VOCES
06/04/2018 10:00 AM CDT | Actualizado 06/04/2018 11:28 AM CDT

Cómo me rendí y dejé de querer triunfar en la maternidad

Eran las 9 de la noche y nuestro bebé de diez meses finalmente estaba dormido. Después de darle pecho para arrullarlo, me asomé al refrigerador y vi que no había comida para que nuestra niñera lo alimentara al día siguiente. Así que puse unas zanahorias en la olla de cocción lenta y la programé para dos horas.

Mientras tanto, estaba tratando de contestar correos electrónicos del trabajo, lavar todas las partes de la bomba de extracción que había usado ese día y releer un capítulo del libro de entrenamiento del sueño para que mi esposo y yo supiéramos qué hacer cuando nuestro bebé inevitablemente despertara a las 2 a.m.

Dos horas después, ya había lidiado con los asuntos laborales, la bomba estaba limpia y las zanahorias hechas puré y guardadas en el pequeño contenedor especial de porciones para bebé. Pero eran las 11 p.m. y yo aún no había comido. De repente... exploté. Con lágrimas en el rostro, me senté en el piso y lloré y lloré y lloré.

"Ya no puedo hacer esto", le dije a mi esposo entre sollozos.. "No está funcionando."

"Entonces, ¿por qué lo haces?", preguntó. "Sólo detente".

Y yo, por naturaleza, no soy de las personas que se detienen.

SolStock via Getty Images

Ser madre y perfeccionista

De niña, yo era lo que se conoce como "de alto rendimiento." En tercer año, estaba obsesionada con tener el mayor número de libros en el reto del tren de libros, por al menos 10 de ventaja, y desde entonces he trabajado más o menos a ese nivel. Sufrir de perfeccionismo suena como una de esas cosas que dices en una entrevista de trabajo cuando un jefe potencial te pide que menciones una debilidad, pero vivir con tendencias perfeccionistas no es algo de lo que esté orgullosa.

El perfeccionismo, definido por la Asociación Estadounidense de Psicología como "una combinación de estándares personales excesivamente altos y autoevaluaciones sumamente críticas", es increíblemente cansado, demandante y debilitante. También es adictivo porque te vuelves excesivamente dependiente de la aprobación de otros.

La crianza es una actividad intensa para un perfeccionista. Como parte de la primera ola de chicas millennial, criada en la generación de "puedes lograr lo que sea", estaba acostumbrada a ver cada aspecto de mi vida como una oportunidad para alcanzar un objetivo. ¿Por qué la maternidad sería diferente? Para mí, eso quería decir leer y estudiar cada método posible de entrenamiento para el sueño, horarios, pañales y alimentación. Significaba despertar cada dos horas para atender todo lo que fuera necesario, por meses y meses.

Mientras tenía licencia de maternidad, me aseguré de salir de casa todos los días (y de acuerdo con algunas fotos, ¿a usar maquillaje?) porque los libros decían que eso era bueno, iba al gimnasio. Cuando nuestro hijo empezó a consumir comida sólida, gran parte la cociné yo misma. También tenía un trabajo muy demandante, lejos de mi casa, bombeando leche materna cada par de horas en el trabajo y durmiendo muy poco. La presión intensa de hacer esto todos los días era algo normal para mí. Y es que, ¿quién no quiere lo mejor para su bebé? Además,

Y es que, ¿quién no quiere lo mejor para su bebé?

Fijé estándares excesivamente altos y me castigaba con evaluaciones sumamente críticas cuando inevitablemente resultaba que era humana (como aquella vez que perdí la cabeza porque olvidé meter las toallitas para bebé en la pañalera). Estos patrones y sistemas se volvieron parte de mi funcionamiento como mamá. Pensé que me estaba presionando para llegar al éxito. En realidad, me estaba presionando para llegar a la locura.

Este método (¡sorpresa!) no estaba funcionando. En vez de sentir que todo estaba bien, me sentía enojada y frustrada. Estaba enojada con mi cuerpo por traicionarme cuando no perdió siete kilos igual que antes de estar embarazada. Estaba enojada con los sistemas médicos por fallarme al no diagnosticarme a tiempo la diástasis que desarrollé después del embarazo. Estaba enojada con los baños por no tener espacios para cambiar pañales y con cuarto de servicio en el que tenía que extraerme la leche en el trabajo. Y me volví una persona que siempre estaba a la defensiva porque la aprobación que estaba acostumbrada a recibir del mundo exterior cuando sobresalía había desaparecido.

Creía que si me esforzaba más, podría "ganar" de algún modo en la maternidad. Pero, a pesar de lo que todos los libros, blogs y mamás famosas en Instagram te quieren hacer creer, yo estoy aquí para decirte: no hay ganadores en el reino de la maternidad. El juego está arreglado. Cualquiera que parezca estar haciendo las cosas de forma correcta, está fingiendo o tiene suficiente dinero como para contratar diez manos más para ayudar.

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Los juegos del hambre de las mamás

La maternidad no se puede ganar. Mientras que la paternidad es como una versión de primer grado de un juego de futbol donde todos ganan un premio (¡cambió un pañal! ¡que Dios lo bendiga!) la maternidad es más como Los juegos del hambre. Un universo en una burbuja cuyos señores supremos ponen metas inalcanzables y después activan un complicado mecanismo de sistemas que trabajan en nuestra contra.

El abismo entre lo que se espera de las madres y los recursos que se les dan para hacer que sucedan elimina cualquier oportunidad que tenemos para sentirnos bien o disfrutar de este "hermoso" periodo.

Por una parte, a las mujeres nos dicen todo el tiempo qué es "lo mejor" para nuestros pequeños (como amamantar por un año entero y tener al bebé durmiendo en nuestro cuarto por seis meses). Pero a la vez, el sistema trabaja en contra de nosotras para asegurar que eso no ocurra, al ofrecer muy poco tiempo (si es que ofrecen) de licencia de maternidad o servicios de guardería a un costo accesible. Vivimos en una cultura que abiertamente busca avergonzar a las mujeres que llevan a sus hijos a espacios públicos, implicando que las mujeres no deberían querer hacer otra cosa más que vivir en prisiones parecidas a cuartos de juegos. (¿Acaso alguien se pregunta por qué "Mamá necesita vino" es el slogan de nuestra generación de madres?)

Muchas personas, amigas y algunas desconocidas, me han confesado que su ineficiencia para cumplir las expectativas de la maternidad las estaba destruyendo.

Muchas personas, amigas y algunas desconocidas, me han confesado que su ineficiencia para cumplir las expectativas de la maternidad las estaba destruyendo. Tenía una amiga que se sentía como una criminal por alimentar a su bebé con mamila. Una mamá me dijo que no podía esperar para volver al trabajo y así sentir nuevamente que era buena para algo. Otra borró toda su actividad en redes sociales porque exacerbaba su depresión posparto.

¿Y yo? Yo solo anhelaba que la imagen que tenía en la cabeza se volviera realidad: ganar en la maternidad. Quería que mi sistema de sobresalir en todo y despreciarme a mí misma, que tanto me había ayudado, funcionara de nuevo.

Pero no, el sistema colapsó y después yo colapsé.

Ahí estaba: exhausta y llorando en el piso sobre comida casera de bebé. Mi esposo me dijo que me detuviera y, por una vez, escuché lo que me dijo. Ahora a ese día le digo "el día que abracé la mediocridad en la maternidad." No he leído un solo libro de crianza desde entonces. Empecé a complementar la alimentación del bebé con fórmula. Ahora soy la mamá "fresca y directa" porque prácticamente cada vegetal que se come en mi familia está preparado en una bolsa de microondas. (Perdón, planeta Tierra).

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Terminarás perdiendo... y esto está bien

Facilitarme la vida... no fue fácil. Desmantelar esos sistemas internos que me funcionaron por tantos años tomó mucha introspección. Todavía busco esa cosa mágica llamada "confianza" que te permite sentirte bien contigo misma sin la aprobación de otros.

Si soy totalmente honesta, la mayoría de los días, "bastante bien" todavía se siente como "reprobada".

Sé que probablemente tenga que batallar con el perfeccionismo durante toda mi vida. Estoy segura de que siempre lucharé contra el impulso de invertir mi energía en monitor, comparar, vigilar y buscar signos de que estoy teniendo éxito. Pero me he vuelto mucho más amable conmigo misma. Ya no siento pánico si olvido empacar algo en la pañalera. Si mi hijo cena un bagel, está bien. A veces no salimos en todo el día. Casi nunca uso maquillaje.

Aun así, inevitablemente, hay días en los que me sorprendo a mí misma poniéndome metas demasiado altas. Lo que sea que pase, trato de recordar lo inútil que es buscar aprobación de los demás en la maternidad. Entrar a "Los juegos del hambre de mamá" vuelve loca a cualquiera, principalmente porque requiere que aceptes la idea de lograr algo en este sistema arreglado en el que no se puede ganar.

En cierto momento, una mamá me dio este sabio consejo: "No te preocupes. Cuando eres mamá, no importa qué estés haciendo, lo estás haciendo mal." En otras palabras, no tiene caso intentarlo. No solo porque no puedes ganar, sino porque inevitablemente vas a perder. Vas a perder tiempo; vas a perder felicidad; te perderás a ti misma e incluso podrías perder la cabeza. Así que, de ahora en adelante, no estoy compitiendo.

Compañeras madres perfeccionistas, las espero de mi lado.

Este texto fue publicado originalmente en HuffPost Estados Unidos y ha sido traducido.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de HuffPost México.