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14/01/2019 6:00 AM CST | Actualizado 14/01/2019 6:00 AM CST

Relato de una mujer gorda en la piscina: mi estúpida necedad de competir

Aún no logro superar la frustración de estar en carril 2, que está lleno de doñitas gordas entre los 45 y 55 años. Foto: Gretta Hernández
Gretta Hernández
Aún no logro superar la frustración de estar en carril 2, que está lleno de doñitas gordas entre los 45 y 55 años. Foto: Gretta Hernández

A los 45 años, con una menopausia adelantada debido al tamoxifeno y una imperiosa necesidad de controlar mis estados de ansiedad decidí tomar clases de natación. Nadie me dijo que el simple acto de sumergirme en el agua podría ser tan placentero.

Cada vez que entro a la alberca me inunda una paz oceánica, como si mi cuerpo fuera flora marina que se mece suave con el vaivén del mar. Sin embargo, aún no logro superar la frustración de estar en carril 2, que está lleno de doñitas gordas entre los 45 y 55 años. ¡Alto! Yo también soy una doñita de 45 años con sobrepeso, pero no quiero estar con ellas, es como repudiar mi propio reflejo. Al escucharme pensar de esa manera me sumerjo en el agua avergonzada. Deberían inventar branquias desechables para practicar meditación acuática con sillas que nos sujeten al fondo. En esos segundos de reflexión me pido perdón por ser tan mordaz.

Miriam, nuestra instructora, se acerca a la orilla de la alberca para dictarnos la rutina a seguir. Las seis mujeres enfundadas en trajes de baño y gorras de color negro nos acercamos a la entrenadora como si fuéramos en busca de una deliciosa sardina. Con disgusto escucho la dinámica del día. Tengo la soberbia propia de una primeriza, pienso que todo lo hago bien, que no necesito ponerme una tabla para estirar el brazo y patalear, pero conforme avanzan los minutos voy entendiendo el por qué de cada ejercicio.

Yo también soy una doñita de 45 años con sobrepeso, pero no quiero estar con ellas, es como repudiar mi propio reflejo.

Nadar me ayuda a escuchar mejor mis pensamientos, es como si escaparan por las sienes y se proyectaran en el fondo de la alberca. Por ejemplo, me percato de mi estúpida necedad de competir. Me agoto innecesariamente nadando más rápido para que nadie me alcance. De continuar así seguro tendré una infección estomacal patrocinada por la cantidad de litros de agua que trago en cada desesperado intento por ser la primera. Ya en las regaderas entiendo que no es competencia, es querer demostrarme que puedo, que siempre puedo ser mejor, no solo con este obeso cuerpo, sino en todos los aspectos de mi vida. La desgastante búsqueda del autorreconocimiento.

Nací con sobrepeso. En la pubertad no fui la chica popular, era la solitaria lectora que se refugió en los libros. Ya en la adolescencia entendí que lo único que tenía para sobresalir en ese mundo imberbe, agobiado por la sobrevalorada fama, era mi cerebro. Mis voraces lecturas iban desde Marx, Baudelaire, Wolf, Poe hasta las grandes plumas hispanas: Garro, Castellanos, García Márquez, Cortázar, Rulfo, entre muchos otros.

Y este cerebro mío, que estaba muy lejos de ser brillante, pero sí analítico, entendió que, gracias a la lectura no me hundí en las pantanosas aguas del difícil camino a la madurez.

El reloj que cuelga del dintel de la sala de los profesores anuncia que la clase está por concluir. Me tomo un respiro antes de hacer el nado del relajamiento. En carril 1 observo a una chica que termina sus 150 m de nado en dorso. Desde donde estoy puedo ver el nacimiento de sus redondos senos morenos. Volteo a ver los míos y no, no sobresalen. No fue hasta que enfermé de cáncer que me percaté del gran peso que tienen los senos para afirmar "lo femenino y la sexualidad". Entendía que eran concepciones ilusorias, sin embargo, no podía sacarme de la cabeza que yo perdería feminidad al no tenerlos.

La idea rondó por mi mente hasta que hablé con mi amiga Lillian. A ella le realizaron la mastectomía. Un cáncer de mama terminó con la vida de su madre y casi con la de ella. En la víspera de mi operación para extirparme dos tumores en el seno derecho fui a visitarla. Lillian me cedió su sillón favorito, me sirvió café y con su profunda mirada azul-amorosa, escuchó mis miedos. Lillian, como acostumbra hacer, no juzgó mis temores, tan solo levantó su blusa y me mostró su pecho liso con un par de cicatrices que parecían dos bocas cerradas. "Las tetas son mentales", afirmó. "Aunque mi exmarido me dejó por una mujer que sí tenía tetas, yo no he querido ponerme implantes y puedo decirte que", continuó explicando, "no he perdido ni un gramo de placer al tener sexo".

Su casa está adornada con sirenas moldeadas en barro, ninguna tiene senos. Esa noche soñé que dormía en el fondo del mar y dentro de un sarcófago sin tapa que me permitía ver decenas de sirenas sin senos nadando felices frente a mí.

Tengo la soberbia propia de una primeriza, pienso que todo lo hago bien.

Suena la chicharra, la clase ha finalizado. Camino despacio a las regaderas y despacio me baño, con el transcurso del tiempo el pudor de sentirme observada al estar desnuda ha disminuido, después de todo, no tengo nada que mis compañeras no hayan visto antes.

Con parsimonia me visto y cuando cepillo mi cabello, me percato que la chica morena de los senos hermosos se ha sentado a mi lado.

—¡Hola!—saluda con una débil sonrisa. Aparto un mechón de la cara y le devuelvo el gesto.

—Oye—, continúa, ahora que nos tenemos confianza... ¿Nos tenemos confianza? ¿Qué querrá decir con eso? Me pregunto en silencio. Esta mujer no sabe cómo me apellido, ni dónde vivo, ni siquiera sabe si prefiero el agua de hortacha en vez de la de jamaica. Empiezo a aterrorizarme imaginando que hará un comentario sobre mi peso, o quizá querrá venderme una faja reductiva. Ella sigue hablando sin notar mi desconcierto.

"Ya que nos hemos visto desnudas en el baño, no es que yo te espíe", asevera, "pero es imposible no notarlo". Imagino que la siguiente frase será mucho peor y contraigo los labios para aguantar su impertinencia. Ella, sin prejuicios se lanza: "¿Cómo le haces para tener el cuerpo blanco parejo?" "¿Blanco parejo?" Pregunto desconcertada. "Sí, observa, mis nalgas tienen un color, mi cuello otro, mis axilas otro y mis piernas otro, pero tú estás blanca pareja".

¡Demonios! Jamás había notado eso, sobre todo, jamás imaginé que a alguien le pudiera preocupar no tener un tono de piel uniforme. Tartamudeo, no sé qué decir, creo que si le contesto que siempre he sido así de manera natural, creerá que no le quiero compartir mi secreto. Decido mentir.

"Verás", pronuncio como si fuera a develar el arcano de la belleza de Cleopatra, "nunca me asoleo, no uso escotes. Cuando salgo al sol me pongo bloqueador de bebé y, sobre todo, no voy a la playa, es decir, sí voy, pero me mantengo quieta bajo una sombrilla". Quiero agregar "me baño en leche de burra", pero me parece descabellado.

Sus grandes ojos negros se expanden: "¡Oh! ¿En serio?" "Ajá", respondo divertida. La chica simplemente agradece y se marcha.

Parecería ser que a ella no le basta tener unos hermosos senos morenos o quizá no es capaz de ver la belleza en su propio cuerpo. También la he escuchado quejarse de sus ojeras, que a mí me parecen primorosas.

Susan Sontag dijo algo así como: "El problema no es querer ser bella, el problema es que sea una obligación".

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.