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29/04/2018 11:00 PM CDT | Actualizado 30/04/2018 12:54 PM CDT

La señora Hyde y el fantasma del pasamanos

Emma Kim via Getty Images
¿Cuáles fueron sus mejores travesuras?

Para Jesús y Genaro, que pronto serán padres.

Corrí con suerte. Mi buen karma me acompañó desde niña, y aunque no fui traviesa, o eso creí, no estuve exenta de cometer disparates. Por ejemplo, solía verter en un vaso la colonia para después de afeitar que usaba papá; era una enorme botella traslúcida con una etiqueta que tenía una pintura bucólica; también agregaba perfume de mamá, crema de afeitar y pasta de dientes. Todo lo revolvía con el mango del cepillo de dientes de mi hermana y luego fingía beberlo. Me subía al banco para alcanzar el espejo del baño y ver cómo me convertía en el señor Hyde. Con los ojos entrecerrados, los dientes por fuera del labio inferior y el cojeo, perseguía a Silvestre, mi gato negro de patas blancas que una vecina infielizada envenenó y mamá insistió en consolarme diciendo que el minino solo dormía.

Pese a ser una niña del bando de los rudos, ¿quién no quiere ponerse los tacones su mamá? La mía tenía unos de color de crema, la puntera permitía que los dedos se asomaran. Eran mis favoritos. Me los puse y caminé con un falso aire de distinción, até una larga toalla al cuello -como capa real y me dirigí a las escaleras. Hasta allí llegó mi despliegue de elegancia. Un pie se torció y caí girando como cachanilla seca. Al llegar al final de los peldaños, me sorprendió estar viva y con todos los huesos en su lugar. Ni una gota de sangre.

No recuerdo con precisión qué perfume era, pero mamá me tenía prohibidísimo usarlo. Sin embargo, la advertencia no aplicaba para probarlo a escondidas. Mamá se fue al mercado, aproveché su ausencia y corrí a la cómoda, abrí el cajón de abajo para usarlo de escalón y llegar a la preciada botella dorada. Cerré los ojos y la espalda una, dos, tres veces sobre mi pecho. El olor era perturbador, me dolió la cabeza, la nariz me picó y estornudé repetidamente.

-¡Huelo mucho! ¡Mamá me regañará!- pensé después de percatarme de mi falta. Lo que sucedió a continuación no lo puedo comprender. En mi lógica de escaso gramaje, creí que si le prendía fuego a la prenda podría desaparecer el olor, y quizá hubiera funcionado... si no lo hubiese hecho con la ropa puesta. Acerqué el cerillo a mi pecho y una llama prendió al instante. Apagué el fuego con las palmas y como pude me la quité. El segundo acto, que tampoco alcanzo a comprender, es que guardé la playera en la parte más recóndita de mi cajón. ¿Por qué no la tire a la basura, o al patio del vecino? Días después del accidente, mamá, que entraba una vez a la semana para poner un verdadero orden a mi recámara, encontró la camiseta chamuscada.

Impresionada preguntó: "¡Penélope!, ¿qué pasó aquí?" Con la cara pálida expliqué la trágica escena. "Pero, ¿cómo puedes pensar que me enojaría?", argumentó mamá asustada, "pusiste en peligro tu vida". Mamá examinó mi pecho y descubrió una mancha roja. Me abrazó con lágrimas en los ojos. "Prefiero perder mil botellas de perfume, que una hija", me dijo. Me salvé. Esa vez entendí que el fuego y los perfumes no se mezclan.

Pese a las locuras, nunca sufrí un severo daño por mis actos.

Otra osada estupidez cometida en la infancia fue cuando mi hermana menor confesó su terror por las mariposas de la muerte. Se refería a la lepidoptera nocturna que en la creencia popular es aviso de muerte. En mi deber de hermana mayor decidí acabar con las mariposas, para ello, utilicé los pañuelos de papá y los embadurné de vaporu. Salimos a la azotea, nos colocamos los pañuelos como máscaras de bandidos y nos acercamos a las ramas del pirul donde pensé que estaría su escondite. Cuando encontré a las primeras mariposas la rocié con agua y repelente de mosquitos, una pócima creada exprofeso en mi laboratorio-baño. Mi hermana, que tenía los ojos irritadísimos por el ungüento, no soportó más, lloró y corrió a buscar a la abuela. Yo hice algunos quijotescos esfuerzos por deshacerme de las mariposas, pero el viento estuvo en mi contra y lo único que conseguí fue un ataque de asma.

La Arboleda era el el nombre del jardín del niños al que asistí. Era pequeñito, tenía maestras amorosas y estaba al lado de una iglesia. Los lunes nos llevaban a misa y el padre nos recibía en la entrada con la mano extendida para que la besáramos. Yo no lo hacía, me daba asco, además crecí en un hogar ateo, a dios gracias. Cuando era mi turno, le daba la mano y de buena gana, él me devolvía el saludo.

En la parte trasera del kinder arrumbaban los juegos carcomidos por la lluvia. Había un pasamanos invadido por la pátina donde una niña aseguró haber visto a la Llorona. Incrédula, fui con otros compañeros a realizar una expedición. Y para mi sorpresa, allí estaba. Era una mujer de piel grisácea con un raído camisón. Tenía cabello hirsuto que le cubrían las cuencas vacías que tenía por ojos. Lo más peculiar era que descansaba sobre su costado en la parte alta del pasamanos. Así creí verla y así la describí a mis compañeros que al unísono gritaron aterrorizados. "Vamos a matarla", clamé envalentonada, "mañana debemos traer cuchillos para acabar con ella". "¡Sí!", volvieron a bramar los pocos niños que aún no huían. Al siguiente día, en vez de entrar a mi salón de clases, fui llevada a la dirección para explicar mi levantamiento en armas. Un par de niños sí hurtaron los cuchillos cebolleros de sus casas. Yo había olvidado por completo a la Llorona y a la insurrección.

Pese a las locuras, nunca sufrí un severo daño por mis actos. Ahora que soy madre, me sorprende que mi hijo sea infinitamente más tranquilo que yo, que no vea fantasmas y que prefiera pasar las horas construyendo con legos réplicas de naves de Star Wars. Pido al cielo que así continúe.

Ahora cuéntenme, ¿cuáles fueron sus mejores travesuras?

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.