EL BLOG
22/06/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 22/06/2018 6:00 AM CDT

Cuando creces rodeado por la violencia, el voto adquiere un profundo significado

ALBERTO ROA /CUARTOSCURO.COM
Manifestación de familiares de la joven Karen Nataly Guzman, en Xalapa, quienes protestaron por su desaparición. Luego se confirmó que ella fue asesinada. 8 de mayo de 2018.

Tenía 16 años cuando Enrique Peña Nieto contendió al cargo de Presidente de la República. Durante todo el periodo electoral estuve convencido que él llegaría a la presidencia y jamás tuve contención alguna en expresar mi simpatía política por el PRI de la nueva generación.

Yo estudiaba la preparatoria en un municipio de Veracruz llamado Nogales, recuerdo incluso que una noche me quedé las horas hablando sobre el inminente triunfo del PRI con Ricardo, un amigo que era poco más que amigo. En ese entonces todavía no reconocía del todo mi orientación sexual, pero no tenía la mínima vergüenza en asumirme como un simpatizante del PRI.

Sin embargo este proceso electoral se ha mostrado notoriamente más difuso por lo que sigo cuestionándome cuál es actualmente mi más sincera convicción política para este primero de julio –y la verdad es que lo han hecho bastante difícil–. Verán, cuando uno crece rodeado permanentemente por la violencia del Estado y del crimen organizado, la presencia de las fuerzas armadas en las calles, las revisiones a vehículos por parte del Ejército en las casetas federales, de noticias sobre desapariciones y homicidios de conocidos –incluso amigos–, la oportunidad de cambiar esta realidad a partir del poder de un voto encuentra uno de sus más profundos significados. Pero eso no es todo, cuando además uno voltea y se da cuenta que el lugar donde nació y creció fue devorado por una administración infame, que arrebató no solo los recursos del erario sino las oportunidades intrínsecas que guarda el gasto público, parecería que la elección es fácil: no más PRI. Y aún así, sigue sin ser sencillo.

La resignación tampoco es válvula de escape.

Todas las plataformas políticas dan respuestas incompletas a mis más sinceras preocupaciones: ¿cómo terminar la violencia?, ¿cómo disminuir los índices de impunidad?, ¿cómo recuperar la verdad y obtener justicia?, ¿cómo eliminar la grotesca desigualdad?, ¿cómo optimizar el gasto social? Lo cierto es que aún no existe una opción partidista que otorgue un rol protagónico a la vigencia de los derechos humanos y, en cambio, la contienda electoral sigue difuminándose entre viejos antagonismos centrados en modelos económicos, entre izquierdas apostólicas empecinadas en maniqueísmos y derechas arrogantes que mercantilizan necesidades.

Parece entonces que las plataformas políticas olvidan que "allí donde todo se ha alienado, se destacan de modo muy especial los derechos inalienables"[i] pero su discurso nos dibuja un México diferente –o al menos ajeno– que tiene tiempo para la corrupción, la competitividad económica o el mercado global, ¡carajo! ¿cuándo será el tiempo de los derechos? Claro que nadie discute que tales cuestiones planteadas en el escenario político impactan directamente en el ejercicio de esos derechos, pero ¿no deberían ser nuestros derechos los que condicionaran tales cuestiones?

Y no conformes con lo anterior, la oferta política nos muestra sin pudor alguno al hombre de Estado abrazado por la fraudulenta administración saliente, al joven líder sin credenciales para gobernar, al candidato de siempre con renovada narrativa y al escandaloso –y suertudo– caudillo miope. Echándonos en cara que son ellos las opciones disponibles en el mercado electoral, que es poco atractivo el rostro de nuestra democracia y que no es opción desviar la mirada.

Parecería que la elección es fácil: no más PRI. Y aún así, sigue sin ser sencillo.

Sin embargo la resignación tampoco es válvula de escape, lo cierto es que todos ellos vienen acompañados de un grupo insospechado de mujeres y hombres, de intereses y objetivos, de visiones y apuestas, de manías y hábitos, que además ejercen en bloques el poder político. Por eso es que mi ejercicio reflexivo no busca hacer un diagnóstico sobre la idoneidad de los candidatos, creo yo que aún no llegamos a esa solidez democrática. Sino en observar cómo responden a las distintas voces que les exigen. En analizar sus reacciones ante las críticas, los reclamos, las demandas.

En fin, en buscar con quien poder conversar durante los seis años siguientes, más preciso aún, buscar con quien realmente sabernos escuchados. Y dejar de hacer de la política mexicana un soliloquio kafkiano para llevarla a un acalorada y larga novela cervantina, donde los interlocutores aporten no solo sus aprendizajes más personales, sino que estén dispuestos a construir escenarios de transición encaminados hacia la madurez política. Algo parecido a lo que los alemanes nombran Bildungsroman.

Tal vez así el vaticinio de Octavio Paz sea una experiencia compartida y podamos "llamar al pan y que aparezca sobre el mantel el pan de cada día"[ii].


[i] Bloch, Ernst. Derecho natural y dignidad humana. Madrid: Editorial Aguilar, pag. IX.

[ii] Octavio Paz. La vida sencilla.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.