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29/05/2018 8:05 AM CDT | Actualizado 29/05/2018 4:52 PM CDT

Elecciones en Colombia: de la primera vuelta al salto al vacío

Henry Romero / Reuters
Iván Duque y Gustavo Petro.

Colombia vivió una jornada electoral inédita, entre el cambio y la continuidad, el pasado 27 de mayo. Con el propósito de elegir al próximo presidente de la república (2018-2022), fueron convocados a las urnas, según la Registraduría Nacional, un poco más de 36 millones de ciudadanos. De los seis candidatos en contienda ninguno obtuvo la mitad más uno de los sufragios emitidos, por lo que el 17 de junio se tomará una decisión definitiva entre los dos aspirantes con más alta votación: Iván Duque, del partido Centro Democrático, y Gustavo Petro, de la coalición Colombia Humana y el Movimiento Alternativo Indígena y Social.

Aunque redunde en un resultado similar, se trata de un procedimiento democrático distinto al que vivirá México el 1 de julio. A partir de la Constitución de 1991, en Colombia existe la segunda vuelta electoral, el periodo presidencial es de cuatro años, cada candidato participa con una fórmula vicepresidencial, ningún otro proceso electoral se debe celebrar en la misma fecha que los comicios presidenciales, existe el voto en blanco con efectos legales –si es mayoría simple deben repetirse las elecciones con otros candidatos- y, por cuenta de la reforma de junio de 2015, la reelección no está permitida.

Con estas reglas de juego los resultados del domingo privilegiaron los extremos ideológicos frente a los centros. De aquí el talante inédito de esta jornada. En términos de cifras, Iván Duque, el candidato de la derecha, alcanzó la votación más alta en la historia de Colombia en una primera vuelta: 7.569.693; mientras que Gustavo Petro obtuvo la votación más alta jamás lograda por un aspirante de izquierda: 4.851.254. El dato no es anecdótico.

Por primera vez se enfrentarán en las urnas los dos polos del espectro ideológico.

El caso de Duque ratifica el poderoso caudal electoral que conserva el Centro Democrático, en la expresión más genuina –casi fanática- del caudillismo político del expresidente Álvaro Uribe Vélez, y una derecha de moderados y radicales, conservadores y movimientos políticos evangélicos.

Mientras que Petro representa la capacidad de movilización de un importante sector de la izquierda democrática, igualmente moderada y de extrema, que nunca había llegado a segunda vuelta electoral y que ve en el personalismo político del exalcalde de Bogotá y el descontento con el statu quo, una de sus bases más sólidas.

Por primera vez se enfrentarán en las urnas los dos polos del espectro ideológico. Del país de conservadores y liberales, de partidos decimonónicos, que convergieron en el caciquismo regional y la tecnocracia de los noventas, queda muy poco. El escenario se define entre derechas e izquierdas con un centro variopinto, con importante potencial electoral, pero sin suficiente contundencia para llegar al poder.

Ante ese panorama ideológico, el proceso registró la abstención electoral más baja desde 1978: el 46,6% a nivel nacional y el 35% en ciudades como Bogotá. Igualmente, se trató de la primera contienda presidencial sin la guerrilla de FARC. En otras palabras, no sólo salieron más ciudadanos a votar, sino que además ejercieron su derecho en paz.

Nicolo Filippo Rosso/Bloomberg via Getty Images
Soldado camina frente a un puesto de votación en Bogotá en las elecciones presidenciales del domingo 27 de mayo.

Fue una jornada de cambios. El voto de opinión tuvo contundencia, lo que redundó en un mayor número de votantes en las principales ciudades con ganadores diferentes. En Bogotá dominó el candidato de centro, Sergio Fajardo, de la coalición del Partido Verde y el Polo Democrático, mientras que Gustavo Petro ocupó el segundo lugar, en Medellín se impuso Iván Duque, en Cali triunfó Fajardo y en Barraquilla las mayorías se fueron con Petro. En otras palabras, lejos del unanimismo, las urbes fueron espacios amplios de deliberación y disputa, ratificándose poderes de tradición, como la derecha en Medellín y el centro-izquierda en Bogotá, pero también matices y contradicciones.

Como novedad, hay que destacar que los partidos tradicionales, liberal y conservador, estuvieron presentes en la contienda, pero no determinaron su dinámica. Estas colectividades se mostraron como fuerzas políticas desgastadas, sin liderazgos claros en el ejecutivo, aunque conserven poder en el legislativo. Lo propio habría que resaltar del partido del presidente Juan Manuel Santos, Partido de la U, que diluyó su influencia política y obtuvo un contundente fracaso con el candidato Germán Vargas Lleras (exvicepresidente de Santos).

Ahora bien, hablamos también de una jornada de continuismos por la polarización a la que la mayoría de los votantes suele simplificar el proceso electoral, borrando las posturas moderadas de izquierda y derecha y las tonalidades que tiene el centro: diverso, con capital electoral y posicionamientos puntuales. Los medios digitales fueron un espacio donde se exacerbaron las diferencias, abundaron las noticias falsas y se diseñaron desde estrategias de proselitismo y contacto directo con electores, hasta matoneo, temor y difamación.

El escenario se define entre derechas e izquierdas con un centro variopinto, con importante potencial electoral, pero sin suficiente contundencia para llegar al poder.

El continuismo se expresó en la intensa influencia de los expresidentes de la república en los partidos políticos y sus candidatos: Álvaro Uribe (Centro Democrático), Andrés Pastrana (Partido Conservador) y César Gaviria (Partido Liberal). La experiencia de los que ya gobernaron pasó a un segundo plano frente a la ambición de atornillarse al poder y la incapacidad de las elites tradicionales de modernizarse. Uribe Vélez confirmó dicha injerencia manteniendo su curul en el Congreso por cuatro años más. Las recientes noticias de diez mil asesinatos extrajudiciales (falsos positivos) durante su gobierno, los cables desclasificados del Departamento de Estado que comprueban su comunicación con narcotraficantes entre 1992 y 1995 y el vigoroso apoyo en redes sociales del jefe de sicarios de Pablo Escobar, alias Popeye, a la candidatura del Centro de Democrático parecieron no hacerle mella, ni a él ni a Iván Duque.

Este proceso electoral no se entiende sin la coyuntura del acuerdo con la FARC. Muchos de sus discursos y estrategias son reflejo y reacción del plebiscito de 2016 y el triunfo de la coalición del "No". Con los resultados de la primera vuelta, la paz volverá a ser el foco de la contienda, como ocurrió siempre en los noventas. En muchos de los departamentos donde ganó el "Sí", en regiones periféricas y de alta conflictividad armada, el proyecto político de Duque no fue el más votado (Nariño, Cauca, Chocó o Guajira). En consulados como el de México, donde también se impuso el "Sí" en 2016, el ganador fue Sergio Fajardo, mientras que los colombianos en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra y España se mantuvieron leales a la coalición del "No".

Con los resultados de la primera vuelta, la paz volverá a ser el foco de la contienda, como ocurrió siempre en los noventas.

En el escenario actual, la decisión de muchos colombianos no apelará a la plena convicción ideológica con uno u otro candidato, sino a la defensa u oposición al acuerdo de paz y su implementación. En esa dinámica, el pragmatismo y la presión política remitirán, más que a la coherencia, al simplista pulso entre antiuribistas y antipretistas y sus respectivos miedos.

Aunque el resultado inicial se haya inclinado hacia los polos, en estas tres semanas sus líderes moderarán posiciones para conquistar el centro, en especial, los 4 millones 589 mil 696 votos de Sergio Fajardo, tercero en la contienda. Y aunque su votación no se transferirá en bloque a otro candidato, lo que decida sobre la segunda vuelta será clave para mover la balanza. Fajardo tiene en sus filas a sectores de centro-izquierda y centro-derecha que hacen más impredecible el rumbo de sus votos. Entre tanto, es muy probable que las bases militantes más radicales de las dos campañas ganadoras cierren filas y posiciones contra su adversario. Estamos ante una colusión tácita entre los extremos. Cada discurso beneficia a su contrario, el uno no existe sin el otro. Hay una recíproca ganancia de la rivalidad: antagonizar es parte de su identidad política.

Que la competencia se haya reducido a los polos resta oportunidades de construir en la diferencia, divide y desdibuja los grises y sus alternativas políticas. Remontar la votación de Iván Duque será una tarea titánica para Gustavo Petro, que aunque hábil y elocuente en la plaza pública, es poco conocido por su capacidad de ceder y concertar. El escepticismo es una realidad. El nuevo salto al vacío de los colombianos llama a nuevas coaliciones en medio de la confusión y a la reflexión certera sobre el equilibrio de poderes, el respeto a libertades y la posibilidad del disenso en medio de la polarización.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.