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23/04/2018 3:00 PM CDT | Actualizado 23/04/2018 4:55 PM CDT

El contenido del debate: tan original como un reencuentro de Timbiriche

ULISES RUIZ/AFP/Getty Images
Durante dos horas escuchamos las mismas discusiones y ataques que han concentrado las narrativas de los spots y mesas de especialistas desde enero.

Era una noche lluviosa. Los truenos y el aguacero que caían sobre la ciudad sirvieron de escenario para el arranque del debate de quienes que aspiran a ocupar la presidencia. Al punto de las 8 de la noche, la y los candidatos se encontraban en posición y con cartulinas listas para dar inicio al enfrentamiento, mientras que en la audiencia estábamos preparados con cervezas y celulares en la mano, para iniciar una conversación colectiva que nos sirviera de catarsis frente a estos casi cuatro meses de campañas.

Después de haber pasado por las etapas de la precampaña, la intercampaña y ahora la campaña, el contenido del debate fue tan original como un reencuentro más de Timbiriche. Durante dos horas escuchamos las mismas discusiones y ataques que han concentrado las narrativas de los spots y mesas de especialistas desde enero, quizá lo único que faltó fue Yuawi para cantar en el espectáculo del medio tiempo.

En el desarrollo de la discusión, cada participante cumplió con lo que se espera de sus intervenciones. El Bronco (aka Jaime Rodríguez) intentó ser gracioso y provocador valiéndose de su estilo norteño; sin embargo, lo que vimos fue a un sujeto que más que gobernar, lo que quiere es iniciar una carnicería amputando manos a quien cometa actos de corrupción. Así, el Bronco demostró que sin el apoyo de algunos magistrados electorales, su candidatura es un mal chiste, de esos que cuentan los payasos que anuncian su número de celular en el estrado de su show.

Anaya fue el niño que nunca dejó para el domingo en la noche el tener que salir a buscar una cartulina.

La otra candidata sin partido, Margarita Zavala, fue quien más problemas enfrentó para responder a las preguntas de las moderadoras del debate. Bastó que le pidieran que dijera una cosa que haría diferente al gobierno de su esposo, o que le recordaran que quienes cometen un delito también son mexicanos, para que la candidata tragara saliva y maldijera no traer su clásico reboso para jugar a acomodárselo en su largas pausas. Lo más lamentable fue la reacción de la candidata que se la pasó diciendo "voy a defenderte a ti" cuando le preguntaron qué haría si su hijo fuese gay, pues su gesto de desprecio traicionó su intento de disimular las ideas conservadoras y retrógradas que han acompañado a su campaña.

No obstante las candidaturas de utilería, lo más esperado de la noche fue el enfrentamiento entre Andrés Manuel y Ricardo Anaya. Por un lado, los años nos han demostrado que a López Obrador no le favorece el formato de los debates y, por el otro, que Anaya fue el niño que nunca dejó para el domingo en la noche el tener que salir a buscar una cartulina. Si bien Anaya fue mucho mejor comunicando y manejando su estilo en el debate, cometió un error que significó perder la oportunidad que le ofrecía su elemento: se enganchó en la discusión con el candidato del PRI.

Mientras que Andrés Manuel –al ser el puntero– enfrentaba el reto de no caer las provocaciones de sus contrincantes (a lo mejor era su amlodipino lo que estuvo buscando entre sus cosas durante todo el debate), Anaya tenía la misión de desequilibrar a López Obrador y ponerlo contra las cuerdas. Sin embargo, en los momentos en los que el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia se encontraba esquinado, el representante del Frente perdió el objetivo y se puso a responder al tercer lugar en las encuestas, perdiendo la oportunidad de asestar buenos golpes y dejando que Andrés Manuel tomara aire para seguir respondiendo a su electorado en vez de a sus opositores. Si Anaya fue vestido de negro para sepultar la diferencia en las encuestas, terminó usando el traje correcto para enterrar la oportunidad que se le fue.

Lo único que destacó fue la moderación, en especial las preguntas de Denise Maerker y de Azucena Uresti.

Los análisis del debate habrán de coincidir en que quienes estuvieron ausentes fueron las propuestas. En materia de seguridad vimos que, por un lado, enfrentamos la continuidad de una política de lucha contra las drogas que ha fracasado y cobrado miles de vidas y, por el otro, una idea de un proceso de amnistía que sigue sin aterrizar del todo en la mente del candidato. Sobre el tema de corrupción e impunidad hubo consenso acerca de la necesidad de una fiscalía autónoma, no obstante el mecanismo para llegar a ella sigue sin estar claro. Sobre grupos en situación de vulnerabilidad... se discutió acerca de la revocación de mandato –ahorita no gracias, pues.

La falta de contenido novedoso en el encuentro pareciera indicar que la y los candidatos ya presentaron todo lo que tienen para esta elección. A pesar de que se especuló acerca de que en el debate podrían surgir algunas sorpresas, lo cierto es que lo único que destacó fue la moderación, en especial las preguntas de Denise Maerker y de Azucena Uresti. Faltan dos meses de campaña y dos debates más, sin que sea claro qué más podemos esperar de la contienda.

Desde anoche cada equipo reivindicó la victoria para su candidato, el de Anaya lo hizo incluso antes de la contienda. No obstante, aunque se espera una variación de algunos puntos en las encuestas, lo que quedó claro con las convicciones con las que cada quien defiende su intención de voto es que esta elección va más allá de propuestas específicas y que se trata de un momento de quiebre para un sistema que se está quedando sin válvulas de escape. Por lo pronto y a manera de prevención, sería bueno que fuésemos manifestando nuestro rechazo a la ley seca el día de la elección.

Por cierto y antes de olvidarlo, parece que José Antonio Meade también asistió al debate.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.