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29/06/2018 2:00 PM CDT | Actualizado 29/06/2018 3:20 PM CDT

Cómo convertirme en operadora de sexo telefónico me curó del trauma sexual

Erikona via Getty Images

"Hola, soy Lolita. ¿Cómo estás, cariño?" Suspiré débilmente en el celular, cambiando nerviosamente el peso de mis pies a mis tacones y de vuelta a mis pies.

"Muy bien, Lolita, pues ahora hablo contigo, cariño", dijo el extraño al otro lado de la línea, en medio de pesados resoplidos. "¿Traes ganas de pasar un rato sexy esta noche?"

Era mi primera noche como operadora de sexo telefónico y, usando mi nom de guerre, Lolita, me encontré con media docena de llamadas, con valores de cientos de dólares. Daba vueltas alrededor de mi departamento mientras transfería el dinero a mi banco.

Pocas semanas antes fui dada de alta de una estancia voluntaria en un hospital psiquiátrico que tomé por mi estrés postraumático crónico, una recaída en la bulimia e ideas de suicidio. A pesar de lo que te hayan hecho creer las películas de terror, para mí estar en un hospital me hace sentir tan cómoda como cubierta por una cobija. Casi siempre luego de que dejo el hospital es que me encuentro con la parte más terrorífica: tras mi último periodo de 72 horas en la unidad psiquiátrica, me encontraba desempleada, a un mes de renta de quedarme en la calle, y manejando mis traumas severos con un mediano éxito. Sabía que un trabajo de tiempo completo fuera de casa no era una opción viable.

Para muchos de mis clientes era una novia, una confidente, una compañera íntima, una sanadora y, sobre todo, una conexión con un ser humano que no podían encontrar en otro lugar.

Luego de pasearme por docenas de trabajos de telemárketing desde casa y tutorías en línea que pagaban muy poco, me encontré con una página con un anuncio para trabajar de operadora de sexo telefónico, y me dije, ¿por qué no?

Hice mi perfil básico en la plataforma, y cuando estuviera en línea las llamadas anónimas se enviarían a mi celular. Al final de cada noche, el dinero se enviaría a mi cuenta bancaria y podría despreocuparme.

Desde mi primera noche como operadora de sexo telefónico fui, en todo el sentido de la palabra, muy "natural".

Cuando todavía era una niña, los recuerdos del abuso sexual continuado de mi padre estaban fragmentados e incompletos; como pedazos de cristal, solo tenía escenas parciales, olores, sonidos y momentos que recordaba. Cada vez que intentaba rearmar la historia, reconectar los puntos, terminaba con nuevas heridas emocionales. No fue sino hasta que cumplí 19 años, después de que mi madre pusiera una orden de restricción contra él, que los recuerdos del abuso sexual de mi padre se volvieron muy claros. Y me paralizaron.

Mi desconfianza hacia los hombres

Mi trauma era feo. Mi trauma implicaba pasarme la noche como una niña, hiperventilando con la cara contra la alfombra. Mi trauma implicaba hacerme daño. Como una purga. Con problemas para relacionarme. Con las idas de rutina a tratamientos de salud mental. Mi abuso sexual creó una vergüenza profunda y recriminaciones hasta el fondo que no podía sacar.

En gran medida mi trauma se manifestaba con una profunda desconfianza y miedo hacia los hombres. Mi padre era la única imagen de cómo asumía que eran los hombres: abusivos, controladores, rapaces y manipuladores.

Al principio, ganar dinero a través de sexo telefónico se sintió como una forma subversiva de forma de reparar el abuso sexual de mi infancia, y las discapacidades mentales que me dejó.

Ya fuera que jugara el rol de pareja sumisa o de dominátrix de mis clientes, esos hombres me pagaban cientos de dólares solo por hablarme por teléfono, mientras yo descansaba en mi departamento. Ganaba dinero (con el que pagaba mi seguro médico, deudas y comida en la mesa) a través de la cultura sexista que normalizaba el abuso sexual que yo había sufrido.

Por medio del trabajo sexual buscaba restitución por haber sido victimizada, y buscaba darle sentido a lo que me había pasado en la infancia. Quería atacar la misoginia con la que me había atacado mi padre y las mujeres de mi vida. Si los hombres querían tratarme como objeto, ¿por qué no cobrarles?

De todas maneras, como cualquier trabajador sexual (o cualquier trabajo de servicios), empecé a tener clientes regulares con los que hablaba cuatro veces a la semana, dos horas cada vez. Haciéndonos amigos nos volvíamos más transparentes en nuestras vidas. Eventualmente, aunque todavía en el semianonimato, les pasé mi número telefónico real a clientes en los que confiaba. Intercambiábamos textos, fotos y emails a lo largo del día. Y sí, muchas de nuestras conversaciones seguían siendo sexuales, pero los regulares tomaban interés en mi existencia fuera de las fantasías.

El respeto mutuo

Nunca les revelé mis batallas de salud mental, pero hablábamos de política, los libros que leíamos, nuestras vidas, nuestras actividades del día día y nuestras metas. Un cliente siempre me compartía sus fotos en el gimnasio, mientras que otro me contaba del rompimiento amoroso que lo llevó a encontrar mi línea telefónica. Nunca intentaron dejar de pagarme o rompieron los límites de nuestro arreglo: para mi sorpresa, nos teníamos respeto mutuo.

Mi trabajo ya no era simplemente el de "operadora de sexo telefónico". Para muchos de mis clientes era una novia, una confidente, una compañera íntima, una sanadora y, sobre todo, una conexión con un ser humano que no podían encontrar en otro lugar.

Todavía existía una transacción monetaria y mantenía el anonimato, pero para mi desgracia empecé a sentir compasión por mis clientes regulares. De verdad ese cambio en mi forma de verlos me hizo sentir incómoda. No me hice trabajadora sexual para sentir empatía y comprensión por los hombres a los que servía, solo quería ganar dinero suficiente para sobrevivir a pesar de mi enfermedad mental, y, diablos, quería seguir enojada.

El enojo era mi santo patrón: el odio absoluto a mi abusador me había ayudado a sobrevivir, a pesar de lo desesperanzada y rota que me había sentido en ciertos momentos de mi mi vida. Pero, a pesar de que el enojo me empoderaba hasta cierto punto, me di cuenta de que no me sanaba. Debajo mi odio hacia los hombres había miedo, dolor y confusión.

El trabajo sexual, aunque generalmente entendido como una industria que se aprovecha de traumas existentes, contribuyó a mi sanación.

Erróneamente se cree que el trabajo sexual solo atrae a clientes que son abusivos, groseros o rapaces, pero esa no era mi experiencia. Mucha gente cree que el sexo telefónico es un campo muerto, pero la verdad atrae a los clientes que más luchan y sufren: gente con agorafobia, con problemas de intimidad, sobrevivientes de abuso sexual, personas discapacitadas y personas que simplemente necesitan un medio seguro y sano para explorar partes de su sexualidad que la sociedad considera "vergonzosas".

En realidad, mientras progresaba mi amistad con los clientes, me di cuenta de que me parecía más a mis regulares de lo que quería aceptar. Mis clientes y yo llegamos a los puntos opuestos del sexo telefónico, pero buscábamos las mismas resoluciones.

El trabajo sexual, aunque generalmente entendido como una industria que se aprovecha de traumas existentes, contribuyó a mi sanación. No lo entendí entonces, al menos no conscientemente, pero me di cuenta de que había llegado a la industria del sexo como parte del proceso de trauma en un ambiente que no era seguro, para volver a desarrollar una conexión saludable con los hombres, y para explorar mi sexualidad.

No quiero decir que el trabajo sexual sea una cura para todas las personas que sufran un trauma. De hecho sé que trabajo en un área privilegiada de la industria del sexo, y que he salido prácticamente ilesa, mientras que muchos otros trabajadores sexuales no. Ninguna solución funciona para todos, porque el proceso de sanación que sigue al trauma es desordenado, complejo y no lineal. Como las fases del duelo, los efectos del trauma y el abuso baja y sube de un modo que no se puede anticipar, y la sanación también puede encontrarse en los lugares menos esperados.

Todavía hay días en los que estoy más enojada que triste, o más triste que enojada. Pero hay muchos días más en los que puedo respirar.

A pesar de que mi sanación está lejos de terminar, el trabajo sexual me puso en la senda a la sanación que no habría descubierto de otro modo. De hecho mi trabajo sexual, en gran parte, me ayudó a procesar el trauma lo suficiente para redirigir todo el dolor hacia la persona correcta: mi padre.

Todavía tengo ataques de pánico. Reviso tres veces los seguros de mi puerta en las noches y repaso en la mente las formas de escapar si alguien me ataca. Todavía lucho con la enfermedad mental cada día, algunas veces con las cortinas pasadas y otros días estoy muy agradecida por cada momento de paz.

Todavía hay días en los que estoy más enojada que triste, o más triste que enojada. Pero hay muchos días más en los que puedo respirar y saber que tengo la resiliencia para sobrevivir, confiar y continuar mi sanación.

Este blog apareció originalmente en 'HuffPost' Estados Unidos. Fue traducido del inglés por Víctor Santana.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.