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05/07/2018 6:00 AM CDT | Actualizado 05/07/2018 6:00 AM CDT

¿Un nuevo dinosaurio llamado Morena?

SAÚL LÓPEZ /CUARTOSCURO.COM
Andrés Manuel López Obrador entre Germán Martínez y Manuel Espino, expanistas, en un acto de campaña en Yucatán.

La postal del 1 de julio, en el Zócalo de la Ciudad de México, era una de júbilo. Un Andrés Manuel feliz, pero cansado. Un López Obrador que se había imaginado tantas y tantas veces ese momento; que al mirar esa plancha capitalina, por millonésima ocasión, pensaba quizás con nostalgia en cuando ahí mismo se declaró presidente legítimo en 2006. O cuando pronunció el famoso discurso de 2005 que concluyó diciendo "los quiero desaforadamente". Es la plancha que lo vio ser Jefe de Gobierno; que lo acompañó a fundar el Movimiento de Regeneración Nacional; que mientras miles de voces se mofaban de él, le susurró al oído "persiste". Y mil veces cayó, pero por fin había vencido. La resiliencia siempre ha sido la mayor cualidad de Andrés Manuel.

La gente festejó y con justa razón. La participación electoral había excedido toda expectativa. Por las calles, ríos de personas ondeando banderas celebraban el "fin" de un sistema corrupto. En el metro, las voces se unían de manera improvisada para gritar "Viva México". Nuestro país había dicho claramente a la clase política: ¡basta de cinismo!

La narrativa es mágica; es un cuento de hadas. Tan seductora es la quimera, que recorrió el mundo entero con titulares de éxito y gloria. La democracia mexicana había triunfado. Y muy abandonada, quizás en el cajón del olvido, quedó la cautela.

¿Será entonces que nos encaminamos nuevamente hacia el sistema de partido hegemónico que tanto trabajo nos había costado dejar?

No pretendo, pues, apelar al pesimismo sino a la mesura. Porque el pasado fin de semana, México se le entregó a un solo partido. Y eso, no es razón para celebrar sino para estar alertas.

Ningún cambio que pretenda reemplazar a un "tirano" con otra persona colmada de poder puede ser un cambio verdadero. Y, sin embargo, millones y millones de mexicanos votaron esperanzados en que a Palacio Nacional llegue quien de un plumazo y por voluntad unipersonal, borre la corrupción, la pobreza y la violencia.

¿Será que la pereza de involucrarnos más allá de las urnas nos invoca a buscar una salida fácil en la que entreguemos toda responsabilidad (y, por tanto, todo poder) a una sola persona?

Tal como en el 88 con Cárdenas; y en el 2000 con Fox, el mexicano no apostó por las instituciones sino por las figuras icónicas. Y en este caso, no optó por una figura "nueva"; no buscó a líderes de la sociedad civil organizada, ni a candidatos independientes. A ellos, les cerró la puerta. Prefirió a quien ya había institucionalizado la oposición al régimen. Votó por un discurso que -no niego, es muy efectivo- pero que después de 12 años, tiene ya un sabor rancio y desgastado.

México festeja hoy, mientras intenta ahogar las voces en su mente que le cuestionan su decisión. ¿Será que no pudimos, o no quisimos, cambiar "en serio"? ¿Será que queremos apostar por algo "distinto" pero conocido? ¿Nuevo, pero familiar? ¿Revolucionario pero institucional?

Porque si el PRI fue en su momento el partido que aglutinaba a todos los sectores, ¿qué no es Morena el arca en la que todos buscaron salvarse del diluvio? ¿Qué acaso no lo conforman ahora las mismas redes clientelares que tanto le criticábamos al PRI del siglo XX?

Hoy, Morena es el partido en el que militan Gabriela Cuevas, Napoleón Gómez Urrutia, Germán Martínez, Nestora Salgado, René Fujiwara. Es, sí, un partido que convenció a millones a nivel personal. Pero no nos ceguemos: es un partido que ganó, también, porque supo arrebatarle al PRI las estructuras magisteriales, campesinas y obreras que por décadas le ofrecieron su respaldo.

El pasado fin de semana, México se le entregó a un solo partido. Y eso, no es razón para celebrar sino para estar alertas.

¿Será entonces que nos encaminamos nuevamente hacia el sistema de partido hegemónico que tanto trabajo nos había costado dejar? Uno en el que el presidente controla ambas Cámaras del Congreso; en el que una decena de gobernadores le rinden cuentas; uno en el que los partidos que permanecen, no se atreven más que a jugar el papel de una "oposición responsable".

Y, ¿dónde está la oposición que tanta falta va a hacer a México? ¿Dónde están quienes no temen decir: "Yo sigo creyendo que López Obrador es un peligro para México"? Porque más allá de si coincidimos con ellos o no, ningún sistema político puede aspirar a llamarse democracia si esas voces no existen. Lo que quedó, en cambio, fue el silencio enmascarado de unidad. El miedo con nombre de falso patriotismo.

Celebremos sí, que México tiene ánimo de avanzar. Celebremos que un país tan desgastado por la violencia tuvo el pasado fin de semana un despertar. Pero no nos entreguemos tan fácilmente, ni pretendamos escribir en los libros de historia, de manera adelantada, que la cuarta transformación de México ha sido lograda.

No vaya a ser que cuando despertemos, el dinosaurio siga ahí, habiendo solamente mutado su piel.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.