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05/01/2018 7:07 AM CST | Actualizado 05/01/2018 7:07 AM CST

Goodbye, Lincoln Plaza Cinemas

Facebook/Art Your Look

Con la llegada del 2018, las temperaturas y los termómetros en la Gran Manzana descendieron a niveles insospechados, tornando la tradicional fiesta callejera de Times Square para recibir al año nuevo en una enorme congeladora en donde los besos y los abrazos fueron de hielo mientras la icónica bola luminosa descendía desde lo alto del que fuera la sede del diario New York Times.

Fue la segunda noche vieja más fría de la historia, en los cien años que tiene de celebrarse la ocasión en Manhattan.

Pero no solo estaba el mercurio de capa caída, también los ánimos. Razones no faltan para traerlos por el suelo, podría usted pensar querido lector, pero la que los llevó a niveles también imprevisibles de tristeza fue la reciente noticia de que una de las catedrales del séptimo arte en Estados Unidos habrá de cerrar sus puertas este mismo mes, sin certeza alguna de que pueda volverlas a abrir para evangelizar como lleva haciéndolo tanto tiempo a los públicos neoyorquinos con lo mejor de la cinematografía universal.

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Las seis salas subterráneas de los afamados Lincoln Plaza Cinemas, en el corazón del Upper West Side de Manhattan, en el cruce de la calle 63 y Broadway, a pasos del Central Park y de frente al Lincoln Center que le da nombre, se abrieron con bombo y platillo en 1981.

Desde esa fecha hasta el día de hoy, el cine, administrado con presteza y curado con elegancia por los hermanos Toby y Dan Talbot (este último murió el 29 de diciembre de 2017), ha sido el lugar de referencia para ver películas que por sus guiones, dirección, actuaciones y fotografía han constituido la historia fílmica del último cuarto de siglo.

No hay cinéfilo que se respete que no haya puesto pie en ese complejo cinematográfico adornado con afiches de la época dorada del cine europeo de la posguerra en donde las rosetas de maíz conviven más veces de las que me gustaría reconocer con intrépidos ratones.

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Cierto es que en sus casi cuarenta años de vida, el Lincoln Plaza Cinema ha visto pocas remodelaciones en su infraestructura, por no decir ninguna. Innegable que sus asientos y los acabados de la pequeña pero acogedora sala de espera recuerdan invariablemente a esos ensoñadores inicios de los ochenta.

Pero también que nada de eso ha impedido que su marquesina y sus carteleras sean las más inteligentes y elegantes de toda la ciudad, quizá de todo Estados Unidos. Tampoco ha impedido que su fiel y educada clientela aumente trayendo nuevos conversos a esta religión profesada con devoción ante sus seis pantallas.

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Mucho menos ha influido para que los todopoderosos estudios de producción decidan, a la fecha, hacer sus estrenos clave en sus decadentemente seductoras salas.

Si bien el dueño del predio, una conocida compañía inmobiliaria del oeste de Manhattan, asegura que el cierre será temporal y el cine, como lo conocemos y como lo adoramos, seguirá operando al término de las presuntas renovaciones.

A muchos sabedores de los menesteres del mercado de bienes raíces de la ciudad les huele que este cierre será definitivo. Ojalá que no, pues si el Lincoln Plaza Cinema fenece, con él moriría un poquito de la historia del cine y del cinéfilo que todos llevamos dentro.

*Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.