VOCES
24/12/2018 8:46 AM CST | Actualizado 24/12/2018 9:56 AM CST

En Navidad no veré a mi familia, 'fans' de Trump, y no puedo estar más feliz

Esta Navidad será la tercera que no habré pasado en mi ciudad natal. Es una pequeña ciudad al sur de Kentucky, Estados Unidos, con más que una buena cantidad de calcomanías de Trump pegadas en las defensas de los autos y banderas confederadas. Pero incluso antes de que Trump fuera elegido presidente, siempre me hacía sentir claustrofóbica.

El final de esta temporada de vacaciones también culminará el segundo año que he pasado sin hablar con mis padres y, por extensión, con el resto de mi familia. Ya no paso mis vacaciones en la casa de mis abuelos con mis padres, mi hermana, mi tío y mis primos. La colaboración de mis padres para que Trump llegara a su cargo actual fue el último clavo en el ataúd de una relación que durante mucho tiempo había sido difícil.

Y a pesar de que la gente se compadezca de forma bien intencionada (pero innecesaria), la vida nunca ha sido más feliz para mí.

Mis padres son conservadores apasionados e intentaron criarme como bautista (desde el principio supe que eso no funcionaría para mí). Mis padres se quejaron de todo, desde el matrimonio interracial y la música rap, hasta las mujeres que corrían en verano con shorts que ellos creían demasiado cortos.

Mi madre, literalmente, destacó pasajes de la Biblia a los que calificó de "comprobados": Barack Obama era el anticristo. Cuando el jugador seleccionado por la NFL, Michael Sam, besó a su novio en televisión en vivo, casi lloré. Crecí en una casa llena de fanáticos de los deportes y este fue un momento hermoso e innovador. Mis padres solo hablaron de lo "asqueroso" que eso había sido.

Debido a las creencias de mi familia, pasé la mayor parte de mi vida ocultándoles mis inclinaciones políticas, mis intereses, mi vida de pareja y a mis amigos. Durante décadas, no conocían a mi verdadero yo, solo la fachada que les ponía. Mis padres no tenían idea de que cuando salía de casa en una típica noche de fin de semana de la época de secundaria, probablemente estaba con mi mejor amigo gay. Ellos no sabían que yo voté por Obama (impactante, él no resultó ser el anticristo). Ellos no sabían que yo doné a Planned Parenthood. Casi todo lo que amo o de lo estoy orgullosa de mi vida probablemente los haría avergonzarse.

Las vacaciones siempre parecían empeorar el cañón que bostezaba entre nosotros y, por lo que puedo recordar, mi ansiedad se disparó durante noviembre y diciembre. Como clásica volteadora de ojos, tuve que extraer cada pequeña cantidad de autocontención que pude para superar las cenas de Acción de Gracias y Navidad ―y la vida diaria, si soy sincera― con mi familia.

Debido a las creencias de mi familia, pasé la mayor parte de mi vida ocultando de ellos mis inclinaciones políticas, mis intereses, mi vida de pareja y a mis amigos. ....Casi todo lo que amo o de lo estoy orgullosa de mi vida probablemente los haría avergonzarse.

Finalmente, llegué a darme cuenta de que nuestras muy diferentes creencias tenían poco que ver con la "política", un descriptor general que se usa a menudo en situaciones como esta y que simplifica en gran medida la diferencia entre mi familia y yo. Nuestras diferencias tienen que ver con puntos de vista muy opuestos sobre lo que merece cada ser humano (atención médica, derechos LGBTQ, un mundo sin banderas confederadas, etc.). El triunfo de Trump —y mis padres ayudándolo con sus votos— fue más de lo que pude soportar.

Era la llamada de atención que necesitaba, y finalmente me liberó de la culpa impuesta por la sociedad que me mantuvo aferrada a mis lazos familiares durante años.

El día después de la elección de 2016, mi madre y yo tuvimos una acalorada discusión telefónica, la primera realmente larga que habíamos tenido sobre política en años. Ella orgullosamente declaró su apoyo a Trump y dijo que mi papá había votado de la misma manera. Colgué. Siempre supe que mis padres eran muy conservadores pero, en el fondo de mi corazón, no pensé que esto llegaría tan lejos.

Dejé que la ira permaneciera en silencio durante un par de semanas. Para cuando mis padres se dieron cuenta de que ya no los llamaba, ya había organizado todos mis pensamientos. Mi papá finalmente llamó, preguntándose por qué los estaba ignorando. Iba camino a Kansas City en ese momento y tenía 45 minutos ininterrumpidos mientras manejaba para enfrentar la situación. ¿Después de esto? Sabía que estaría satisfecha. Estaba en paz.

Así que manejé por la carretera interestatal 70, con mi teléfono pegado a la oreja, y finalmente dejé que 23 años de diferencias tomaran de forma de un discurso. Fui lo más abierta que había sido con cualquiera de mis padres. Le conté a mi padre, por primera vez, cómo había sido toqueteada en una calle de Nueva York. ¿Cómo podía votar por un hombre que había admitido haber hecho lo mismo con otras mujeres? Mencioné nuestras diferencias en temas como raza, religión y mujeres en posiciones de liderazgo. Probablemente no fue un shock total para ellos; a lo largo de los años a menudo se me escapaban y decía cosas "liberales".

Pero creo que mis padres nunca supieron que nuestras diferencias eran tan graves o que significarían el fin de nuestra relación.

En la mayoría de las discusiones en las que me involucro, me prendo rápidamente. Me pongo nerviosa, y a menudo lloro cuando estoy frustrada. Pero esto fue lo más tranquila que he estado durante una confrontación. Nunca lloré. Nunca grité. No tuve que hacerlo. Sabíamos que se había acabado.

Desde ese día, solo he hablado con mis padres una vez. Un par de meses más tarde me presenté en su puerta con dos cajas y fui directamente a mi antigua recámara para recoger lo que algún día quisiera mantener. Mi madre me siguió por el pasillo, reprendiéndome por lo "ridícula" que estaba portándome. Toda la interacción duró aproximadamente 10 minutos mientras agarraba fotos de la pared y libros antiguos que pensé que querría. Tomé lo que pude porque sabía que no regresaría. La despedida más triste fue para el perro de la familia, Zoe. Todas las demás separaciones debían haber ocurrido hace mucho tiempo.

Es extraño: con los apegos románticos se nos enseña a reconocer las focos rojos y actuar en consecuencia. ...Pero con nuestras relaciones familiares, a menudo nos hacen sentir culpabilidad para quedarnos sin importar cuán tóxica sea la situación.

Es extraño: con los apegos románticos se nos enseña a reconocer las focos rojos y actuar en consecuencia. Nos dicen: "Recuerda tu valor" y "estar solo es mejor que estar en una mala relación". Nos dicen: "Salte si alguien no te respeta a ti ni a tus ideas".

Pero con nuestras relaciones familiares, a menudo nos hacen sentir culpabilidad para quedarnos sin importar cuán tóxica sea la situación. Estamos presionados para tratar de que funcione con personas que a menudo están visceralmente en desacuerdo con todo en lo que creemos, porque es lo "correcto" que hay que hacer.

Además, se nos dice que si decidimos irnos o distanciarnos de nuestra familia, es "inmaduro". "¿No puedes hablarlo?" se nos pide. O mejor aún, nos dicen: "¿No puedes simplemente no hablar de política?"

Pero, ¿de qué sirve eso? ¿Por qué querría una relación que necesita ser vigilada constantemente para evitar los combates o darse cuenta de que no tenemos nada en común? ¿Por qué querría una relación limitada a conversaciones a nivel superficial sobre el trabajo y los deportes para evitar hablar de temas que realmente nos hacen quienes somos? Sé que no puedo cambiar la forma en que piensan o sienten. Ellos no están cambiando mis creencias. ¿Qué tan valiosa es una relación en la que tienes que ocultar o mentir sobre quién eres realmente?

Entonces, después de años de temerle a las vacaciones, finalmente tomé el control de mi vida y creé mi propia versión de hogar... de familia.

El año pasado metí a 15 de mis amigos en la pequeña sala de mi casa y fue anfitriona de mi primer 'Friendsgiving'. Algunos de mis amigos eran gays. Algunos eran negros. Uno tenía padres que emigraron de México. Fue una mezcla de personajes e identidades, un mosaico que ilustra lo que ya hace grande a Estados Unidos. Y sabía que nadie haría comentarios racistas o sexistas mientras comía el pavo. Nadie diría que Jay-Z era un adorador del diablo (en realidad fui testigo de esto en una reunión familiar). Nadie diría (de manera nada irónica) lo agradable que parecía ser un hombre como Ted Cruz.

No tenía que sentirme ansiosa y no me sentía ansiosa. Era la primera vez en esta temporada que realmente me sentía como en casa.

Este año, me tomé una semana antes del Día de Acción de Gracias y manejé ocho horas de regreso a la región donde crecí. Alternando entre Kentucky (Louisville y Lexington) e Indianápolis, Indiana, me aparecí en los apartamentos de mis amigos y en las habitaciones libres, bebiendo vino y volviendo a visitar antiguos lugares universitarios predilectos.

Pero al final de la semana, me dirigí al sur. Regresé a mi ciudad natal, bajé por la desviación principal y atravesé el semáforo que, de haber girado a la izquierda, me habría llevado a la casa donde crecí. No estaba allí para ver a mis padres. No estaba allí para sentarme en silencio en un sofá rodeado de parientes con los que no tenía nada en común excepto mis genes.

Cuando la gente descubre que he eliminado a mi familia de mi vida, a menudo se disculpan y me preguntan si estoy triste. Pero no lo siento, y estoy aún menos triste. Mis padres, desafortunadamente, me trajeron más estrés y dolor que nadie en mi vida.

Regresé allí no para ver a familiares, no para enfrentar una batalla perdida, sino para pasar tiempo con aquellos que realmente se sentían como familia.

Mi mejor amiga de la secundaria y su esposo me recibieron durante dos días y me prepararon una cena adelantada de Acción de Gracias. Tomamos un bourbon de Kentucky y hablamos durante la noche sobre política y viejos amigos. Traté de explicar todas las peleas en las letras de rap de Drake, y nos reímos de una manera que no estaba acostumbrada a reírme durante las vacaciones. Este era el tipo de Acción de Gracias que me había estado perdiendo todos esos años: sin ansiedad, sin peleas amargas, sin resignación silenciosa por mantener la cabeza gacha y encontrar una manera de poder soportar el momento de la comida.

Cuando las personas descubren que he eliminado a mi familia de mi vida, a menudo se disculpan y me preguntan si estoy triste. Pero no lo siento, y estoy menos aún triste. Mis padres, desafortunadamente, me trajeron más estrés y dolor que nadie en mi vida. Naturalmente, hay días en que lamento la ausencia de fuertes lazos familiares. Pero ciertamente no lamento la pérdida de mis propios vínculos familiares tóxicos.

Evitar a los votantes de Trump fue el impulso que me sirvió para finalmente desprenderme. Pero el viaje fue construir mi propia felicidad, libre de una obligación arbitraria con una familia con la que no solo no tenía nada en común, sino con la cual discrepaba activamente sobre temas fundamentales que ilustran quiénes somos como personas.

No es una situación que desearía para alguien; por supuesto, hay veces en que desearía tener familiares de sangre con los que pudiera ser cercana. Pero, ¿la tranquilidad y la felicidad que he encontrado en estas pasadas temporadas de vacaciones sin mi familia? Desearía esa alegría a todos.

Ashley Scoby es nativa de Kentucky, graduada de la Universidad de Kentucky y escritora de deportes en recuperación. Actualmente es freelance viviendo en Kansas City, Missouri.

Este texto fue publicado originalmente en 'HuffPost' Estados Unidos y fue traducido.

* Este contenido representa la opinión del autor y no necesariamente la de 'HuffPost' México.