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17/09/2018 9:15 AM CDT | Actualizado 17/09/2018 3:20 PM CDT

Racismo: el miedo que mantiene a los mexicanos separados

BERNANDINO HERNANDEZ /CUARTOSCURO.COM
Se teme a lo que no se conoce. Es ese mismo miedo el que nos mantiene a los mexicanos separados,

Cuando tenía unos catorce años iba subiendo la pirámide del sol con mi papá cuando un señor y su hija bajaban del otro lado. "Mira ese pinche gringo gordo con su hija y con la lengua de fuera". Lo alcanzamos a escuchar. Mi papá y yo nos miramos sorprendidos, no había nadie más cercano a nosotros. Vimos desde arriba al señor que continuaba descendiendo con su hija y mi papá entonces me dijo: "¿Qué le iba a decir, que sí soy pinche, sí estoy gordo, traigo la lengua de fuera y vengo con mi hija? Pero no la amueles, no soy gringo".

Esa es tal vez la primer historia de racismo que recuerdo en mi vida. Claro, sin contar a la maestra que en segundo grado de primaria comenzó a decir que todos los españoles eran malos, malos, malísimos. Finalmente, yo, que crecí pasando parte de mi vida en el sur de España donde nació mi mamá y donde aún viven mis tíos y mis primos, me levante para decirle que estaba equivocada: "Maestra, mi mamá es española, y mis abuelos, y mis tíos y mis primos y no son malos". Después se levantó atrás de mí otra compañera cuya mamá era también española y respaldó lo que yo decía.

Desde entonces mi vida como güera y de raíces gachupinas ha marcado mi historia. Es difícil esconder el color de la piel, aún cuando viví años y años en la costa, sin zapatos y bronceada. Aunque en algún momento de la universidad que me haya pintado el pelo de negro, nunca sería lo suficientemente mexicana.

Así lo dijo una vez una académica de la UNAM de ascendencia yiddish ya hace algunos años. "Acá, nadie es lo suficientemente mexicano, uno es o demasiado güero o demasiado moreno o demasiado indio". Aún así, cuando pensamos en el racismo en México, lo pensamos en contra de quienes se ven más indígenas.

Nos pensamos tan distintos que tal vez no queremos descubrir que en el fondo no lo somos tanto.

Además, tal como le contestó mi mamá una vez a un guía en el museo de historia después de que se había pasado todo el recorrido hostigándola y culpándola a ella directamente de las atrocidades de la conquista: "Estás hablando de tus antepasados, no de los míos, los míos todos se quedaron allá". Fin de la discusión, el guía no supo qué decir y el recorrido continuó.

Y es verdad, esa misma raza que amamos odiar es parte fundamental del mestizaje que ha resultado en el México y el mexicano de hoy. Al mismo tiempo que odiamos al gachupín, adoramos al Real Madrid y nos sentimos hijos de Quetzalcóatl.

Y después de los españoles, llegaron muchos más. Muchos que eran aún más güeros, como los ingleses, quienes llegaron a Hidalgo en 1820 para trabajar en las minas. O los irlandeses, quienes vinieron a luchar de nuestro lado en la guerra México-estadounidense. Canal Once produjo una serie titulada "Los que llegaron", en la que hace un breve recorrido por las historias de los diferentes grupos de inmigrantes que arribaron a nuestra tierra dejándonos entre todos una riqueza extrema de colores, sabores y aprendizajes. Como el taco al pastor que surgió en la Ciudad de México después de la llegada de libaneses en los treintas, o el género de música chilena distintivo de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca, que llegó México durante la fiebre del oro de California por medio de marinos chilenos que se dirigían hacía allá y aquí se mezclo con ritmos e instrumentos afromestizos.

Aún así, a pesar de que somos una mezcla cultural que debería apreciarse y abrazarse por la riqueza que eso trae, el racismo está presente todos los días y en muy distintas y sutiles formas.

Recuerdo hace algunos años que asistí a la Guelaguetza Radial en Guelatao de Benito Juárez, uno de los más grandes encuentros de radios indígenas y comunitarias de Oaxaca. Yo, acostumbrada ya a ser la más güera en este tipo de eventos, iba preparada a que me vieran diferente, por así decirlo. Para lo que no iba preparada era para lo que pronto descubriría.

Nos quedaríamos unos días en una escuela en la parte alta del pueblo. Allí, en un salón instalé mi colchoneta y mis cosas al lado de una compañera que acababa de conocer. En esta historia la llamaré Soraya. Pues Soraya venía de un pueblo retirado entre Oaxaca y Guerrero y, al igual que muchas personas en la Costa Chica, Soraya tiene ascendencia negra. Tiene pelo rizado, piel amulatada, nariz ancha y ojos miel.

Soraya y yo, tal vez sin darnos cuenta en ese momento, nos habíamos juntado gracias a que éramos diferentes. Entonces, en la primera mesa redonda del día donde todos hablamos sobre los retos y problemas que enfrentábamos en nuestras comunidades y con nuestras radios, una chica tomó la palabra. "Nosotros tenemos un problema, verá, pues resulta que aquí la compañera Soraya, comenzó a venir a nuestra radio ya hace un tiempo. Y espero no ofenderla, pero ellos vienen de una comunidad muy pobre y caminan hasta 2 horas para llegar a la radio. Primero empezó a venir su hijo, luego ella y ahora viene su marido también. El problema es que nosotros estamos recibiendo llamadas y mensajes de la gente que dice que ya no van a escuchar nuestra radio hasta que se vayan esos pinches negros, porque nuestra comunidad es una comunidad indígena y no negra".

Soraya y yo, tal vez sin darnos cuenta en ese momento, nos habíamos juntado gracias a que éramos diferentes.

Me quedé helada. Recordé cómo años atrás en alguna ocasión mi papá me había hablado de lo poco reconocida que está la comunidad afromexicana, (tanto que el autocorrector quiso cambiar la palabra a afroamericanos reiteradas veces) y los muchos rasgos que se encuentran mezclados en muchos de nosotros.

Al terminar la mesa redonda y el resto de actividades de ese día, caminé con Soraya a nuestra habitación y le pregunté incrédula si lo que la chica de su radio había dicho era cierto. No podía creer que de entre todos los lugares, fuera en la Costa Chica donde se sintiera ese racismo hacia la gente de descendencia negra. "Uy sí compañera, si usted supiera,la mamá de mi marido es blanquita y ella no puede verme ni en pintura", me dijo.

A partir de ahí, Soraya y yo nos volvimos inseparables, forjando una amistad que procuramos hasta la fecha. El entorno en el que crecimos y nos desarrollamos no pudo ser más diferente. Yo, en los suburbios de la Ciudad de México, hija de una española recién llegada, y ella en un pueblo entre la montaña y el mar con un padre orgulloso del color obscuro de su piel y de sus creencias religiosas tan distintas a las del cristiano colonizado. "Mi papá me dice que en lo que tú pongas tu fe va a darte esperanza. Si tú quieres creer en un palo, ese palo te dará esperanza", me comentó.

Oaxaca y Guerrero tienen la mayor parte de afrodescendientes en México, seguidos de Veracruz, Michoacán, Chiapas y Coahuila. Aún así, los indígenas de la Costa Chica del Pacífico consideran que los afromestizos, como se les llama en la mayor parte de estudios antropológicos, son inferiores a ellos. No son dignos de compartir con ellos sus comunidades o sus radios.

El México que conocemos hoy es una mezcla de lo que había cuando llegaron los españoles con lo que trajeron y los que han llegado después. Y como una maldición, la culpa del conquistador y el rencor del conquistado nos hace ver los matices mucho más marcados y el entendimiento más inalcanzable.

En las primeras expediciones de Hernán Cortés llegaron afrodescendientes, primero como parte de la tripulación y años después se les trajo como esclavos. Y aún siguen estando lejos de ser reconocidos como lo demuestra este artículo de BBC donde nos cuenta la historia de dos afromexicanas que fueron deportadas, una a Honduras y la otra a Haiti, ya que las autoridades mexicanas estaban convencidas de que en México no existían personas negras.

A pesar de que somos una mezcla cultural que debería apreciarse y abrazarse por la riqueza que eso trae, el racismo está presente todos los días y en muy distintas y sutiles formas.

Se teme a lo que no se conoce. Una vez a mi prima, que caminaba por el centro de la Ciudad de México, unos vendedores le gritaron: "Güerita, ¿qué te damos?, ¿además de miedo?" Y es ese mismo miedo que nos mantiene a los mexicanos separados, que hace que caminemos sin mirarnos y sin querer escuchar nuestras historias porque nos pensamos tan distintos que tal vez no queremos descubrir que en el fondo no lo somos tanto.

La realidad es que gran parte de la gama de colores que hacen al mexicano güero, mestizo, afromestizo o indígena de hoy en día sufren de discriminación día con día.

Una vez, estando en San Cristóbal de las Casas, una mujer chamula se negó a creer que era mexicana, diciéndome que ella conocía a los mexicanos y que no se veían como yo. Le dije que tenía amigas que eran aún más güeras que yo y con ojos azules que también eran mexicanas, pero se negó a creerme. Cuando le enseñé mi pasaporte, convencida de que finalmente entendería que a pesar de vernos distintas, compartíamos el mismo país, me contestó que los pasaportes, "nosotros los foráneos los comprábamos".

"Para la mayoría de los mexicanos es una experiencia personal, una serie de discriminaciones y pequeñas humillaciones que muchas veces no sabes a qué se deben", dice Federico Navarrete autor del Alfabeto del racismo mexicano en entrevista para el periódico El País. Entrevista en la que por cierto, también se ignora o no se menciona en lo absoluto a los afromexicanos.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.

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