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29/09/2018 8:25 AM CDT | Actualizado 29/09/2018 9:56 AM CDT

Carta desde Brooklyn a Ayotzinapa

Carlo Allegri / Reuters
Protesta en Times Square contra el gobierno mexicano por varios temas, entre estos la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. 20 de noviembre de 2014.

"¡Ayotzinapa vive, la lucha sigue!" "¡Ayotzinapa vive y vive, la lucha sigue y sigue!" "¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!" "¡Vivos se los llevaron, vivos los queremos!" "Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez....cuarenta y tres. ¡Justicia!"

La tarde cae y el calendario también, pero nunca el ánimo ni la sed de respuesta. Como cada 26 de mes, desde el infame septiembre de 2014, don Antonio Tizapa se hace presente en el corazón de Nueva York para clamar por su hijo, Jorge Antonio Tizapa Legideño. Uno de los 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa que camino de Iguala desapareciera en esa noche de impotencia y de terror, cuando apenas celebraba sus primeras dos décadas de vida.

"La última vez que lo vi tenía cinco años", recuerda abrumado el migrante guerrerense al pensar en su hijo Jorge Antonio. Los otros dos que dejó al cuidado de su esposa, Hilda, al decidir venirse a los Estados Unidos, parecen haberse quedado en un limbo; el mismo limbo en el que está don Antonio desde los fatídicos eventos de ese día 26. "Aunque nunca dejé de hablar con él", agrega orgulloso y dolido, haciendo referencia a las muchas videollamadas y mensajes de texto que en la era de la tecnología borran todo trecho entre la mixteca guerrerense y el distrito neoyorquino.

La última de esas llamadas fue a escasos tres días de la tragedia que marcaría sus vidas indeleblemente.

No le pregunto a don Antonio sobre su estatus migratorio porque en Nueva York, ciudad santuario por vocación, no se hacen ese tipo de preguntas.

Son ya más de quince años que el señor Tizapa lleva afincado en Brooklyn, trabajando como plomero, aportando como tantos otros mexicanos, guerrerenses, poblanos y oaxaqueños; como tantos otros latinos, ecuatorianos, dominicanos y salvadoreños a la pujanza de esta ciudad. Se fue de la montaña alta de Guerrero deseando una vida mejor para los suyos. Hoy, a tantos años de distancia y quizá por circunstancias diametralmente distintas, la sigue deseando, sin lograr alcanzarla.

No le pregunto a don Antonio sobre su estatus migratorio, porque en Nueva York --ciudad santuario por vocación-- no se hacen ese tipo de preguntas. No le pregunto y él no me responde, aunque no necesita hacerlo. A final de cuentas, aquí no se trata de ser legal o ilegal, se trata de ser justo. Algo que no distingue nacionalidades ni calidades migratorias. Una cualidad universal que muchas más veces de las que debiese, aquí o allá, brilla por su ausencia.

"Vamos don Antonio; venga, sentémonos", le ofrezco al señor Tizapa extendiéndole la mano. "¿Usted y yo solos?" me cuestiona con la incredulidad de quien ha buscado todo sin encontrar nada, con la desconfianza de aquellos a quienes la justicia abandona, con la entereza de los criados por la aridez de la sierra guerrerense. "Sí", le afirmo, me reafirmo. "No, yo no voy a ningún lado solo", contesta fulminante, categórico, desafiante. Triste.

EDUARDO MUñOZ/AFP/Getty Images
Marcha rumbo a la sede de Naciones Unidas, en NY, paraa presentar el caso de los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos. 26 de abril de 2015.

Y es que aunque el señor Tizapa esté separado, por miles de kilómetros de distancia y una cada vez más cruel y criminalizadora política migratoria, de su natal Tixtla y de sus cariños y filias, siempre les lleva consigo. De ahí que nunca esté solo, ni en lo literal ni en lo abstracto. Le acompaña, primero que todos, su anhelado hijo Jorge Antonio. Como al resto de los 43 padres que le acompañan en el dolor, les acompañan sus propios vástagos. Pero también le acompañan las voces de miles de otros desaparecidos, los reflectores de las cámaras de televisión y las libretas de los periodistas; los activistas sociales, sus vecinos, sus amigos y la estoica comunidad migrante de Guerrero afincada en Nueva York. Le acompañan el coraje, la impotencia, la esperanza y muchas, demasiadas, causas perdidas.

"Quiero que regrese, quiero que me aclaren dónde está. Muchos dicen que los muchachos están muertos pero yo no lo veo así", exige empeñado de razón. Para don Antonio su hijo, Jorge Antonio siempre estará vivo. En Brooklyn, en su memoria, en su mirada y en su corazón. Para el señor Tizapa, para todo migrante y refugiado, para todo desplazado, no hay muro ni frontera que valgan, que puedan doblegar la fuerza de la sangre. No hay nada que apague el encendido deseo y la inquebrantable voluntad de estar junto a lo suyo, junto a los suyos.

"Con permiso, me despido don Antonio", digo en voz baja y con la mano extendida mientras me alejo, poco a poco, de ese santuario con 43 imágenes, mapas de México teñidos de grana cochinilla y múltiples mantas plagadas de frases. Un santuario que el señor Tizapa crea con su presencia cada mes en pleno Midtown de Manhattan. Un santuario que no me atrevo a profanar. "¡Hasta luego!" grito a la distancia, con la triste certeza de que el próximo día 26 habremos de vernos de nueva cuenta.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.