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25/06/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 25/06/2018 4:47 PM CDT

El derecho a decir que no

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Los principios no son negociables.

"¿Tendrás una pashmina con la que te puedas cubrir la zona del pecho para la entrevista?" Así comenzó uno de los momentos más surreales que he vivido.

Como contexto, el día anterior me habían pedido una entrevista sobre seguridad pública para televisión y la acepté. Todo indicaba que sería una entrevista como cualquier otra. Llegó la reportera junto con su equipo para montar luz y cámaras. Una vez que estuvieron listos, me acerqué a saludarlos y fue cuando noté una mirada curiosa en el rostro de la entrevistadora.

Me miró con una sonrisa un poco incómoda, de esas que te piden disculpas antes de decir una sola palabra:

- "Oye, qué pena pero... El medio en el que se va a transmitir esta entrevista está en [país del Medio Oriente] y pues son muy conservadores..."

Por un minuto pensé que me iba a pedir no hablar de manera muy gráfica o textual sobre la violencia en México, pero casi inmediatamente me dijo: "¿Tendrás una pashmina con la que te puedas cubrir la zona del pecho para la entrevista?"

Y me quedé fría. Esa fue la última pregunta que me podría haber esperado, y no hay capacitación en medios que te prepare para algo así. Tristemente, mi primer instinto fue averiguar si alguien en mi oficina tenía una alguna bufanda o algo similar, pero había una vocecita en mi cabeza gritando "¡¿Qué estás haciendo?!" Tras un par de minutos recuperé la cordura y me quedó claro que por supuesto que no me iba a "cubrir" para acomodar las creencias religiosas opresivas y machistas de un país, y de nadie para tal caso.

Me avergüenza un poco pensar que mi negativa no fue inmediata, sino que necesité tiempo para procesar lo que me pedían y entender lo incorrecto que era. Pensé que todas las feministas que admiro habrían reaccionado inmediatamente de manera mucho más certera que yo, probablemente al tiempo que enunciarían un poderoso discurso sobre la dignidad inalienable de la mujer, nuestra condición de igualdad como seres humanos y los derechos que, aunque han tenido que ser ganados en la ley, son por naturaleza nuestros. Es más, por un momento me cuestioné si no estaría yo sacando las cosas de proporción. Pero no, no hice nada de eso en el momento. Me agarraron en curva.

Tras un par de minutos recuperé la cordura y me quedó claro que por supuesto que no me iba a "cubrir" para acomodar las creencias religiosas opresivas y machistas de un país.

Creo que parte de la razón por la que dudé al principio sobre lo que debía ser se debe a que siempre he defendido las libertades religiosas. Si yo viajara al Medio Oriente, sin duda me vestiría de una forma "prudente", de acuerdo con las leyes y cultura del país que visito (o decidiría no visitar un país en el que no me sintiera cómoda con los códigos de vestimenta). Pero no estoy en uno de esos países, sino en México, donde la libertad e igualdad de la mujer es una batalla que ha sido casi totalmente ganada en el ámbito legal, pero que en la práctica aún tiene muchas deudas pendientes.

Así es como llegué a la conclusión de que no debería dar esa entrevista. Por un lado me di cuenta de que tengo el derecho a rechazar una entrevista cuyas condiciones van en contra de mis valores, pero lo que realmente me decidió a cancelarla fue todo lo que sentí que implicaría el aceptarla. Implicaría hacer una concesión en algo "pequeño", pero abriendo el camino a negociar cada vez cosas más importantes; la línea la tenía que marcar ahí. Significaría aceptar implícitamente que exista un tratamiento diferenciado para mujeres que para hombres, que no somos iguales en derechos y dignidad. Sería como decirles a todas las mujeres que lucharon para darme los derechos de los que hoy gozo, y que siguen y seguirán peleando sin cansancio, que yo sí estoy dispuesta a tomar pasos hacia atrás.

Al final, con un poco de pena tuve que cancelar la entrevista. Entiendo que los reporteros solo cumplen con lo que estipulan las leyes de un país que de otra manera no consume el contenido generado, y que mi decisión hace su trabajo más difícil. Pero la congruencia entre lo que uno dice y hace me parece de enorme importancia, y los principios no son negociables.

Escribo esto no solo para relatar mi historia, sino porque espero que a alguna mujer allá afuera le pueda servir para recordar que tenemos el derecho a decir que no.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.