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27/06/2018 9:03 AM CDT | Actualizado 27/06/2018 10:00 AM CDT

La influencia del miedo en las elecciones

DIANA SANCHEZ/AFP/Getty Images
Seguidores de Gustavo Petro, en Colombia, reaccionan al triunfo de Iván Duque en la elección presidencial de aquel país.

Según la Real Academia Española, la palabra miedo tiene dos acepciones: por un lado, la angustia por un riesgo o daño -real o imaginario-, y por otro, el recelo o aprensión de una persona a que le suceda algo contrario a su deseo. Se trata de una reacción de supervivencia ante una amenaza.

Que las decisiones políticas de los ciudadanos se tomen con miedo parece estar de moda. No es cosa nueva tampoco. La perversidad de la moda actual es que se impone con comodidad en la democracia. Y si bien la identidad política se define, entre otras cosas, por la oposición a un otro antagónico, ver como peligroso al oponente hoy es el tono más frecuente de esa necesaria distinción. Ya no es suficiente con ser "diferente a". Para autoreafirmarse es preciso demonizar. El Brexit de Inglaterra, la contienda Clinton–Trump o el plebiscito por la paz en Colombia apostaron a dichas prácticas en pos de un voto, sin considerar los impactos en la cultura política, mucho menos la posibilidad de que el proceder se normalizara.

Las elecciones presidenciales del pasado 17 de junio en Colombia son un ejemplo palpable de esta tendencia. El candidato del partido Centro Democrático, Iván Duque, a la derecha del espectro político, fue electo presidente con el 53,9% de los votos, contra el 41,8% del candidato del movimiento Colombia Humana, Gustavo Petro, tradicional líder de izquierda. Los señalamientos mutuos pasaron por la estigmatización, los determinismos y los miedos. Con pocas excepciones, los más radicales, desde la dirigencia hasta las bases, desacreditaron al contrincante, no para presentarse como distinto, sino para atemorizar al votante con escenarios de catástrofe en caso de que su proyecto político no llegara al poder, o bien asumir una suerte de superioridad moral y muestra de ignorancia del adversario por no tener visiones compartidas del mundo.

Que las decisiones políticas de los ciudadanos se tomen con miedo parece estar de moda.

El Centro Democrático hizo del fantasma "castrochavista" y el "no ser como Venezuela" un dogma de fe, sustentado más en la manipulación de información y el desconocimiento de la historia de los dos países, que en el contenido puntual de la propuesta de petrista –o incluso de otros candidatos- y el sentido del acuerdo de paz con las FARC. En su visión más extrema, asumió que todo votante de Petro era guerrillero y apátrida. Mientras que la Colombia Humana desdeñó, casi como una masa homogénea, a todo aquel que no anunciara su voto por Petro, uribista o no uribista, y en su versión más radical, etiquetó de paramilitar a cualquier militante del Centro Democrático. En los dos casos el personalismo político fue protagonista. El tono mesiánico del discurso del expresidente Álvaro Uribe mostró como salvífica la propuesta de Duque. Al término de la contienda, abundaron en redes sociales las plegarias de agradecimiento al exmandatario y su partido por haber "salvado" a Colombia de Petro.

El recelo ante la posibilidad de un escenario no deseado exacerbó las pasiones, favoreció la mentira como estrategia de comunicación y pospuso el debate sobre la pertinencia de las propuestas de los candidatos: el para qué, el cómo y con qué. Las redes sociales y los medios tradiciones de comunicación fueron un caldo de cultivo para estas prácticas. Ni siquiera el voto informado y de opinión pudo abstraerse de los insultos y el maniqueismo.

El temor a una Colombia similar a la Venezuela actual, presa de las FARC desmovilizadas, destapó odios profundos. La imagen fue poderosa y eficiente, toda vez que didáctica y simplista, tanto para el electorado indeciso como para el militante uribista. A diferencia del futuro incierto alertado por Duque, en la campaña de Petro se encendieron las alarmas ante la posibilidad de revivir violencias ya conocidas. Un porcentaje no despreciable de los 8,034.189 de votos de Gustavo Petro provino de ciudadanos que no compartían del todo su programa y estilo de gobierno, pero defendían la implementación de los acuerdos de paz con las FARC y el mantenimiento de la mesa de diálogo con el ELN. El miedo a la guerra definió la postura de miles de colombianos.

Salir a votar con temor pareciera un prerrequisito para participar en los comicios.

Ahora bien, las elecciones evidenciaron también hechos inéditos: un contexto pacífico, las abstenciones más bajas desde la Constitución de 1991, la llegada a segunda vuelta de un candidato de izquierda –además exguerrillero- y una periferia geográfica en la que, al igual que Bogotá, predomina el apoyo a tercerías políticas –de izquierda y centro-. Es justo decir que los miedos no siempre ganaron. Pero seamos realistas, en lo pragmático, la contienda no pudo escapar al pulso uribistas - antiuribista.

El proceso electoral mexicano sirve de espejo de la experiencia colombiana. La oposición a López Obrador no ha perdido oportunidad de vaticinar un futuro de inestabilidad económica y menoscabo de la política ante un gobierno de Morena, como ocurrió con Gustavo Petro. La retórica de "ser otra Venezuela" ronda en el ambiente, sin mayor sustento en los argumentos, aunada a las expresiones de intolerancia y discriminación a López Obrador -o la Amlofobia que algunos académicos ya empiezan a estudiar-.

En el entretanto, Morena suele desestimar las críticas y opiniones en contra, fortaleciendo un personalismo político en el que el líder es el centro más allá de las ideas de una colectividad. En ese discurso, la procedencia y el tecnicismo de Anaya y Meade se presentan como peligrosos y corruptos. En cualquiera de los casos se acude a la aprehensión del votante frente a lo "desconocido" y lo "conocido", la incertidumbre o la "estabilidad".

Salir a votar con temor pareciera un prerrequisito para participar en los comicios. Los candidatos no supieron decir NO a tal alternativa. Y aunque gozamos de más y mejores espacios ciudadanos de participación, de manifestación de opiniones y acceso a información, abreviamos el debate a sus términos más simples, a buenos y malos, a odios reforzados, a mayores miedos y menos política.

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