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16/03/2018 9:00 AM CST | Actualizado 16/03/2018 10:06 AM CST

Lo que tienes que saber antes de irte a vivir como hippie a la playa

Onfokus via Getty Images

Los primeros años de mi infancia los pasé vacacionando en Chacahua, Oaxaca, donde por varios años vivió un hermano de mi papá con su actual esposa en una Combi. Crecí diciendo que iba a visitar a mis primos "los negritos" con quienes me encantaba jugar y perderme entre las palmeras. Y no fue sino hasta hace poco que mi mamá me contó que decía eso porque mi papá me había convencido a base de repetición de que todos los niños del pueblo eran hijos de mi tío Paco. Yo, que tenía 3 y luego cuatro años, no sabía de razas ni de genética y me lo creí por completo. Vivieron así, hasta que un día mi tía, con la panza de 7 meses de mi prima y preparando el biberón para mi primo de 2 años, le dijo a mi tío al volver de una expedición en la selva que tenían que civilizarse.

Poco después lo hicieron, se fueron a Puerto Morelos en aquellos tiempos en los que Playa del Carmen era prácticamente la gasolinera de Cozumel y el pueblo de Tulum una llantera en medio de la selva. Ahí vivían alejados del pueblo, y fue a través de ellos que nosotros tuvimos la suerte de aprender que había otro mundo más allá de las grandes ciudades y los videojuegos. Se llamaba naturaleza.

Mi primo, el más grande de esa familia, es un año mayor que mi hermana y cuando éramos todos chiquitos, un día él le preguntó a su papá que por qué, si mi hermana era más chica que él, ya sabía leer y él no. Mi tío, sabiamente le respondió que sí, pero que mi hermana (quien vivía en ciudad) no sabía distinguir las huellas de un jaguar en la selva o si una planta podía producir urticaria o no. Tenía razón. El conocimiento necesario para desenvolverte en un lugar o en otro es relativo y para mi primo era mucho más importante saber qué animales estaban cerca o qué plantas eran venenosas que leer.

Aprendí que las heridas se curan llenándolas con sal y que en las playas de Oaxaca, en algunas de las rocas cercanas a la orilla en el mar crece un alga que es riquísima para ensaladas o con chilito y limón.

Ahora todos ellos tienen también una carrera y una profesión, pero con experiencias y conocimientos bien distintos.

Con esta historia empiezo mis consejos para irse a vivir la vida hippie ya que es básico tener presente que el conocimiento es relativo y que los locales o nativos de cualquier lugar saben muchas cosas que uno no sabe y tienen muchísimo que enseñarnos. Por eso importante que hables con ellos: cruza a la parte no turística o no hip de los lugares para realmente conocer la situación que existe en nuestro México más profundo. A mis treinta y tantos y después de haber vivido en Holbox por un tiempo y en Mazunte por varios años, puedo decir que he aprendido tanto de los pescadores y de las mujeres luchonas de la costa que no podría haber aprendido en ningún libro de la biblioteca.

Aprendí que las heridas se curan llenándolas con sal y que en las playas de Oaxaca, en algunas de las rocas cercanas a la orilla en el mar crece un alga que es riquísima para ensaladas o con chilito y limón; que los tlacoaches se hacen los dormidos cuando se sienten en peligro y que las chicatanas u hormigas culonas son una de mis botanas preferidas.

Ve a pescar. Al menos una vez en la vida todos deberíamos tener el privilegio de ver el amanecer desde la lancha, de jalar las redes a forma de ejercicio mañanero y de encontrarse de cerca con uno de los oficios más antiguos del ser humano. A mí, la pesca me enseñó que uno no tiene límites, sino que nosotros los ponemos. Lo descubrí el día que uno de los pescadores empleados del capitán faltó y me tocó a mí hacer también el trabajo sucio y como todo debe hacerse en equipo de forma muy coordinada, no había ni como echarse para atrás.

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Chacahua, Oaxaca.

Así que de pronto me vi metiendo mis manos en las agallas de un pescado grande para poderlo desatascar de la red. A todo uno se acostumbra. Y luego a la vuelta a tierra el desayuno sabe mejor con hueva de lisa y con hambre de sol.

Es muy fácil llegar desde nuestros privilegios sin siquiera darnos cuenta de que los tenemos. Además, como diría mi papá, debemos abstenernos de la capacidad de juzgar, porque en su real dimensión uno nunca sabe por qué cada quién hizo lo que hizo. A muchos de los que llegan a vivir a pueblos retirados o playas les parece fácil juzgar o incluso insultar a la gente por quemar plástico, por ejemplo. Y si bien es cierto que eso es extremadamente nocivo para la salud y el medio ambiente, no nos hemos planteado que tal vez no lo quemen por necedad o por falta de conocimiento sino por necesidad, que es muy diferente.

En nuestras zonas rurales hay casas de muy difícil acceso, con caminos tortuosos y de terracería donde resulta casi imposible llevar un tanque de gas. En algunos casos el costo del gas resulta un lujo incosteable y tienen que cocinar con leña. Entonces, para preparar la comida, tienen que salir a buscar palitos a la selva que muchas veces está húmeda y cuesta trabajo y tiempo prender. Cuesta aún más trabajo si además tienes dos hijitos que cuidar y resulta más fácil y práctico usar una bolsa de plástico como combustible que subir y bajar los barrancos en busca de palitos que tal vez nunca prenderán.

Hay que aprender a ver más allá de lo que vemos. Y si realmente queremos y creemos que podemos hacer algo, hacerlo con amor y entendimiento.

Hay que ser coherente.

Respeta. Respeta el espacio, ponte sombrero de antropólogo y observa. Ganarás mucho más que si empiezas con juicios.

Otro de mis tíos, el más hippie de todos, lleva muchos años viviendo en Holbox, y siempre recuerdo que una vez, cuando llevaban poco tiempo en la isla y fumaban bastante, siempre iban él y mi tía a comprar sus cigarros sueltos a la misma tiendita hasta que un día el dueño les dijo: "¿Qué? ¿No son ustedes los ecologistas? Entonces ya no les voy a vender cigarros porque nos contaminan la isla con su humo".

Si quieres ir a vivir a la playa, olvídate del ego y mantente dispuesto a trabajar en lo que haga falta y ganar poco. Así también se aprende que uno necesita menos de lo que cree y que se debe de estar siempre dispuesto a dejarlo todo si llega un huracán. Es fácil aprender a desapegarse de lo material cuando uno está vivo y todos los del pueblo también.

Hay que compartir, hablar con la gente y presentarnos como somos porque nuestras diferencias dentro de una comunidad al final solo nos fortalecen a todos y hacen que un lugar sea más rico.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.