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11/07/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 11/07/2018 9:36 AM CDT

El contrapeso de AMLO

Un nuevo legislativo para el nuevo gobierno.
Edgard Garrido / Reuters
Un nuevo legislativo para el nuevo gobierno.

Las próximas diputadas y senadoras heredarán un Congreso de la Unión raquítico. Una institución del Estado mexicano que olvidó por seis años o más una de sus funciones primordiales: ser contrapeso al Ejecutivo. En ello, por supuesto, llevan más responsabilidad los partidos de oposición, porque de ellos dependía, en buena medida, la dignidad del Poder Legislativo como balance del poder y pilar de nuestra democracia representativa.

El resultado de la elección vio pasar de largo los argumentos que proponían, como condición de gobernabilidad, el establecimiento de mecanismos que garantizaran mayorías estables en el poder legislativo. El mandato democrático fue claro y no se necesitó de medidas ajenas al voto, como el gobierno de coalición. Además, ya Peña Nieto había demostrado que no era necesario contar con mayorías en el Congreso para transitar y empujar la agenda legislativa del presidente. El caso del Pacto por México no es otra cosa que la 'constitucionalización' de los acuerdos políticos.

Fue Vicente Fox quien puso el dedo en el renglón de las mayorías estables, al decir que "el Presidente propone y el Congreso dispone". Es una falta de apreciación de la verdadera labor política, en tanto que el acto de gobernar es consensar.

Desde 1997 ningún Presidente ha tenido mayorías en ambas cámaras del Congreso de la Unión y, en términos generales, no han habido parálisis legislativas, salvo algunas excepciones, y en temas muy específicos. Cosa de contar las reformas constitucionales por sexenio: VFQ: 31; FCH: 110; y EPN: 154 a la fecha.

Estas reformas requieren de mayoría calificada tanto de la Cámara de Diputados como del Senado de la República y la mayoría de las legislaturas de los estados. Algo parece entonces no encajar en los análisis, temores o críticas sobre la mayoría en ambas cámaras que obtuvieron López Obrador y Morena.

Pareciera ser que el consenso cederá ante la mayoría democrática y que la oposición en buena medida será testimonial, como en tiempos del partido hegemónico.

Si nuestra historia reciente demuestra que ante congresos divididos los presidentes pudieron sacar toda, o buena parte de su agenda legislativa, entonces ¿qué cambia ante la nueva realidad mayoritaria?

Un congreso dividido obliga a hacer política, a llegar a acuerdos con la oposición representada en el poder legislativo. En sí mismos, los consensos y acuerdos en política son el medio por excelencia de toma decisiones en democracia. Lo malo es que en México, cuando menos en el sexenio que termina, parece que el consenso fue precedido por arreglos no necesariamente democráticos y transparentes. Por ejemplo el fondo de gestión, también conocido como "el fondo moches". Una cosa es pactar un acuerdo en que se concilien las posturas programáticas y otra muy distinta es acordar el tránsito de una propuesta legislativa o un nombramiento a cambio de beneficios personales. Llamémosle el consenso de bolsillo.

Ante una mayoría estable como la de Morena en las dos cámaras del Congreso de la Unión, pareciera ser que el consenso cederá ante la mayoría democrática y que la oposición en buena medida será testimonial, como en tiempos del partido hegemónico.

El Presidente no necesitará, en principio, de acuerdos para avanzar en su agenda legislativa, sino apelar a la disciplina partidista y simplemente contar el número de votos. Es decir, una imposición mayoritaria. En el caso de reformas constitucionales, que requieren mayoría calificada y que Morena no tiene, será necesario hacerse de un puñado de votos en cada cámara para contar con los votos necesarios.

Las mayorías de Morena en el Congreso no serán oposición, pero no deben olvidar que sí son el contrapeso institucional por excelencia, esperemos que uno institucional y responsable.

Usualmente observamos al Poder Legislativo, en sí mismo y frente al Presidente de la República, en su función de creador de normas. Facultad trascendente en cualquier democracia constitucional, pero no la única, y en la actualidad no necesariamente la más importante. En el caso de los recientes gobiernos divididos, específicamente este que termina, el balance debe hacerse en retrospectiva. No en la producción normativa, sino en el consenso de bolsillo que produjo la minimización de la oposición, y en el adelgazamiento de los contrapesos del Poder Legislativo sobre el Ejecutivo.

Es decir, esa función del Congreso va mucho más allá de la mera agenda legislativa y se conduce por medio de la rendición de cuentas, las facultades investigación, la aprobación del presupuesto, el análisis de la política exterior, los nombramientos, la función de fiscalización del gasto público, la aprobación del Plan Nacional de Desarrollo y la Estrategia de Seguridad Pública, entre otros.

Lo que nos deja el Congreso que se va es la reducción famélica de una función de Estado, esencial e indispensable para cualquier democracia: el contrapeso institucional. Es este un pilar fundamental de cualquier democracia y que es necesario rescatar. Las mayorías de Morena en el Congreso no serán oposición, pero no deben olvidar que sí son el contrapeso institucional por excelencia, esperemos que uno institucional y responsable. Porque al final, como dice Dieter Nohlen, "las instituciones tienen mayor incidencia que los hombres".

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.