EL BLOG
13/04/2018 5:00 PM CDT | Actualizado 13/04/2018 6:49 PM CDT

De viaje con Sergio Pitol

ARCHIVO /PEDRO VALTIERRA /CUARTOSCURO.COM
Sergio Pitol durante una tarde de enero de 1991.

–Miklosh –me dijo y le puso acento grave a la "i"; luego, convirtió la "s" final en un sonido parecido al que hacemos cuando le pedimos a alguien que calle.

Y añadio, sonriente: –Es húngaro.

Eso fue lo primero que me dijo Sergio Pitol cuando, finalmente, nos conocimos, ya entrados en los años 2000 –¿o a finales de los 1990?–, aunque yo sabía de él desde hacía cerca de dos décadas, y lo admiraba como a pocos escritores mexicanos.

En 1988, un periódico anunció: "Sergio Pitol, escritor y diplomático, regresa a México". Y yo me fui a Coyoacán a seguir sus pasos, porque yo también quería ser diplomático y escritor, pronto terminaría la prepa y contemplaba seriamente inscribirme en la Matías Romero.

Nunca olvidaré lo que se sentía abrazarlo: esa grandeza contenida por un cuerpo casi frágil, casi a punto de desvanecerse de tanta vida y tanto afecto.

Cerca de una década después, en casa de Carmen Villoro en Guadalajara, a donde su hermano Juan nos había llevado a mi amigo Max y a mí, escuché la historia de un hipnotista al que varios allí presentes conocían y cuyos servicios habían solicitado.

Poco después, leí una historia similar y genial en El arte de la fuga, acaso la mejor obra de Pitol, un punto de llegada y de partida en sus libros, una colección de ensayos a caballo entre la narrativa, la autobiografía y, claro, la obligada ficción.

Pitol había convertido al hipnotista en un personaje de carne y hueso, es decir, en un personaje plasmado en las páginas de un libro a través de su voz, su escritura que era aún más vívida que su propia existencia, entre las muchas lecturas, los muchos viajes y, lo más importante, las palabras precisas.

Amante de la novela total, lector y relector de La guerra y la paz de Tolstói, Pitol sabía que su aliento era otro: el de la brevedad extendida, por así decirlo, más un escritor de épicas íntimas (mejor cuentista que novelista; ensayista difícil de superar) que de amplias descripciones realistas devenidas ficción, como puede leerse en El viaje, mi favorito entre sus muchos libros.

Cuando finalmente lo conocí, dijo mi apellido con una sonrisa cálida y para siempre afectuosa: no hubo vez que nos viéramos en la que Sergio no me demostrara su real y súbito cariño, un reconocimiento de la admiración que me provocaba y que él convertía en generosa amistad.

@dmiklos

Gracias a Sergio, Cuaderno Salmón tuvo una de sus primeras voces, en una entrevista que le hizo Rosa Beltrán luego de que nos tomáramos un café con él en el hotel María Cristina de la colonia Cuauhtémoc, en el que solía quedarse cuando venía al DF y no regresaba de inmediato a Xalapa, en donde aceptó ser consejero honorario de la revista mientras nos mostraba su biblioteca, más en particular el espacio destinado a la narrativa centroeuropea que tanto le gustaba.

Siempre que hablábamos por teléfono, me recordaba a tal o cual escritor húngaro, y conversábamos brevemente sobre nuestras lecturas encontradas. Hasta que Sergio dejó de hablar. Y el resto es historia.

Nunca olvidaré lo que se sentía abrazarlo: esa grandeza contenida por un cuerpo casi frágil, casi a punto de desvanecerse de tanta vida y tanto afecto y tantos viajes de ida y vuelta, hasta el último, del que no regresará jamás.

Te abrazo, Sergio, estés donde estés. Hoy y siempre.

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David Miklos es autor de La pampa imposible y nueve libros más de narrativa. Es profesor asociado de la División de Historia del CIDE, en donde dirige la revista de historia internacional Istor y coordina el Seminario de Historia y Literatura.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.