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21/12/2018 1:00 PM CST | Actualizado 21/12/2018 8:17 PM CST

Feliz Navidad hijos del Niño Sol. 'Spoiler': hay sangre y sacrificios

DEA / G. DAGLI ORTI via Getty Images
Tal vez podemos llevar algo de tierra hasta nuestros labios recordando nuestro pasado en aquella Gran Tenochtitlán. Foto: DeAgostini/Getty Images

Supongamos que aún estamos en la época prehispánica, que Fray Pedro de Gante, quien fue el primer misionero en aprender náhuatl, aún no ha cambiado las letras a las canciones de celebración indígenas para volverlas cristianas. Supongamos que estamos en la Gran Tenochtitlán, donde diversas deidades conviven en la gran civilización mexica y se acerca el solsticio de invierno.

Estamos entonces en el decimoquinto mes en el calendario náhuatl de 365 días, el Panquetzaliztli y para nuestra sorpresa, paralelo al nacimiento católico de Cristo, aún en aquella época del gran tianguis y de las muchachas que esperaban un año en el templo para casarse, aún, estaríamos celebrando un nacimiento. El nacimiento del Niño Sol o el Colibrí Izquierdo, mejor conocido como Huitzilopochtli.

Así es. Resulta que durante el solsticio de invierno, los mexicas creían que el Niño Sol ya había recorrido el domo celeste y en un proceso de purificación moría cada 20 de diciembre para regresar. Entonces, Huitzilopochtli bajaba al Mictlán, o el lugar de los muertos, donde se transformaba en colibrí para finalmente resurgir el 24 de diciembre. El Niño Sol era recibido con una serie de danzas y rituales que incluían una imagen del Dios hecha de tzoalli (amaranto) y maíz tostado con miel de maguey.

Para 1541, Fray Toribio de Benavente, conocido como Motolinía, narró que en vísperas de Navidad los indígenas adornaban las iglesias con flores y hierbas.

Claro está que esta coincidencia facilitó de forma inesperada a los misioneros la evangelización a partir de la readaptación de sus tradiciones. Pronto descubrieron que el teatro, la danza y la música eran parte importante de las celebraciones y ritos prehispánicos y se apoyaron en eso para introducir el cristianismo.

En cada casa los mexicas también recibían invitados y se les daba un dulce de amaranto. Como parte del ritual se hacía la presentación del Dios hecho de amaranto, una carrera y todo el pueblo delante del gran templo de Tenochtitlán agarraban un poco de tierra con el dedo y se la ponían en la boca.

Entonces, se llevaba la deidad hasta la cima del templo y a modo de ofrenda las muchachas que habían vivido todo el año en el templo, ponían 400 huesos hechos también de amaranto. Se danzaba y se cantaba y toda la jerarquía sacerdotal participaba en lo que hoy llamaríamos una bendición para consagrar todos los pedazos de amaranto. Según narra Sahagún en su Historia General de las cosas de la Nueva España, se convertirían entonces en los huesos y carne de Huitzilopochtli. ¿Similar, no?

Al siguiente día, la gente comía solo amaranto y no se podía beber agua. A este ayuno se le llamaba netehuatzaliztli, "el secamiento de la gente". Se hacía un juego de pelota, diversos sacrificios y una batalla entre dos bandos de esclavos que terminaba con la extracción del corazón de los cautivos.

También, como parte de la celebración en la que todo el pueblo participaba, se hacía una carrera de relevos en la que los soldados llevaban al templo dos insignias, y los que tenían el honor de entrar al patio con ellas, subían entonces hasta arriba. Ahí, un sacerdote les cortaba las orejas y a cambio se podían llevar un pedazo del gran Huitzilopochtli de amaranto hasta sus casas para comer con sus seres queridos.

Sí, a mí también me pareció un tanto salvaje, pero luego me acordé de la Inquisición y me hizo recordar que eran otros tiempos y que aquellos que llegaron a colonizarnos tampoco es que fueran muy civilizados que digamos.

La primera representación de Navidad ya cristianizada dentro de nuestro país se dio en Tlaxcala en 1528 y fue organizada por el mismo De Gante

Y hablando de los colonizadores, se cree que la primera Navidad cristiana que se celebró en tierras americanas fue el 25 de diciembre de 1492 en la Española, hoy Hatí y República Dominicana. Ahí, los tripulantes de la Santa María se vieron obligados a parar tras registrar problemas. 39 hombres se quedaron y decidieron construir un fuerte con la madera de la carabela. La construcción fue terminada el mismo 25 de diciembre y Colón y su grupo celebraron el nacimiento del Niño Dios.

Mientras tanto, la primera representación de Navidad ya cristianizada dentro de nuestro país se dio en Tlaxcala en 1528 y fue organizada por el mismo De Gante. Este, en sus cartas a Carlos V relata que se le permitió a los indígenas pintar mantas para bailar con ellas como acostumbraban en sus propias ceremonias.

En el ensayo "Un paseo por la música y el baile populares de la Nueva España", José Antonio Robles Cahero cuenta que esta gran celebración es considerada el inicio del éxito de la evangelización, ya que a partir de ahí los indios comenzaron a asistir a otras ceremonias que organizaron los misioneros con ayuda de los primeros indios cristianos quienes, a pesar de que no podían ser sacerdotes, sí se les permitía cantores, sacristanes o ministriles. Como era de esperarse, estos primeros indios cristianizados fueron pieza clave en el proceso de evangelización de todos los demás.

Ya para 1541, Fray Toribio de Benavente, conocido como Motolinía, narró que en vísperas de Navidad los indígenas adornaban las iglesias con flores y hierbas y el mismo día de la celebración entraban a los templos cantando y bailando. Cada uno con un ramo de flores en las manos.

Y así concluye esta breve narración de la Navidad prehispánica. De los dos nacimientos que se convirtieron en uno y que marcaron el inicio del proceso de paz en la nueva colonia española.

Empecé a investigar para este texto pensando en lo bonito que sería retomar algunas tradiciones prehispánicas, pero tal como les compartí, y sin entrar en más grotescos detalles, mientras más indagaba en el nacimiento de Huitzilopochtli y los varios días de celebraciones, más cerca me sentía a un episodio acelerado de Juego de tronos.

Así que ni hablar, quedémonos con el pavo y añadamos, tal vez, unos dulces de amaranto, una figurita de Huitzilopochtli o un colibrí. Tal vez podemos llevar algo de tierra hasta nuestros labios recordando nuestro pasado en aquella Gran Tenochtitlán.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.

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