EL BLOG
24/04/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 24/04/2018 11:01 AM CDT

Pedalear para ser feliz

Después de superar el miedo a los baches, tan profundos como hoyos negros del espacio sideral; el miedo a los microbuses que me aventaban la lámina, a los coches que a la señal de amarillo en el semáforo aceleraban en vez de parar, a los topes tan altos como muralla china, a los peatones que caminan debajo de las banquetas, por fin, tomé la decisión de salir a pedalear de forma continua.

Desde entonces, puedo disfrutar del sol y del paisaje urbano. Pero ver una mujer circulando en las calles del Oriente de la Ciudad de México era muy raro. Transcurría el año 2009 y en solidaridad con mi hijo, a quien los Reyes Magos le regalaron una bici con rueditas estilo "gótico" que el mismo Batman envidiaría, me compré una bici a la que bauticé con el nombre de Matilda.

Matilda y yo fuimos muy felices durante cinco años, pero en diciembre de 2016 la robaron del estacionamiento para bicis que está en el metro de Pantitlán. Un sitio que el gobierno de la CDMX presume como único en su tipo, pero al que olvidó dotar con seguridad para los usuarios. Al regresar del trabajo la busqué y no encontré ni la cadena. Pregunté a los policías y los comerciantes del sector informal que están sobre las banquetas y nadie vio nada. Me indignaba pensar que no muy lejos de allí el ladrón se deleitaba mirándome sufrir por la pérdida.

Gretta Penélope Hernández

Por decisión propia no tengo auto. Las veces que junté el dinero para el enganche, desistí de la idea y opté por irme de viaje. No me gusta manejar, no me gusta la neurosis de los automovilistas. Los costos de estacionamiento, del seguro, de la tenencia, gasolina y el mantenimiento del auto en general me parecen absurdos. Tiene sus ventajas, claro está, pero yo no estoy dispuesta a agregar esa renta a mi vida. Paro mí, la bici es el instrumento con el cual voy al metro, al banco, al súper, al mercado. De tal suerte que, el robo de la bicicleta trastornó mis días.

Un mes después del hurto de Matilda fui a la famosa calle de San Pablo a comprarme una nueva "amiga". No contaba con mucho presupuesto, pero sabía bien lo que quería. Compré una marca mexicana. Mi nueva amiga se llama Lola y es bonita, bonita.

A Lola le tocó vivir conmigo el cáncer de mamá que me dejó fuera de combate casi por un año. Pese a los mareos que me provocaron las 35 sesiones de radioterapia, seguí usando la bici para llegar al metro Puebla y de allí trasladarme a la zona de hospitales en San Fernando. Al regresar de las sesiones con la piel quemada y las nauseas, era una bendición ver a Lola al pie del metro esperándome para llevarme a casa.

A partir de ese instante, la bici no solo me ayudó a realizar mis actividades diarias, también ayudó a disminuir el dolor físico.

La bici me ha salvado del dolor. El medicamento que debo tomar por 4 años para disminuir el riesgo de que el cáncer regrese me provoca dolor de huesos. Una tarde en que caí fulminada por la radioterapia y el suplicio en el esqueleto, lloraba en silencio aguantando el tormento. "Cada día falta menos", me repetía. En medio del desconsuelo, una epifanía me alentó a salir a pedalear. Sequé las lágrimas, me puse el casco, agarré a la Lola y nos fuimos a la Ciudad Deportiva. El dolor en los huesos punzaba por todo mi cuerpo, pero el aire que entraba a mis pulmones, el viento en mi cara, los árboles, el sol de media tarde, eran más poderosos. "Estoy viva", me repetía y pedaleaba con más fuerza. A partir de ese instante, la bici no solo me ayudó a realizar mis actividades diarias, también ayudó a disminuir el dolor físico. A no sentirme enferma, a sentirme libre.

Con el paso del tiempo he adquirido mayor destreza para andar en las calles y sortear a los automovilistas que nos odian. Uno de ellos se cruzó en mi camino y furioso me gritó: "¡Las calles son para los autos, no para los ciclistas! ¡Lárgate de aquí!". Con estoicismo contesté: "Las calles originalmente fueron para los peatones, luego para los caballos. Tiempo después para los autos y para las bicis. Si se trata de ponerse ortodoxo, usted debería vender su auto y comprarse un caballo".

—Te van a matar—sentenció furioso y arrancó su auto dejándome dentro de una nube de monóxido de carbono.

Gretta Penélope Hernández
Por decisión propia no tengo auto. Las veces que junté el dinero para el enganche, desistí de la idea y opté por irme de viaje.

Después de ese episodio y consciente de que circulo según las reglas de tránsito para los ciclistas, hice oídos sordos a los insultos. "Sé que estoy en mi derecho y voy a ejercerlo", me repito cada vez que los bocinazos y las ofensas intentan aterrarme. Como hace nueve años, cuando el chofer y el cobrador de la ruta "Pino Suárez-Pantitlán" me persiguieron durante varios metros por la avenida Rojo Gómez. "¡Pinche gorda, este no es lugar para ti!", gritó burlón el cobrador desde el escalón de la puerta delantera del microbús. El chofer conducía su camión pegado a mí y me cerraba el paso. Seguí pedaleando hasta encontrar una calle y me escabullí.

Pero no todos los automovilistas se creen dueños de las calles. En una ocasión un hombre me persiguió largo rato gritándome "oye, oye", hasta que me alcanzó en un semáforo en rojo. "¿Desde dónde vienes?, te vi en metro Ciudad Deportiva y desde allí hemos circulado a la par", preguntó sorprendido. Estaba anocheciendo y las avenidas estaban congestionadas. Ese día había dejado la bicicleta en una estación del metrobús. "Desde la delegación Iztacalco", contesté con cierta suspicacia. "¡Qué bárbara! Había tenido dudas sobre dejar el auto y usar mi bicicleta, pero ahora me has demostrado que los autos entorpecen la vialidad", agregó.

¡Claro! Además de mejorar la circulación, el uso de la bicicleta no contamina, te ejercita y sobre todo te da libertad. Eso quise contestarle, pero solo le sonreí y seguí feliz mi camino a casa.

Como sucede en todos los ámbitos, existen imprudentes al manubrio. Son los mismos individuos que se crean invencibles y aman pasar por encima de cualquiera, pero somos muchos, muchísimos otros que con la plena conciencia queremos apoderarnos de nuestro legítimo derecho a circular en bicicleta. Después de todo, está en nuestras manos contribuir a construir sociedades donde quepamos todos, cómodamente.

Gretta Penélope
Además de mejorar la circulación, el uso de la bicicleta no contamina, te ejercita y sobre todo te da libertad.

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