EL BLOG
23/01/2018 7:00 AM CST | Actualizado 23/01/2018 9:22 AM CST

Sobrevivir a la viudez a los 33 años

Instrucciones para leer el siguiente texto: toma tus audífonos y dale play a Help me Lord, de Micah.

Soy una viuda. Perdí al amor de mi vida hace casi 6 semanas y me he quedado tomando de la mano a nuestra pequeña de 2 años y con un inmenso vacío dentro del pecho.

¿Hay forma de sobrevivir a esto? Algunos días pareciera que sí, pero otros -que a veces son la mayoría- el camino de subida es brutal. Voraz. Entonces el único remedio es aferrarse a los maravillosos recuerdos de un amor perfecto, a la sonrisa de Paco que aflora en los labios de mi hija y mantener el paso firme, sin importar el viento en la cara (o a favor de él), para llegar al otro lado de la orilla.

Y esta profunda tristeza con la que uno despierta y se va a dormir, que es tan clara que si estiras la mano la alcanzas a tocar, no impide sonreír y creer que en el futuro, el dolor irá desapareciendo y entonces, aún con las cicatrices que surcan mi piel, vendrán tiempos mejores.

¿Cómo se sobrevive a la viudez? No tengo ni la más remota idea, pero puedo decir cómo intento llegar al final de cada día recuperando pedacitos para irme reconstruyendo.

Hay otra clave camino a la recuperación: la gente que me ha rodeado.

Decir también que mi vida no cambió al blanco y el negro, que los colores me siguen nutriendo; que su música, mi música antes de él y las nuevas canciones que voy aprendiendo, también ayudan. Porque hubo una vida antes de Paco, hubo una caja llena de sueños y mil cuadernos con anotaciones, claro que de eso recuerdo poco porque él me llenó de una forma tan completa que nunca tuve necesidad de ver por el retrovisor. Hasta hoy. Y ese vistazo por encima del hombro, discreto e inseguro, me hace sentir viva.

Y esa sensación ayuda a sobrevivir.

Hay otra clave camino a la recuperación: la gente que me ha rodeado. Los viejos amigos, la amorosa familia, los colegas del trabajo, los compañeros de mi vida. Todos tejiendo redes que nos sostienen a Ámbar y a mí. Y que nos regresan al ruedo apenas damos un traspié. Ellos que han empacado, mudado, conseguido, creado, conversado, escuchado hasta el cansancio. Que me han cocinado, dado mezcal, me han abrazado intentando juntar mis piezas o puesto su mano sobre mi pecho queriendo pegar mi corazón.

Todos ellos que son refugio. Ellos que me han hecho querer agradecer en los momentos de mayor dolor.

Supongo que al final sí hay formas de sobrevivir a esto. Confiando en las buenas memorias, permaneciendo al centro de las redes de apoyo. Encontrándome en los ojos miel de mi hija cuando me siento perdida.

Lo demás viene por añadidura. Incluso los días más hostiles que convierten en puñal las madrugadas. Esos días en los que amanece más temprano y que dejan un frío gélido en las plantas de los pies que dura toda una jornada. Esto también es añadidura. De la vida, de los costos que a veces tiene, de las sorpresas incomprensibles que te da.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.