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12/06/2018 12:00 PM CDT | Actualizado 12/06/2018 1:10 PM CDT

Votar o no por AMLO

Carlos Tischler/Getty Images
A López Obrador, de forma tal vez inconsciente, le pedimos más.

Parto de una certeza y una convicción propia: México va muy mal y debe cambiar. El cambio puede ser en las personas, en las instituciones, en las leyes o en todo. El caso es que, nos guste o no, lo más probable es que López Obrador sea el próximo presidente de México y eso nos obliga a pensar en él, de forma objetiva, exigente y crítica. Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre.

López Obrador es sin duda un político exitoso. Para bien y para mal, la gente habla de él. Los otros candidatos y sus campañas, le son ya contextuales. Su éxito le ha venido más por la ineficiencia de sus contendientes que por su propio mérito. Ha hecho de su movimiento y de su persona, el centro inequívoco de esta elección y todos nos esmeramos en pensarlo, a él. Algunos como un peligro y otros como un héroe nacional. Unos como la cuarta transformación y otros como el regreso en el tiempo a la década del setenta que anticipará la conversión de México en una república bolivariana.

Es tanta la (des)información, de todos lados, que resulta muy difícil y complejo hacerse una opinión cierta y objetiva sobre López Obrador. Es un juego de luces y sombras provocado, en primer lugar, por él mismo.

Es un ejercicio esquizofrénico tratar de entender al candidato.

La lógica electoral, usualmente lo olvidamos, es de estrategias para hacerse de electores. La incertidumbre y falta de precisión han sido la de López Obrador y todo parece indicar que conseguirá el único resultado aceptable, la mayoría de votos. En esa medida, su estrategia de claroscuros le ha funcionado. Al mismo tiempo y en otros temas, usa otra estrategia complementaria, la de confrontar y conciliar; acusar y perdonar; polarizar y ofrecer amor y paz. Es un ejercicio esquizofrénico tratar de entender al candidato.

A López Obrador se le exige más. De forma tal vez inconsciente, le pedimos más respuestas y mayores precisiones. Esto, porque es el puntero y probablemente el ganador, porque lleva 12 años en lo mismo y porque pregona la honestidad. Esta última vara él se la ha puesto; las otras dos son meras consecuencias de su propia historia y del país.

En los claroscuros de López Obrador hay matices, como en cualquier tono de gris. Hay muchas cosas incomprensibles fuera de una lógica electoral. Como la alianza con el PES o la invitación a priistas y panistas conservadores y oportunistas a ocupar candidaturas, que desdibuja una plataforma ideológica creíble. Otras, como la incertidumbre en torno a las relaciones internacionales, el comercio exterior, la reforma energética, los derechos de minorías, entre otros, generan preocupación por su relevancia económica, política y social.

Cesar Rodriguez/Bloomberg via Getty Images
Yo soy más bien escéptico, un día me entusiasma AMLO y otro me preocupa.

Lo que preocupa

Hay certezas que alarman, como la pretendida revocación de la reforma educativa, que si bien en el debate se confrontan los derechos de los trabajadores de la educación, no pueden, bajo ninguna circunstancia, sobreponerse a los derechos de la niñez, en donde está el futuro. La adopción del modelo de sustitución de importaciones y la cancelación (o no) del nuevo aeropuerto. O el autoritarismo y la poca democracia con que se conduce su partido político, que pudieran ser un reflejo de su estilo personal de gobernar. Sobre todo, apelar a consultas populares en temas como derechos humanos o reformas económicas trascendentes, es una propuesta atractiva pero falaz. Es olvidar los pilares de la democracia orgánica en donde no todo es el voto, sino que más importante aún, es la calidad de la representación y el compromiso ciudadano con la participación cotidiana. Es desdecir la política como instrumento de transformación.

Pero López Obrador también es el único que ha propuesto una forma diferente de articular nuestra vida colectiva, al poner en el centro la igualdad de oportunidades, la movilidad social y la reducción de la pobreza. El único que propone solucionar la inseguridad en México de forma diferente, que coincidamos o no, pone sobre la mesa la atención a las causas y una manera distinta de hacer las cosas (justicia transicional, en palabras de Olga Sánchez Cordero) y que es indispensable debatir.

Es el que ha hecho su lema de campaña la honestidad, como valor que se encuentra escondido en nuestra vida pública. Es el único que cuando menos parece estar comprometido con acabar con la impunidad y la corrupción. Es quien ha llamado las cosas por su nombre, al señalar a la iniciativa privada y a empresarios, con muchas honrosas excepciones, como corresponsables de la crisis por las que atraviesa México. Es quien cree en una verdadera transformación.

Hay certezas que alarman, como la pretendida revocación de la reforma educativa.

López Obrador, como cualquier persona o candidato, tiene virtudes y tiene defectos, lo mismo que su oferta política y sus propuestas electorales. Muchas de ellas hay que mirarlas en código electoral. No se le puede negar su liderazgo social, ni su resistencia, tenacidad y condición física (la política de largo plazo es eso, un ejercicio de resistencia física y mental). Mucho de lo que sabemos de López Obrador, las incertidumbres e imprecisiones, se las debemos a él. Otras, a la lógica de una contienda por la presidencia.

No sé si López Obrador realmente se piense a sí mismo como el sucesor natural de Hidalgo, Juárez y Madero y que con su gobierno venga la cuarta transformación nacional. Tampoco creo que su sexenio nos conduzca a la debacle ni que existan las condiciones para que el busque reelegirse. México, con todo y sus enormes crisis, es un país de instituciones y contrapesos que valen. Sobre todo, hay una ciudadanía organizada emergente que será el elemento clave en los próximas décadas.

Hay muchos quienes ponen atención casi total a uno u otro aspecto de López Obrador, de ahí que su apoyo o rechazo sea total, sin matices. Yo soy más bien escéptico, un día me entusiasma y otro me preocupa. Soy una consecuencia natural de los claroscuros de López Obrador. De ganar la presidencia, mal haríamos en ser ciudadanos de redes sociales y tomar decisiones a través de videos de WhatsApp. Es nuestra obligación informarnos, ser críticos y exigentes con el presidente, pero también con el Congreso y la oposición.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.