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26/11/2018 10:57 AM CST | Actualizado 26/11/2018 2:19 PM CST

Tijuana, la ciudad que se enfrenta a un muro... y que construye otros en su interior

PEDRO PARDO/AFP/Getty Images
Lo acontecido este domingo 25 de noviembre en Tijuana es el preludio de la tragedia que podría pasar. Foto: PEDRO PARDO/AFP/Getty Images

Ya lo decía el gran Simmel, separar y vincular son las dos caras de un mismo acto: el de construir fronteras. Estos semblantes fronterizos pueden manifestarse como una puerta cerrada o como un puente abierto. A algunos se les niega el tránsito a otro territorio nacional, a otros se les deja el paso libre. Ya sean ciudadanos americanos viviendo en Tijuana o mexicanos con visado para transitar a través de la frontera, muchos son los privilegiados, los tocados por el gobierno norteamericano, para poder cruzar todos los días a través de las garitas de San Ysidro o de Otay.

Cruza el afable conductor de un autobús turístico. Cruzan usuarios que pueden costear dicho camión. Cruzan los estudiantes mexicoamericanos que, muy de madrugada, hacen fila en la línea peatonal para no llegar tarde a clases. Cruza el gerente de una agencia de carros en National City que todos los días va a trabajar. Cruzan las y los muchachos hastiados que atienden en la Gap, en la Banana Republic, en la H&M o en cualquiera de estas tiendas globales. Cruza el gringo que aprovecha que la renta en zona premium en Tijuana es más barata que en un barrio medio en San Diego.

Si no son ellos, puede que sea tu tía la que cruza y quien tiene más de 30 años comprando en el otro lado el mandado para la casa. A lo mejor cruzan tus primos a comprar un sillón en IKEA. O tal vez cruza tu padre al apartado postal de Chula Vista para checar si ya ha llegado el pedido que hizo en línea. Quizá crucen tus hermanos a comprar una chamarra porque se avecina el frío o porque irán a acampar a la sierra. Ahora también cruzan quienes ya pueden comprar de manera legal la mariguana que en México se les prohíbe. En una de esas, quien también cruza eres tú.

Cruzan, palabras más palabras menos, quienes pueden comprobar que van a gastar su dinero en Estados Unidos.

Cruzan, palabras más palabras menos, quienes pueden comprobar que van a gastar su dinero en Estados Unidos o quienes no representen una amenaza para su sistema de seguridad –social, político, económico–. Todo lo cual quiere decir que existen personas que encarnan esa amenaza. Los infames –para el gobierno americano– suelen tener una serie de características comunes: pobres, marginados, violentados en sus barrios, en sus ciudades y en sus países, lo mismo por pandillas, por policías o por instancias del aparato estatal. Aquellos que decidieron tomar cartas en el asunto, salir de sus ciudades en bloque y plantearse lo que se antoja imposible: cruzar varios países en caravana –más de 5000 kilómetros– hasta llegar a la frontera norte de México para pedir asilo en Estados Unidos.

Aquella a quien le mataron al hermano, aquel que tiene la esperanza de encontrar trabajo en el otro lado para alimentar a su familia, niños que no tienen otra opción que seguir a sus padres con solo una camisa por abrigo. Con excepciones muy contadas, es muy probable que la mayoría de estas personas estén descartadas para buscar el sueño americano de aquel lado de la frontera.

Es este tipo de personas quienes se han quedado atorados en la frontera de Tijuana. Ahí han sido difamados por el hombre más poderoso del mundo que aprovecha la coyuntura electoral de su país para fortalecerse. Deshonrados por un presidente municipal que piensa que los derechos humanos son selectivos y no universales y que, por lo tanto, no aplican para ellos. Vilipendiados por algunas personas que, mal informadas, los agreden tildándolos de invasores. Escarnecidos por marchas que piden que se vayan los extraños ya que van a traer delincuencia y suciedad, como si esta ciudad no conociera los delitos ni la basura.

Estas personas han terminado hacinadas en una unidad deportiva mal improvisada como albergue. En colchonetas sucias y cobijas desgastadas. Con una gripa que se reproduce a lo largo del campamento con el paso del tiempo, especialmente estos días de frío y lluvia. O quizá durmiendo en plena calle frente a la garita del Chaparral, viendo cara a cara y sueño a sueño a los militares que resguardan la frontera en el otro lado, detrás de los muretes de concreto y los alambres con navajas.

OMAR MARTÍNEZ /CUARTOSCURO.COM
Migrantes centroamericanos permanecen en el refugio ubicado en el centro deportivo Benito Juárez, ubicado en la zona norte de Tijuana. 24 de noviembre de 2018. Foto: OMAR MARTÍNEZ /CUARTOSCURO.COM

No recuerdo días tan convulsos y complicados para Tijuana como estos con la llegada de la caravana migrante. No es para menos, un problema que tiene dimensiones trasnacionales, con intereses múltiples, borrosos y complicados, está siendo dejado a la buena de Dios justo ahí donde se atora en su andar, entre el muro fronterizo y las playas del Océano Pacífico. Grupos reaccionarios se enfrentan a grupo solidarios con los migrantes. Personal de la patrulla fronteriza ensaya cierres completos de la garita por lapsos de algunos minutos –algo no visto desde el 11 de septiembre del 2001–, actos simbólicos en donde se despliega el poderío policial y militar norteamericano.

Lo acontecido este domingo 25 de noviembre es el preludio de la tragedia que podría pasar. Migrantes desesperados intentando brincar el muro para solicitar asilo. La patrulla fronteriza disparando balas de goma hacia migrantes y lanzando gases lacrimógenos a través de la valla fronteriza hacia territorio mexicano. Más de seis horas de cierre total de las garitas internacionales. La vida fronteriza está siendo afectada. Se agudizan discursos que, aunque de entrada se asuman como no xenófobos, a todas luces lo son. Con todos estos elementos en puerta, se marca un nuevo punto en la escalada de tensión de la problemática migratoria que ha sido tan visible en esos días.

Las autoridades locales reaccionan tardíamente, solo después de que organismos nacionales –como CNDH– o internacionales –como ACNUR– empiezan a tomar cartas en el asunto. La ciudad está en ebullición. Se recorre una línea delgada muy peligrosa. La situación, tensa, puede salirse de control.

Pero, ya lo decía el viejo y manido poeta: "donde está el peligro también crece lo que salva". Y la única manera de entenderlo es a través de la enseñanza que dejan las organizaciones y personas que llevan años haciendo de esta ciudad un espacio solidario con los migrantes vulnerables[1]: hacerle frente a la situación con lo que nos une a ellos, es decir, con nuestra humanidad.

La ciudad de Tijuana ha tenido y tiene la capacidad para contener esta convulsión. Ahora es necesaria la integración de todas las fuerzas que lo pueden hacer posible: asociaciones civiles, organismos internacionales, empresarios, personas como tú o como yo, y, sobre todo, el Estado en sus tres niveles de gobierno. Sí, no estaría mal un tantito de voluntad política que coopere con la sociedad civil que siempre da la cara.

Tijuana, se ha visto, es también una ciudad muy humana

La mitad de la población tijuanense es migrante. Es casi imposible que no tengamos un pariente, un amigo, un primo, un abuelo, que haya venido de fuera. La historia de esta ciudad no se entiende sin la migración. Y claro, Tijuana es una ciudad imperfecta, hay que reconocerlo. La basura, la desigualdad, los crímenes, la ineficiencia de las autoridades ya estaban aquí, no vienen desde fuera. La ciudad fantástica y armoniosa hay que imaginarla, por supuesto, pero para mejorar esta urbe de una manera más humana e incluyente, no para justificar actos de violencia y odio.

Tijuana, se ha visto, es también una ciudad muy humana. Un primer punto de concordia estriba en cambiar los términos del discurso: no como una invasión, sino como una crisis humanitaria. Quizá ahí está la clave para revertir la idea de peligro y lo que nos puede llevar a canalizar dignamente la problemática que llegó aquí y que parece que estará instalada por mucho tiempo más.

Tijuana es una ciudad de migrantes, si lo asumimos quizá podemos dejar de construir muros al interior de una ciudad que todos los días se topa con uno que no eligió.


[1] En Tijuana existe una red bien establecida –aunque insuficiente– de albergues, casas de migrantes y desayunadores que asisten a los migrantes vulnerables que llegan a esta ciudad.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.

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