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17/05/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 17/05/2018 9:23 AM CDT

Amiga, me di cuenta

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Aceptar que quienes me atraen son los hombres, al final, significó mucho más que enamorarme o que me rompieran el corazón.

¿Cómo cambió tu vida el aceptarte como gay? Con esta pregunta fue que Eythel, editor de Voces, me invitó a reflexionar a propósito del día mundial de la lucha contra la homofobia. La respuesta más concreta sería que dejé de salir con mujeres y de fingir que me sentía atraído hacia ellas, para empezar a salir con hombres de los que en verdad estaba atraído. Sin embargo, la cuestión acerca de hacia quién me siento atraído sí significó grandes transformaciones en mi vida y todo comenzó con darme cuenta.

La primera vez que me sentí diferente fue cuando era un niño. Las tardes con mi abuelo y mi tía –a quien le mando un Piolín– hicieron de mí un niño que se interesaba más por las aventuras de Atreyu o de Jim Hawkins que por patear un balón de fútbol. Mi gusto por la lectura me sirvió para tener buenas calificaciones y para que a varios de mis compañeros de clase les pareciera divertido molestarme. Recuerdo que cuando me llamaron "mariquita" no tenía nada que ver con que me gustara un compañero, yo todavía no me daba cuenta, sino con las lágrimas que solté por un balonazo que recibí en la cara, por mi incompetencia para atajar la pelota. El problema con que te traigan de bajada es que cualquier insulto se convierte en un sobrenombre que te va a acompañar por mucho tiempo.

Un día, cansado y harto, le pregunté a mi papá qué era un marica. Recuerdo que se rió y me dijo que no llamara así a mis compañeros, me dijo que esa era una mala palabra y servía para insultar a los "poco hombres". No era raro que mi papá no se diera cuenta de que a quien molestaban era a mí; después de todo, él me estaba educando como su primogénito y quien debía convertirse en la cabeza de la familia. Con sus palabras me quedó claro que no podía permitir que me siguieran llamando de esa forma, no podía decepcionar a mi familia siendo poco hombre.

El problema con que te traigan de bajada es que cualquier insulto se convierte en un sobrenombre que te va a acompañar por mucho tiempo.

En mi adolescencia estudié en una escuela religiosa y seguí sintiéndome diferente. A las confusiones propias de esa etapa de la vida, yo le sumaba una que era amorfa y que intentaba reprimir. Es difícil explicar cómo es que desconoces algo de ti mismo, pero a la vez eres consciente de su existencia. Recuerdo el miedo que sentí cuando mi profesor de ética trató el tema de la homosexualidad como un ataque a la moral o de cuando mi mejor amigo jugaba a preguntar que qué era peor para un padre: que se muriera su hijo o que fuera puto. Creo que ninguno se daba cuenta de cómo esos comentarios me hacían sufrir, vaya, yo mismo me negaba que eso me afectara.

Para poder pronunciar la frase "soy gay" tardé mucho tiempo. Mi primer beso con un hombre ocurrió en un campamento mucho antes de que yo aceptara que lo que siempre me había hecho sentir diferente se podía expresar con dos palabras. El aceptar esa parte de mí me daba terror pues representaba fracasar en lo que se suponía que debía ser. Sentía que estaba traicionando a mi familia, a mis amigos y al proyecto de vida que me había trazado. Para varios de ellos, sí fracasé.

La decisión de salir del clóset fue una de las más difíciles que he tomado. Recuerdo perfecto el día que cité a mi mejor amiga en un café y ella se dio cuenta que algo me pasaba porque yo no dejaba de mirar el fondo de mi taza. El miedo al rechazo y el temor de perder a alguien que significaba mucho para mí casi lograron frenarme de dar el primer paso.

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El darme cuenta de que lo mío son los hombres me obligó a tener que conocerme.

Sin embargo, la primera bocanada de aire después de decir "soy gay" se sintió como respirar por primera vez. A pesar de que quien me escuchó era otra persona, en realidad me hablaba a mí mismo. Al pronunciar esas palabras invoqué un cambio en mi vida que no sabía cómo sería, pero ya no lo enfrentaría sintiéndome incompleto.

¿A qué edad te diste cuenta que eras heterosexual? Con esa pregunta me gusta poner en aprietos a quienes me cuestionan si es que siempre supe que era gay. Cuando la heterosexualidad es la norma social, quienes no encajamos en ese supuesto tenemos que atravesar un proceso personal en el que nos cuestionamos y desafiamos lo que supuestamente debemos ser. El darme cuenta de que lo mío son los hombres me obligó a tener que conocerme, a saber cuáles son mis miedos, pero a saberme con la fuerza para enfrentarlos para sentirme libre. Como dice Merlí Bergeron: "La libertad no es escoger un camino, sino rebelarse contra todos los que quieren imponerte uno".

La primera bocanada de aire después de decir "soy gay" se sintió como respirar por primera vez.

La decisión de aceptarme como soy tuvo costos. Hay personas que ya no están más conmigo. Cuando alguien sale de tu vida no lo hace de forma discreta, se asegura de azotar la puerta para que tengas clara su inconformidad con tus decisiones, que sepas que a sus ojos fracasaste y no eres el hombre que debías ser. En esos momentos las palabras de RuPaul se vuelven más ciertas que nunca: los gays tenemos la oportunidad de decidir quiénes son nuestra familia. El darme cuenta que no es la sangre, sino mi decisión de a quién confiero mis afectos ha hecho que la gente que me rodea sea aquella que está ahí porque lo quiero. Que a quienes considero mi familia nadie me los impuso y, al contrario, nos demostramos constantemente el porqué caminamos juntos.

El darme cuenta de todas las decisiones que podía tomar, también significó darme cuenta del privilegio que tengo. Haber estudiado una carrera, vivir en una colonia hipster de la Ciudad de México y tener un trabajo en el que valoran la diversidad son solo algunas de las cosas que me han empoderado para defender mi libertad. Nadie me regaló nada, pero decir que soy resultado de mi propio esfuerzo significaría desconocer todo lo que ha importado tener personas que me dieron oportunidades que supe aprovechar o que me escucharon cuando me necesitaba desahogar. El aceptarme como gay me hizo darme cuenta de lo importante que es tener redes de apoyo y del privilegio que significa no estar solo.

El aceptar que quienes me atraen son los hombres, al final, significó mucho más que enamorarme o que me rompieran el corazón -tú sabes quién(es) eres. Resultó en decidir vivir mi libertad de la forma en la que soy, sin que me importe que la gente me señale, me apunte con el dedo y susurre a mis espaldas. A poder divertirme joteando mientras bailo una canción de Abba. A leer a Oliver Sacks y descubrir que nunca es tarde para expresar gratitud hacia la vida. A inspirarme en la solidaridad de un grupo de gays y lesbianas que decidieron recabar dinero para apoyar una huelga de mineros en la década de los ochenta y descubrir que en la lucha contra la opresión son más las cosas que nos hermanan que las que nos dividen.

Si de algo me di cuenta es que vivo feliz de ser quien soy. Y que eso trae como responsabilidad para mí el tener que trabajar, para que quien no lo haya podido hacer pueda rebelarse en contra de quienes quieran imponerle una forma de vivir su vida.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.