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02/10/2018 5:00 AM CDT | Actualizado 02/10/2018 5:00 AM CDT

El llanto de desesperación por el dolor del ser querido que ya no regresó

María Teresa Vega marchó con los padres de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, aunque ella tenía su propio dolor.

María Teresa Vega marcha junto a los papás de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, en Paseo de la Reforma, Ciudad de México, el 26 de septiembre de 2018.
JOSÉ BELTRÁN
María Teresa Vega marcha junto a los papás de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, en Paseo de la Reforma, Ciudad de México, el 26 de septiembre de 2018.

María Teresa Vega lloraba y lloraba en medio de la protesta por la desaparición de los estudiantes normalistas. Ese miércoles se cumplían cuatro años de la desaparición forzada de 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa y cerca de 15 mil personas marchaban para exigir la aparición con vida de los aspirantes a maestros que estudiaban en una de las zonas más pobres del país.

La mujer era de las más bajitas del la marcha y sus más de 60 años no le impidieron unirse al contingente que caminaría más de cuatro kilómetros desde el Ángel de la Independencia hasta la plancha del Zócalo bajo el grito de "¡vivos se los llevaron, vivos los queremos!"

Con pasos cortos, María Teresa marchaba muy cerca de donde se encontraban los papás de los jóvenes que sostenían carteles con los rostros de sus hijos desaparecidos. María no era abuela de ninguno de los normalistas, tampoco su tía o su mamá, pero compartía con ellos algo que nadie quiere compartir: la ausencia de un ser querido.

Las cifras oficiales estiman 37 mil personas desaparecidas en México.

"No sé nada de él", dijo María Teresa y se le quebró la voz. Javier Chávez, su sobrino, salió de algún punto de Guerrero hacia Estados Unidos, pero ya no supo nada de él. "Ya tiene mucho tiempo que no he sabido nada de él, yo espero que nos lo regresen", contó María mientras su rostro se transformaba y lloraba.

En medio de periodistas que se acercaban a hablar unos minutos con los padres de los estudiantes normalistas, que exigían la aparición con vida de sus hijos, ahí estaba María Teresa Vega. Asustada, triste, devastada, rompiendo en llanto porque "se lo llevaron también".

Al verla sola, con sus más de 60 años bajo la lluvia, en medio de una marcha que nos recordaba que la justicia en este país hay que buscarla a gritos, porque en silencio no llega, yo tampoco pude evitar llorar como ella. Mientras todos los periodistas intentaban hablar con los papás de los jóvenes desaparecidos, ella se desahogaba en pleno Paseo de la Reforma y yo también.

Como María, hay decenas de miles de familiares que buscan a sus seres queridos en nuestro país.Las cifras oficiales estiman 37 mil personas desaparecidas en México,aunque algunos familiares calculan que son muchos más los que faltan. No resulta difícil creerles cuando son los propios familiares los que caminan kilómetros bajo el sol, enterrando picos en la tierra y avisando a las autoridades si encuentran algo que podrían ser restos humanos. Los restos de sus hijas e hijos, sobrinas, esposos.

La tragedia de un país que acumula más de 200 mil personas asesinadas en los últimos doce años, que tiene más de mil fosas clandestinas en donde se bota a seres humanos como deshechos y en donde miles de familias viven en la incertidumbre buscando a sus seres queridos, esperando que regresen a casa o, en el peor de los casos, enterrarlos como se debe.

La tragedia de ver a personas como María, que rompe en llanto de desesperación por el dolor del familiar que se fue y ya no regresó.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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