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22/05/2018 9:25 AM CDT | Actualizado 22/05/2018 10:45 AM CDT

Pareció una elección, se disfrazó de elección, pero no lo fue: Venezuela

Durante años la comunidad internacional prefirió mirar hacia otro lado a reconocer que la democracia en Venezuela estaba deteriorándose.

LUIS ROBAYO/AFP/Getty Images
Conteo de votos en una casilla durante las elecciones realizadas en Venezuela, el 20 de mayo, un proceso ampliamente criticado por la oposición nacional, emigrados y organismos internacionales.

Los venezolanos nos acostumbramos a las elecciones. Tanto, que nos costó mucho darnos cuenta que habíamos perdido el poder de elección. Desde el año 2004 el régimen chavista tomó el control del sistema electoral con el objetivo de que Hugo Chávez no perdiera el referéndum revocatorio. Ese fue el año que cambió la historia de Venezuela.

El régimen desarrolló un proyecto de ingeniería electoral que comenzó por alterar el Registro Electoral Permanente y que incluía la redistribución de circuitos electorales y la migración de electores, entre otras cosas. Así se le dio al poder central total control sobre lo que además se consagró en la constitución de 1999 como una rama más del gobierno. El poder electoral jamás fue un contrapeso de los otros poderes porque no era independiente. Gracias a ello los procesos electorales fueron quedando al margen de la ley, hasta el punto que hubo reglamentos que nunca se redactaron quedando totalmente a discreción del funcionario los requisitos para activar procesos como el referéndum revocatorio. Es decir, el abuso de poder en su expresión más pura.

Y fue así cómo al margen de lo que supone un estado de derecho, el chavismo utilizó las elecciones para perpetuarse en el poder y legitimarse una y otra vez. Durante años la comunidad internacional prefirió mirar hacia otro lado a reconocer que la democracia en Venezuela estaba deteriorándose. En organismos como la OEA están guardados en un cajón informes que alertan sobre los abusos de un régimen que se tomó como democrático aunque los hechos dijeran otra cosa.

Desde el 2004 los venezolanos votamos, pero los resultados siempre han quedado bajo la sombra de un sistema que es poco transparente y que, a medida que pasaron los años. se volvió vez más arbitrario y abiertamente al servicio del régimen chavista.

El régimen de Nicolás Maduro tiene que dimitir. Tiene que haber una transición que retome el hilo constitucional.

Muy pocos se atrevieron a cuestionarlo, quizás porque la propaganda comunista funciona muy bien y se hacía hasta incómodo criticar los triunfos de quien supuestamente era uno de los líderes más populares de América Latina. Quizás porque otros presidentes tienen miedo de que si cuestionaban las elecciones afuera eso abría la puerta a cuestionamientos sobre sus propios sistemas, tal vez no tan dañados pero imperfectos.

Al final la política hoy en día se preocupa mucho por el poder, por la imagen y muy poco por el ciudadano. Nadie reacciona hasta que el número de muertos no es significativo y la crisis humanitaria le toca la puerta. Así de triste es nuestra historia.

A estas alturas, después de casi dos décadas de este juego los venezolanos aprendimos, incluso perdiendo el régimen revierte el resultado y al final del día pasa lo mismo de siempre: nada. Y después de cada elección la vida se pone peor.

No fueron elecciones

Este preámbulo nos lleva a uno de los aspectos más importantes de todo este circo que vivimos. Lo llamamos elecciones, pero el término es errado. Lo que sucedió el 20 de mayo en Venezuela no fue una elección. Pareció una elección. Se disfrazó de elección. Pero no lo fue. Los candidatos no son líderes naturales, ni debaten una visión de país desde la plataforma de un partido. En la boleta hubo tres caras, pero una sola ideología. Frente a eso el ciudadano no tiene elección posible.

En Venezuela al día de hoy todo líder libre y democrático con posibilidades de arrastrar suficiente gente como para hacer que gane una propuesta política distinta al chavismo está preso, exilado o inhabilitado políticamente. El régimen se adjudicó la potestad de validar los partidos, es decir, de avalar cuáles ideologías pueden participar en la vida política y cuáles no. No hay que ser muy sagaz para adivinar que muchos no están validados y que otros como Vente Venezuela sencillamente no participaron en ese proceso, una farsa más del régimen.

REUTERS/Carlos Julio Martínez
Un venezolano viviendo en Colombia llora durante una protesta contra las elecciones del domingo 20 de mayo en Venezuela.

El solo hecho de que Henri Falcón pudiera presentarse como candidato es una prueba que no era realmente un líder natural, sino una ficha más del chavismo que se prestó a hacer de oposición útil. Pero más allá de eso su historia cuenta el resto. Falcón fue gobernador de estado y durante su mandato, a pesar de que públicamente expresó distancia del chavismo, sus acciones fueron coherentes con esa línea de pensamiento antidemocrática y que se servía del poder para abusar del ciudadano.

Nadie reacciona hasta que el número de muertos no es significativo y la crisis humanitaria le toca la puerta.

Después de años de totalitarismo y ventajismo, los venezolanos ya sabemos que un candidato con discurso populista y partícipe de una farsa no es la persona idónea para liderar una transición democrática. También aprendimos que sin el contrapeso de otras instituciones el voto no es un mecanismo de toma de decisiones colectivas, sino un trámite que utiliza el régimen para legitimarse. El 20 de mayo los venezolanos no le dimos ese gusto a Maduro. No votamos porque además sabemos que aunque hubiera ganado un candidato distinto, desde que se promulgó la Asamblea Nacional Constituyente el presidente ya no tiene competencias de jefe de Estado.

¿Por qué legitimarse?

Desde finales del siglo XIX las tiranías buscan legitimarse. Tanto para los tiranos como para la comunidad internacional mantener apariencias y formas democráticas tiene un peso importante. Para ellos esa fuerza que se impone por una supuesta mayoría es parte del sustento de su autoridad. Es el piso desde el cual oprimen, como si quisieran decirle al mundo que se justifican las atrocidades que cometen porque eso es lo que la gente quiere.

Martín Acosta / Reuters
Venezolanos en Argentina protestan contra las elecciones del 20 de mayo en Venezuela.

En el caso de Venezuela la careta democrática fue una de las prioridades de Hugo Chávez. Era un tema que iba más allá del ego, porque con su carisma y su discurso buscaba imponer su régimen por toda América Latina, y en muchos países estuvo cerca de lograrlo. El chavismo fue un portaviones para el populismo en países como Bolivia, Argentina, Ecuador y Nicaragua en los que en distinta medida y aunque sin llegar al grado de devastación en el que hoy se encuentra Venezuela, sí vieron afectados sus instituciones, las libertades fundamentales de sus ciudadanos y su economía.

Para coronarse como el paladín de la democracia Chávez organizó elecciones prácticamente cada año hasta que murió en la presidencia. Vivió en constante campaña lo que le sirvió para ir legitimando poco a poco todos los cambios institucionales que le permitieron concentrar el poder político. Y casi nadie se atrevió a cuestionarlo, sobre todo a nivel internacional, porque a través de las elecciones la premisa era: es que esto es lo que la gente quiere. Fundamentalmente para eso sirve la legitimación.

Un sistema electoral puede ser antidemocrático

Maduro llamó a estas elecciones por presión tanto de la sociedad civil como la comunidad internacional. En el pasado las elecciones han servido para frenar el clima de protesta. Es que hasta estas elecciones los venezolanos iban a votar siempre. El voto era como una especie de vaca sagrada. Era el último bastión de dignidad democrática de muchos venezolanos que sin comida, sin medicinas, hasta sin pasaporte, casi apátridas, sentían que allí tenían un último recodo para alzar la voz.

Después de años de totalitarismo y ventajismo, los venezolanos ya sabemos que un candidato con discurso populista y partícipe de una farsa no es la persona idónea para liderar una transición democrática.

Allí es donde todo esto se convierte en un arma de doble filo. Los totalitarismos se sirven de la desesperanza y el apaciguamiento para instalarse. El que cree que la lucha es imposible. El que siente que no tiene voz, ni ningún tipo de poder frente a un estado aplastante pierde la voluntad de luchar. Y así es como los regímenes pasan décadas en el poder y nada cambia y pareciera que la historia es una especie de correa eterna, monótona, en la que la vida no tiene sentido.

REUTERS/Edgard Garrido
Venezolanos en México entonan el himno nacional de su país durante una protesta frente a la embajada de Venezuela, esto en el marco de las elecciones venezolanas del 20 de mayo.

La abstención no fue una renuncia, al contrario, fue por fin una manifestación contundente. A pesar de las amenazas y promesas de ambos candidatos la gente no participó del fraude. El reto es capitalizar ese manifestación. Porque se corre el riesgo de que ese desconcierto, esa sensación de orfandad frente al liderazgo termine por sepultar la poca voluntad y la esperanza que les queda a los venezolanos de recuperar su libertad.

Volveremos a elegir algún día. Pero para eso tiene que pasar algo que todavía no tenemos claro cómo llegará: el régimen de Nicolás Maduro tiene que dimitir. Tiene que haber una transición que retome el hilo constitucional y que permita que instituciones independientes generen las condiciones necesarias para que, frente a las urnas, tomemos una decisión colectiva: quién será el siguiente presidente.

Una lección para América Latina

Las dictaduras, los totalitarismos, no se desmontan con votos. El voto, siempre que elije es valioso y hay que cuidarlo. No solo defenderlo del fraude, del chantaje, sino de entregarlo a quien no lo merece por rabia. Los venezolanos ahora sí sabemos lo que eso realmente significa, pero es como enseñan las abuelas, uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Lástima que aprenderlo le costó la vida a tanta gente.

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