EL BLOG
19/06/2018 12:00 PM CDT | Actualizado 20/06/2018 9:50 AM CDT

En la ruta del sueño americano: drama familiar, violencia y la Bestia

Voluntarios del grupo "Las Patronas" entregan bolsas de comida a migrantes a bordo de la Bestia.
Daniel Becerril / Reuters
Voluntarios del grupo "Las Patronas" entregan bolsas de comida a migrantes a bordo de la Bestia.

Hace ya muchos años que no vivo en la Ciudad de México. Años que vengo una o dos veces a visitar a mi familia en un suburbio al norte, ya en el Estado de México. Las cosas cambian poco por acá; hay más gente y más tráfico. Los mismos locales, centros comerciales y escuelas de siempre. Aquí no pasa mucho, pero desde que llegué este año, noté inmediatamente algo nuevo: la presencia de grandes grupos de centroamericanos en los semáforos que suelo transitar.

Comencé a observarlos, a ver que algunos días eran los mismos y luego cambiaban y había otros más, pero su presencia era una constante. Empecé a hablar con algunos de ellos en conversaciones cortas. La mayor parte de los migrantes con los que hablé eran procedentes de Honduras; un par de ellos de El Salvador y un guatemalteco que se hacía pasar por hondureño. Ninguno de ellos sabía que en México podían pedir asilo, ya que todos vienen huyendo de su país por temor a ser asesinados. A decir verdad, tampoco es que les importara mucho, todos ellos tienen una sola meta en común: cruzar México y llegar a Estados Unidos.

El verlos diario, tan fuera de contexto, hizo que me pusiera a investigar, a tratar de entender cómo es que a pesar de las terribles historias de migrantes secuestrados y asesinados en el territorio mexicano, tantos deciden arriesgarse y comenzar una larga travesía lejos de sus seres queridos y de todo lo que han conocido.

Jorge Lopez / Reuters
La soledad de los migrantes

Así fue que un día decidí concertar una cita con ellos para tener más tiempo de lo que dura un semáforo e hicimos un picnic en el camellón. Llevé ingredientes para hacer unos sándwiches, aguas y unos chocolates y nos sentamos a platicar. Al principio ninguno de ellos estaba muy seguro de querer hablar conmigo, pero finalmente A les dijo a todos que si yo había prestado atención a su situación, y me interesaba por lo que estaban pasando, lo justo era que ellos me respondieran.

Poco a poco se fueron calentando los ánimos y las gargantas, y pasamos más de dos horas en las que por momentos todos parecían querer hablar al mismo tiempo. Todos tienen una historia, aunque no todos están dispuestos a compartirla. Por razones de seguridad, en este relato usaré solo letras para referirme a ellos, ya que algunos son perseguidos.

Cruzar México, una y otra vez

A. es el que más habló y también el que más experiencia tiene en tratar de cruzar el país. La primera vez que lo intentó tenía 10 años y la migra lo agarró en Chiapas. Iba con un amiguito también de su edad. Lo llevaron al DIF pero escapó. Me cuenta que en el camino hacia el norte hay grupos grandes de puros niños. Ha intentado cruzar 4 o 5 veces. A sus 20 años ya perdió la cuenta, pero no se agüita. Incluso una vez en Huichapan, los 'garroteros' (encargados de vigilar el tren) lo bajaron de la Bestia junto a 2 guatemaltecos y un nicaragüense. "Al nicaragüense lo mataron porque traía tatuajes", me dice, "a nosotros solo nos golpearon".

Aún así, "México es un país bendito".M.

Esta vez viaja con su mujer embarazada de 7 meses, M. Ella salió de Honduras con 6 meses de embarazo y así saltó en la famosa Bestia. Según la suerte, les toma entre 2 semanas y un mes llegar a la Ciudad de México. M. me cuenta que una chica que se quedaba con ellos en un refugio en Chiapas se cayó al saltar al tren y la partió a la mitad. Todos sabían la historia, algunos habían compartido pedazos del viaje con ella y otros solo lo habían visto en el Facebook por una página que usan para comunicarse y advertirse de los peligros y sucesos en el camino.

Aún así, "México es un país bendito", me dice. "Bueno, como muchos países que parece uno mismo." Y sí, con nuestros casi 2 millones de kilómetros cuadrados, cruzar México es como cruzar 17 veces Honduras o 95 veces el Salvador.

Stringer . / Reuters
Migrantes centroamericanos esperan bajo "La Bestia"

Me cuenta que se tienen que "mochar" con la policía. "La primera vez que un policía me dijo que me mochara le dije que cómo me iba a mochar si no soy fruta". Nos reímos todos. Es una de las primeras palabras mexicanas que aprenden los migrantes al cruzar.

"Desde que salimos nos empiezan a extorsionar. Primero en Guatemala los militares, y ya llegando a México, los policías".

Incluso en este barrio donde vienen casi a diario, los policías de la zona les cobran también su cuota diaria. Estamos a dos cuadras de uno de los clubs de golf más caros de la ciudad y me pregunto cómo es que tantas distintas realidades subsisten al mismo tiempo. El sol en esta época del año es duro, pero aun así recorren cada coche que se detiene en el semáforo rojo pidiendo una ayuda para llegar al norte.

La gente buena y mala

Me cuentan que llegan hasta aquí porque otros migrantes que llegaron antes les dicen que es en este lugar donde la gente ayuda más. "Hay gente buena y gente mala por todas partes".

Incluso aquí, en este semáforo donde nos encontramos, en una ocasión un hombre en un carro de lujo les gritó de forma amenazante que debían dar gracias porque no los estaba secuestrando. Descubro también en esta parte de la conversación que los tabasqueños tienen fama de ser los que mejor tratan a los migrantes centroamericanos. "Mis respetos para los tabasqueños" dice K., que a pesar de ser el primero con el que contacté para llegar a este encuentro, es el que menos ha hablado. Él va para Nueva York donde ya lo esperan, gracias a Dios, su mujer y sus hijos.

Si vas a Honduras, tus tatuajes, te los van a sacar con Gillete", me dice 'Y'. Me cuesta pensar en él como solo un niño.

Y. tiene 12 años y está sentado a mi lado todo el tiempo. Es el encargado de hacer los sándwiches y el primero en descubrir el gel antibacterial que traje para que pudiéramos lavarnos las manos. Se pone un poco y nos mira esperando que alguien le eche un poco de agua. "No necesita agua", le digo, y de pronto todos parecen estar más interesados en el gel que en la comida. Claro, pienso yo, en el camino que llevan, este botecito es probablemente una de las cosas más útiles que pueden tener.

Comenzamos entonces a hablar de las pandillas. Las pandillas han tomado gran parte de Centroamérica, en especial la Mara Salvatrucha conocida como M-13 que tuvo sus inicios con salvadoreños deportados de California, y sus adversarios, la M-18, con una historia similar pero fundada por pandilleros mexicanos.

"Si vas a Honduras, tus tatuajes, te los van a sacar con Gillete", me dice. Y me cuesta pensar en él como solo un niño. Se me pone la piel chinita con su declaración.

"Si yo solo con este", me dice J. enseñándome un pequeño tatuaje que tiene en el cuello por atrás de la oreja, "ya tenía problemas".

J. es la mayor de todos los que van, tiene 26 años, y la menor del grupo es su hija de 8 años. Viaja además con otras dos hijas, pero solo un par la acompañan en el semáforo. La otra está en el refugio y viene desde Honduras con la pierna fracturada; aun así saltaron todas en la Bestia y llegaron hasta acá.

Stringer . / Reuters
Migrantes en busca de una vida mejor.

Cuando le pregunto qué es lo que más va a extrañar de Honduras, primero me dice que nada, que en Honduras no hay nada bonito. Después de pensarlo un poco más me dice que a sus papás y a su hermana y sobrinos. Solo le queda una hermana. En total eran tres, pero a una la mató la pandilla.

"Mi otra hermanita estaba ahí cuando la mataron y no hizo nada. Se echó a correr. Yo no lo hubiera hecho, yo me hubiera quedado ahí con el cuerpo de mi hermanita", Pienso que realmente no lo sabemos, que uno siempre puede pensar o tratar de predecir cómo actuará en situaciones adversas pero cuando se está ahí todo cambia, la cabeza y el corazón se enfrían y el modo de supervivencia hace que las pupilas se dilaten, y que nuestra concentración se enfoque solo en una cosa: salir vivo. Lo mismo que los lleva a cruzar México a pesar de haber escuchado las terribles historias de los que no tuvieron suerte y acabaron en alguna fosa clandestina, en algún campo agrícola como esclavos o en la red de trata de personas.

En Honduras, entre 1990 y el 2000, miembros de pandillas que fueron deportados de Estados Unidos y miembros de pandillas locales hondureñas crearon lo que se conoce como "pandillas híbridas".

"Luego a mis primos los enterraron vivos" continúa J su historia sentada al lado de sus hijas. "Los fui a sacar yo ya luego, pero ya por pedazos los cuerpos. Yo por eso me fui, porque los desgraciados de la pandilla ya fueron un día a mi casa y estaba sola mi hija, y por suerte no se dieron cuenta. Yo voy a llegar a Estados Unidos por ellas, para que tengan una educación y una mejor vida de lo que tenemos".

Me cuenta que cuando pasó más miedo fue un día que se quedó dormida sobre la Bestia. Se le nota arrepentida cuando me cuenta que habían pasado cuatro días durmiendo debajo del tren, esperando a que se moviera. Ella estaba cansada y cuando por fin el tren comenzó a moverse, logró subir con sus tres hijas y su maleta, y ya no aguantó y se durmió profundamente. Al despertar ya no tenía sus maletas y su primer temor fue que le hubieran robado también a las niñas. No, las niñas seguían allí, pero ella hasta la fecha se siente culpable por haberse dormido y haber arriesgado el bienestar de sus hijas.

Violencia y corrupción

Y es que en Honduras, entre 1990 y el 2000, miembros de pandillas que fueron deportados de Estados Unidos y miembros de pandillas locales hondureñas crearon lo que se conoce como "pandillas híbridas". Este tipo de pandillas son grupos extremadamente violentos que se basan en el modelo de pandilla californiana en el que algunos funcionan bajo el lema "pocos pero locos". Esto, aunado al exceso de corrupción y falta de recursos en estos países, ha permitido que estos grupos criminales hayan crecido hasta prácticamente tener el control en la mayor parte de los barrios pobres dentro de los mayores centros urbanos y ciudades.

Me cuentan que todos los coches deben entrar a los barrios con las ventanas bajadas, porque hay halcones de las pandillas en cada entrada y quieren asegurarse de quién entra y quién sale.

Lo que más me llama la atención de esta entrevista, es que aún con toda la carga emocional, los pies cansados, y el estómago vacío, mantienen la esperanza y los ánimos en alto. Bromean. J me dice que no le gustan los mexicanos. "Bueno si llega uno así guapo en un cochazo, pues sí, pero si es un naco así como yo, no".

Me preguntan si a mí me gustan los hondureños. Les digo que son los primeros que conozco. Es la única vez que les miento. Lo hago porque me da rabia y vergüenza este mundo en el que vivimos. Me da rabia pensar que la única hondureña que conocí en mi vida es probablemente también la persona más rica con la que he convivido. Hace muchos años me tocó salir de compras con ella, la amiga de una amiga y nunca vi a alguien gastar dinero tan irresponsablemente en las boutiques de lujo.

Estamos a dos cuadras de uno de los clubs de golf más caros de la ciudad y me pregunto cómo es que tantas distintas realidades subsisten al mismo tiempo.

Y es que Honduras es también el país con mayor desigualdad en América Latina. 66% de la población vive en pobreza, y ha mantenido por décadas una de las más altas tasas de homicidio del mundo, con 43.6 asesinatos por cada 100 mil habitantes.

Finalmente tienen que volver al refugio donde duermen. Está a dos horas más al norte de donde nos encontramos, y deben llegar al Periférico para agarrar el camión. Me cuentan que los "samaritanos" del refugio acosan a los hombres. Me cuentan una historia que pareciera leyenda sobre un refugio en Chiapas que es famoso porque un cura hace una fiesta con alcohol y con los hombres disfrazados de mujeres.

Antes de irnos uno de ellos que hablaba con unas chicas que vendían dulces en el semáforo me pide que le preste mi pluma y una hoja. Le van a dar el teléfono. La vida sigue. Me despido de ellos con el corazón echo un nudo y les prometo traer más botecitos de gel antibacterial.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.