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17/05/2018 6:01 AM CDT | Actualizado 17/05/2018 9:22 AM CDT

De "lo que se ve no se pregunta"... a lo que no se ve se normaliza

Getty Images/Westend61
La lucha contra la homofobia y la lesbofobia no puede ir desligada de un combate frontal a la misoginia, también la internalizada.

Yo no sé lo que es estar dentro del clóset ni, por consiguiente, cómo es salir de él. Por fortuna nunca he tenido que llevar una vida de ocultamiento. Casi siempre he vivido según el principio de "Lo que se ve no se pregunta"... y no hace falta explicitarlo.

Tampoco me tocó vivir ese trance de la revelación familiar, aunque sí la rabia de una madre que vio cumplidos sus temores de toda la vida. Eso me sorprendió: a ella, feminista y con amigas lesbianas muy queridas, en su propia hija le costó años y dolorosos pleitos aceptarlo. En cambio mi padre, a quien suponía que nunca podría hablarle de mi vida amorosa, me rompió todos los esquemas el día que, cuando yo tenía como 16 años, me invitó a comer para explicarme lo que él pensaba de la homosexualidad: "Yo creo que cada quien debe ser quien realmente es", remató. Esa frase amorosísima es lo único que recuerdo de la plática, aparte de mi azoro cuando supe cuál era el asunto para el que me había convocado. Pocas conversaciones me han producido tanto alivio.

La última vez que un hombre me interesó para una relación de esas que llaman sexoafectivas, una de mis preocupaciones era que ahora sí tendría que salir del clóset; ninguna de mis amigas se lo habría esperado. ¿Cómo les iba a decir? Qué problema.

Yo no sé lo que es estar dentro del clóset ni, por consiguiente, cómo es salir de él.

Recuerdo una vez que declaré "Soy lesbiana": cuando un profesor de la preparatoria se me insinuó. Ya olvidé cuáles fueron sus palabras; tuvo que haber sido muy descarado para que yo le respondiera con tal contundencia. Y funcionó, porque nunca volvió a decir ni pío. Quizá es también la única vez que el lesbianismo me ha servido de coraza.

Una vez sí padecí las vicisitudes del clóset: cuando anduve con una mujer que vivía en el ocultamiento total. El primer día que amanecí en su casa me corrió antes de desayunar tras haber recibido una llamada de su madre anunciándole visita más tarde. Ni siquiera a su mejor amiga le contaba. Eso era algo para mí inexplicable: ¿qué tanta cercanía puedes llegar a tener con alguien si omites algo tan central en tu vida? Cabe mencionar que la amiga se enteró, sin que nadie le dijera, cuando entré en escena, pero tuvo que esperar más de un año, hasta que mi novia se decidió a salir del clóset (con ella y solo con ella), para decirle con mucho cariño "Ya lo sabía".

Y claro que he vivido la lesbofobia en carne propia, como cuando un tipo fuera de sus casillas nos insultó a mi pareja y a mí porque le pedimos que quitara su coche en doble fila; aquella vez que el destacado investigador emérito pasado de copas hizo un comentario soez al conocer a Marisol; cuando un tipo nada perspicaz creyó que el descubrimiento que tanto tardó en hacer podía ser causa de despido si me "acusaba" con los jefes; la vez que el ginecólogo le dijo a Cecilia que por dos semanas no podría tener relaciones sexuales y sufrimos hasta que le llamó para preguntar si se refería exclusivamente a coitos y resultó que sí, cuando él sabía perfectamente que su pareja no era un hombre; la velada romántica arruinada por un desfile de meseros que se acercaban uno tras otro a vernos como bichos raros; el inolvidable episodio de un director de ventas que boicoteó un libro publicado por mí porque interpretó que "promovía la homosexualidad" (en realidad era un álbum que combate los estereotipos sexuales); cuando el líder de un movimiento social en el que participé en la adolescencia, furioso por no poderme sumar a su colección de jóvenes seducidas, descalificó la homosexualidad tachándola de fenómeno pequeñoburgués... Son los primeros ejemplos que me vienen a la mente.

Aunque el rechazo a los homosexuales y el rechazo a las lesbianas se basan ambos, en grandísima medida, en el odio a las mujeres, no son el mismo fenómeno.

No sé si cuente como lesbofobia la cantidad de veces que en la infancia alguna niña me criticó porque me gustaran los juegos "de niños". En todo caso, para mí ha sido mucho más drástica la vivencia de la misoginia, como cuando mi primo y un amigo suyo decidieron que yo ya no debía jugar futbol americano con ellos y su manera de hacérmelo saber fue taclearme para luego agarrarme a golpes entre los dos... o, más recientemente, cuando observo que en mi círculo cercano, bastante progresista para el promedio, con facilidad detectan y condenan la homofobia, el clasismo y el racismo, pero casos flagrantes de misoginia les pasan desapercibidos y hasta los celebran... o cometen.

Aunque el rechazo a los homosexuales y el rechazo a las lesbianas se basan ambos, en grandísima medida, en el odio a las mujeres, no son el mismo fenómeno. El primero tiene que ver con el desprecio que provoca un hombre "afeminado" que se rebaja a ser "como mujer" al dejarse "poseer", es decir, penetrar, y el miedo de los heterosexuales a dar ellos mismos semejante "resbalón". El segundo tiene que ver con el peligro que representan las mujeres que no necesitan a los hombres: son un recordatorio de que puede prescindirse de ellos. Eso es una amenaza monumental al statu quo.

La lucha contra la homofobia y la lesbofobia no puede ir desligada de un combate frontal a la misoginia, también la internalizada. Si lo que se ve no se pregunta, lo que no se ve es como si no existiera. Si aprendemos a detectar mejor la omnipresente misoginia estaremos dando pasos necesarios para acabar con ella, y muchos otros males sociales, como la homofobia y la lesbofobia, se irán yendo también.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.