo que seguir. Las cosas no cambian porque desistimos a las primeras de cambio. Soy abogada, estudio temas de género y mi experiencia puede ser útil para otras mujeres. No lo voy a hacer solo por mí, sino por ellas. ¡Tengo que aguantar!

Después de horas sin comer y sin encontrar ningún hombro solidario terminó el martirio. Salió de la agencia mucho más enojada de como llegó, con más impotencia, con más rabia. Con la pregunta recurrente de si había hecho lo correcto. Solo tenía una certeza. No va a pasar nada y no valió la pena. No va a haber castigo y yo me siento sucia, culpable, aniquilada.

El rostro del tipo reaparecía una y otra vez. En la pesadilla se transformaba en monstruo.

Una compañera del trabajo por fin la apapachó e intentó consolarla. Le dijo que tuviera confianza en que su experiencia iba a servir para corregir las cosas en la Procuraduría: tenemos acceso al procurador, tal vez no esté enterado de lo que sucede abajo. Shari movía la cabeza negando. ¡Ahí muere! Que pare ya la tortura. ¡No puedo seguir con esto!

Se fue a su casa, intentó dormir, pero las sensaciones y las imágenes de lo vivido ese 8 de marzo no la dejaban. El rostro del tipo reaparecía una y otra vez. En la pesadilla se transformaba en monstruo. Amaneció, y con las fuerzas del nuevo día se puso zapatos diferentes para ir al trabajo. Decidió tomar un taxi. No estaba preparada para retomar la vida en el metro. De repente sentía su cabeza como hueca, como si los pensamientos se hubieran ido. Veía pasar la sucesión de edificios sin poder concentrarse en nada.

Llegó a la oficina y la red de apoyo operó de inmediato para que recuperara la confianza y tuviera la fuerza para ir a contar la historia a su jefa, quien todavía traía la satisfacción en el rostro por el impacto de los discursos pronunciados el día anterior. Comenzaron las llamadas para intentar transformar las cosas desde arriba. Siempre parece más fácil, pero no hubo éxito. ¡Hay que confiar en las instituciones! Quedaba todavía la instancia de la Comisión de Derechos Humanos. Hay que presentar una queja para que revisen el actuar de los ministerios públicos en casos como este. Shari ya no fue sola. La acompañaron dos abogadas especialistas en género y derechos humanos.

Se van a cumplir dos años de la agresión y la queja no caminó. Quedó archivada en algún lugar del edificio de Los Viveros. En tanto, Shari, ante cada nuevo caso del que tiene conocimiento, aconseja: no denuncies, no sirve de nada y la vas a pasar muy mal.

** La autora usó otro nombre para la protagonista de esta historia.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.