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03/07/2017 7:00 AM CDT | Actualizado 24/09/2018 8:25 AM CDT

Espionaje a periodistas: más allá de Pegasus

Getty Images/iStockphoto
"Decir que "no hay novedad" o que "siempre ha ocurrido" es una forma avalar y hasta promover las prácticas mafiosas del gobierno mexicano".

El reciente escándalo por el espionaje a periodistas y activistas en México demuestra, una vez más, que los gobiernos son ineficientes en casi todo, menos en vigilar a sus críticos. Lo novedoso es un programa informático, Pegasus, aunque nunca descartaron otros métodos, quizá rudimentarios, pero igualmente invasivos.

Y es que, más allá del desvanecimiento de la privacidad por el uso de smartphones, los gobiernos siguen utilizando viejos trucos y artimañas. Por ejemplo, el marcaje personal a reporteros para intimidarlos, o bien, para documentar sus actividades laborales y privadas con el fin de someterlos. Doy fe.

Contaré la anécdota con nombres y apellidos. En otros textos he omitido detalles y nombres para evitar más riesgos, pero en este caso es importante señalar a los culpables. En particular, porque los hechos ocurrieron durante el gobierno de un aspirante a la presidencia.

Los gobiernos son ineficientes en casi todo, menos en vigilar a sus críticos.

Hace un año visité la Puebla de Rafael Moreno Valle (PAN). Lo hice en el contexto de una investigación para documentar irregularidades en las obras alrededor de la Gran Pirámide de Cholula. Entrevistamos a pobladores, activistas y académicos, recorrimos varias veces la zona arqueológica, hasta que el espionaje se hizo evidente.

Gracias a mi compañera de trabajo, una colega fotoperiodista, captamos a dos individuos que registraban, paso a paso, nuestros movimientos. Uno, cual paparazzi, que trabajaba a cierta distancia, y otro que, aparentando ser un turista, se acercaba discretamente para fotografiarnos. Nos siguieron durante horas bajo el rayo del sol.

Nosotros apuntamos de regreso. Teníamos imágenes de sus rostros, pero ¿quiénes eran estos hombres? ¿Quién los mandó? ¿Para quién trabajaban? ¿Estábamos en riesgo? La sorpresa vino cuando conocimos al secretario de Obras de Moreno Valle, Diego Corona Cremean. Ahí, entre la decena de subordinados que lo rodeaban, identificamos a uno de los sujetos. Alguien intentó presentarnos... "ya nos conocemos", respondí.

Teníamos imágenes de sus rostros, pero ¿quiénes eran estos hombres? ¿Quién los mandó? ¿Para quién trabajaban?

Estas prácticas son comunes en los estados. Hace poco, en una entidad gobernada por el PRI, también fuimos espiados: "nos pusieron cola". Lo descubrimos gracias a la práctica de vigilar los espejos retrovisores, y por la desconfianza de algunos políticos que cambiaban su ubicación de último minuto. Al final, lo comprobamos por otras vías: el seguimiento había sido meticuloso, minuto a minuto. ¡Para eso sí son eficientes!

¿Qué sería de México si esos recursos se usaran para seguir —no a los periodistas o activistas— sino a los delincuentes y corruptos? ¿Qué pasaría si, con esa obsesión y dedicación, se combatieran la pobreza o la impunidad? La revelación del New York Times y Citizen Lab no puede minimizarse. Tampoco lo que ocurre en los estados.

No aceptamos que el presidente Peña Nieto diluya las denuncias argumentando que también se siente espiado. Tampoco que, desde los medios, se intente censurar a los denunciantes. Viniendo del gobierno es entendible, ¿pero de otros comunicadores? Decir que "no hay novedad" o que "siempre ha ocurrido" es una forma avalar y hasta promover las prácticas mafiosas del gobierno mexicano.

Es tiempo de levantar la voz: ¡Nos están espiando! De una forma y otra. Y si los "enemigos" somos los periodistas, el país está al revés.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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