EL BLOG
02/04/2018 8:10 AM CDT | Actualizado 02/04/2018 9:22 AM CDT

Qué significa la muerte de Efraín Ríos Montt

Jorge López / Reuters
Efraín Rios Montt el 2 de mayo de 2013.

Domingo de resurrección, nos encuentra una noticia lapidaria: Efraín Ríos Montt ha muerto. Dejó este plano de la existencia a la edad de 91 años. Murió de viejo y enfermo, no le mataron como a miles de personas que perdieron la vida a manos del Ejército de Guatemala bajo sus ordenes como Jefe de Estado -golpista- entre 1982 y 1983.

Las redes sociales se han inundado de comentarios sobre el hecho. Sus detractores celebran y le desean todos los infiernos. Sus defensores lamentan el fallecimiento y le desean la paz eterna. Personalmente no comulgo con ninguno de estos discursos. Recibo la noticia y por supuesto me impacta, me toma algunas horas asimilarla. La verdad contundente que me invade es que con Ríos Montt -y su muerte- no empieza ni termina nada. Sin embargo, significa mucho para Guatemala y el mundo.

La forma y el momento en el que Ríos Montt muere significa impunidad -recuerda casos como el del dictador chileno Augusto Pinochet-. Él fue enjuiciado y encontrado culpable por el delito de genocidio contra el pueblo Ixil. Pero el uso malicioso de la ley impidió que se consumara la sentencia, el proceso legal quedó truncado hasta la fecha. La obstrucción de la justicia ha sido una agenda de los grupos económicos y militares en Guatemala, quienes tienen claro que después de esta condena se abrirían múltiples otras investigaciones que apuntarían a su responsabilidad en la participación de estos y otros atroces crímenes de lesa humanidad.

Jorge López / Reuters
Ríos Montt fue enjuiciado y encontrado culpable por el delito de genocidio contra el pueblo Ixil.

Algunas personas tratamos de encontrar sentido de justicia -al menos simbólica- en el hecho de que tuvo que escuchar de viva voz el testimonio de las y los sobrevivientes durante el juicio. Suponemos que tuvo que llevarlos en su conciencia, aun en la demencia senil que dicen le acompañó sus últimos días. Pero esto quizá no fue posible, porque conmoverse con el dolor del otro implica empatía. La empatía implica reconocer al otro como semejante, y eso fue precisamente lo que en este caso no existió.

No celebro ni me duelo de la muerte del genocida, pero sé que significa continuidad, y eso es lo que verdaderamente me preocupa. Quienes buscaron detener la sentencia, esperaran que esto signifique el fin de los procesos de búsqueda de justicia. Es decir, sellar el pacto de impunidad. Ese mismo que en la Guatemala contemporánea ha transmutado en el pacto de corrupción. Y es que sí, son los mismos. Los que empuñaron armas contra el pueblo guatemalteco, violaron mujeres y cortaron sus vientres para arrancarles criaturas no nacidas, son los mismos que en tiempos de paz y democracia han saqueado los recursos del Estado dejándonos sin salud y educación, entre otros derechos fundamentales. El caso paradigmático, paradójico también, es el de Otto Pérez Molina. Militar electo como presidente por vías democráticas, hoy encarcelado por su responsabilidad en un gigantesco y prolongado fraude aduanero, participó como ejecutor directo de masacres durante la guerra. Hay muchos más como él.

Algunas personas tratamos de encontrar sentido de justicia -al menos simbólica- en el hecho de que tuvo que escuchar de viva voz el testimonio de las y los sobrevivientes durante el juicio.

Por otra parte, recuerdo también que Ríos Montt no es un monstruo salido de ficción. En todo caso es el arquetipo del racismo, militarismo, conservadurismo, anticomunismo y autoritarismo latinoamericano. Es decir, murió, pero muchos otros como él siguen aquí y aún tienen poder. Más grave aún es que encontró argumentos para justificar su actuación. Nunca creyó haber hecho mal, según él solo fue un "buen cristiano" que defendió a la sociedad y al país del comunismo.

Creo que el mayor acto de injusticia perpetrado no solo por los paladines de la impunidad y corrupción es la negación. La sociedad guatemalteca continúa polarizada, antes y después de la muerte de Ríos Montt, entre los que afirmamos que sí hubo GENOCIDIO y los que niegan que este haya ocurrido. Las posiciones negacionistas lo que hacen es justificar a los perpetradores, desconocer a las víctimas y sobrevivientes, y en última instancia negarles condición y dignidad humana. Eso es lo que más me atemoriza. No se trata de simples diferencias de opinión, en esos argumentos subyace la semilla de un nuevo genocidio, la justificación de la eliminación de aquellos(as) cuyas vidas se valoran menos. Casos como el de las niñas en el Hogar Seguro "Virgen de la Asunción" del 8 de marzo de 2017 nos muestran que puede ser así.

No obstante, creo que la valentía del pueblo Maya-Ixil es vivo ejemplo de que no todo está perdido. Con su voz, tantos siglos negada, nos han llamado a combatir el silencio, a que desde nuestros espacios y con nuestras herramientas develemos la verdad y digamos NUNCA MÁS -ni en Guatemala ni en ningún lugar del mundo-.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.